La Minga camina hacia el Congreso de los Pueblos

Hay que abandonar los viejos vicios de la izquierda y dejar de salirle a todo. Hay que hacer un alto y concentrarse en buscar el hilo que nos conduzca hacia la felicidad, tener paciencia y parar la loca carrera para contestarle a los que nunca escuchan, a los cínicos que gobiernan. Hay que ser coherente y convertir en obras los discursos, hay que escuchar a la gente y elaborar con ellos y a partir de ellos una propuesta de ciudad, de país, de territorio y de vida. Hay que dejar de construir aparatos y trabajar por impulsar procesos, hay que bajarse de la burocracia y ponerse las botas, hay que trabajar con todos unidos sin prevenciones pero sin ingenuidades.
Desarrollar eso que parece tan complejo y difícil. Puede tener lugar si observamos en la cotidianidad, si tenemos sensibilidad para hacer las preguntas sencillas y entender que en las respuestas aun más sencillas de los campesinos, de los indígenas, de los afrocolombianos, de los habitantes de las periferias urbanas, de los asalariados y de todos los colombianos humildes, de los niños y las niñas, está la salida. ¿Cómo le gustaría vivir, qué le gustaría cambiar, qué le hace falta, cómo sueña el futuro? Hay que escuchar las respuestas para entender que lo que la gente quiere está más cerca de lo que nos imaginamos. Los que gobiernan, los cínicos no están dispuestos a hacer las preguntas y menos a escuchar las respuestas; por eso no es a ellos a los que habría que preguntarles, ni con los que podemos concertar salidas.
No es en la ley de tierras del ministro conservador de agricultura en donde vamos a encontrar salidas los campesinos, por pura malicia indígena o popular, hay que dudar de un proyecto que no se sabe con quién fue discutido y qué intereses persigue, no nos podemos sumar así a la gran “unidad nacional” con el primer empujón de los medios masivos. Tampoco a la ley de víctimas, a la que ya le salieron contradictores dentro de las mismas bancadas oficialistas, los mismos que hundieron la iniciativa bien intencionada y la cambiaron por otra en donde salían favorecidos los victimarios. No es con los que hundieron el referendo del agua. Ningún proyecto de ley que favorezca a los más pobres va a salir adelante porque la facultad de legislar está en manos de los culpables del despojo, de un congreso espureo y de un presidente como Santos, capaz de mantener en su cargo a un criminal como el director del DAS y nombrar al ladrón uribito como embajador en Roma.
Por eso hay que centrar la mirada en las iniciativas de las organizaciones de base, regionales y locales y en lo que vienen haciendo las organizaciones de la Minga de Resistencia Social y Comunitaria. Hay que aprender de la metodología sencilla pero eficaz de trabajar desde abajo, con la gente, con los más humildes y a partir de ellos descubrir qué es lo que realmente pasa en sus territorios, qué quiere construir la gente y qué está dispuesta a hacer para alcanzarlo. Es común hoy, y saludable, escuchar hablar de los planes de vida para explicar lo que las comunidades se han propuesto en sus territorios. Es fortificante para la moral y para la propuesta política que necesitamos, que en todas las actividades y las movilizaciones populares del país se resalte la lucha por la defensa del territorio y que se le atribuya a este la mayor importancia; esta cosmovisión se le debe a los indígenas, que consideran el territorio como un todo, que no es sólo la tierra aunque esta sea fundamental. El territorio encierra las costumbres, la comida, la cultura y todo ello no se negocia ni se vende.
Las comunidades descubren con esta metodología el valor incalculable de sus territorios y el valor que tienen los recursos que el mal gobierno a sangre y fuego regala, vende o alquila a las transnacionales. Por ejemplo, los campesinos del Oriente Antioqueño saben que no es necesaria ninguna microcentral hidroeléctrica porque en el país se produce energía eléctrica de sobra y aun muchos de ellos no reciben el servicio. Ellos con un alto índice de analfabetismo, de desnutrición y de pobreza (menos de medio salario mínimo mensual por familia) han manifestado que prefieren quedarse en sus territorios y sembrar la tierra, que no quieren que las inunden, y exigen que dejen de engañarlos como lo han hecho por más de 30 años con el cuento de las bondades que dejan las transferencias de las grandes empresas que explotan el agua. Los niños y las niñas sueñan, y lo han dicho: con una escuela bonita, con pupitres y con parques y con comida caliente. Eso sería lo mínimo que deberían tener y por ello esas carencias son las que deben llevar a los movimientos sociales a construir salidas que las resuelvan.
En esta dirección, la Minga ha venido trabajando por años un espacio en donde se expongan esas problemáticas pero sobre todo se propongan salidas, mandatos que el pueblo en su soberanía y legitimidad pueda llevarlas a la realidad. Hoy en toda la nación las comunidades afro, los campesinos, los estudiantes, los indígenas, los obreros, los humildes de las grandes ciudades y en general los desposeídos trabajan a paso acelerado para recoger los mandatos de su colectividad y elevarla a manera de propuesta de vida en el Congreso de los Pueblos, que se llevará a cabo entre los días 8 y 12 de octubre de 2010. Serán decenas de miles de colombianos y colombianas que deliberarán durante estos cuatro días y buscarán construir una base filosófica y ética sobre las cuales edificar la propuesta de país y de nación que requieren los más pobres y que en adelante se irán a llenar de contenido. Porque el Congreso de los Pueblos no es un evento, es una estación en el camino hacia un objetivo más grande y ambicioso que quiere poner en el escenario popular y nacional una discusión, una propuesta que ponga contra la pared al actual modelo económico y al sistema político que depreda el mundo.
Lo que se va a discutir es un plan de vida digna, una propuesta metodológica para coordinar acciones y la articulación de las organizaciones hacia la unidad; una propuesta estratégica que recoja lo local, lo regional, lo nacional y lo internacional. Es entonces una oportunidad para apostarle a los planes estratégicos, a la construcción desde abajo, con paciencia, y para abordar con sencillez y sabiduría la problemática que nos aqueja. Hay que asistir, hay que aportar y hay que creer en la posibilidad de la transformación, en la revolución y en el cambio a partir de lo que nos pueden decir los que siempre han estado justo frente a nuestras narices.







