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31/01/2018 :: Asia, Asia

Geografía de la basura

x Hugo Ríus
Solo en 2017 EEUU exportó 37 millones de toneladas de desechos, o sea cuatro mil contenedores diarios

Con el alba del 2018 entró en vigor en la República Popular China, una estricta normativa que prohíbe la importación de 24 tipos de residuos desechables y potencialmente aprovechables, y de esta manera el gigante asiático  da un importante paso en pos de reducir  alarmantes niveles de contaminación ambiental para lo cual  las conscientes autoridades gubernamentales trazan firmes políticas.

De acuerdo con cifras difundidas, desde la década de los 80 el país  es el principal comprador de este tipo de basura que únicamente procede de países desarrollados. Se señala que en 2015 China importó 46 millones de toneladas de desechos que, después de ser reciclados, sirven para satisfacer en parte la enorme demanda interna de materias primas. En 2016, el 56% de toda la basura que se movió por el mundo acabó en este punto de la geografía, puntualizan fuentes disponibles.

Un trabajador recoge botellas de plástico en una de las plantas de reciclaje de China.

Un reciente artículo del diario oficial China Daily dedicado a los efectos de este tráfico de residuales en Guiyi, en la provincia sureña de Shantou, donde los ríos ya son de color negro y la localidad tiene uno de los índices más elevados de cáncer, argumentó que la nueve regulación ayudará a reducir los riesgos medioambientales que provoca esta basura y también servirá para aumentar la capacidad que tiene el sector de reciclaje en China para abordar el rápido aumento producido por  1,300 millón de chinos.

Aunque el año pasado, debido al auge del comercio electrónico China produjo 190 millones de toneladas de basura todavía le falta un considerable tramo para alcanzar los 300 millones de toneladas que se genera anualmente en Estados Unidos, a su vez con insuficiente capacidad de reciclaje donde reina un consumismo desproporcionado y desbordante.

Solo en 2017 EEUU exportó 37 millones de toneladas de desechos, o sea cuatro mil contenedores diarios por un valor  de 16 mil  millones de dólares, un tercio de lo cual tuvo como destino China.  Y según el británico diario The Guardian, el Reino Unido ha exportado 2,7 millones de toneladas de desechos plásticos a China desde 2012 y en la primera década del presente siglo, un 87 por ciento del plástico recogido en la Unión Europea para su reciclado terminó en el gigante asiático.

Propio del unilateralismo egoísta de potencias capitalistas,  la citada publicación, haciéndose eco de los grandes exportadores de desperdicios, subraya que “ahora la gente no sabe qué va a suceder” con los agentes contaminantes que hacen falta despachar a otros rincones del mundo para que sus respectivas poblaciones y medios ambientes sean las únicas perjudicadas por consumismos ajenos.

A juicio  de Xu Bin, profesor de la China-Europe International Business School (CEIBS) la prohibición dictada por Beijing ha puesto al descubierto un lucrativo negocio del que pocos son conscientes, pero no es nada nuevo, colige, porque  “en  gran medida, si los países desarrollados han logrado crear un entorno limpio no ha sido por la adopción de estrictas normativas medioambientales, sino gracias a dos procesos de deslocalización propiciados por la globalización: han trasladado a los países en vías de desarrollo el reciclaje de sus residuos y la fabricación de productos que requieren procesos muy contaminantes”

Bajo el hipócrita eufemismo de “deslocalización” los llamados países del primer mundo, vierten sus residuos contaminantes en países pobres donde se acumulan montañas de basuras sin recursos ni asideros tecnológicos para reciclarlos en una mórbida geografía que abarcó  hasta hace dos semanas a  Lixão da Estrutural, uno de los vertederos más grandes de Latinoamérica, ubicado a tan sólo 30 kilómetros de Brasilia,  cerrado en forma definitiva.

Pero aún quedan en pie otros como los que se encuentran en Agboloshie, en Accra, Ghana; Bantar Gebang, en Bangladesh; Bishkek, Kirguistán; Dadora, en Nairobi, Kenya; Ghazipur, en Nueva Delhi, India; La Chureca, en Managua, Nicaragua; Mebbebbeu, en Dakar, Senegal; Tegucigalpa, Honduras y Vinca, en Belgrado, Serbia.

Mientras más aguda resulta la pobreza de países basurales, más frecuente se torna el triste espectáculo de niños y niñas, en busca de miserables sustentos familiares que excavan y se exponen a los efectos del plomo, mercurio, cadmio, cromo, selenio, azufre y litio, sustancias todas provenientes de baterías y otros artefactos.

A su vez Primer Mundo ha deslocalizado cualquier  fábrica capaz de contaminar vías fluviales y sin disponer de tratamientos de aguas residuales, lo  que implican un permanente y elevado costo humanos y en recursos naturales.  Fuentes de la industria reconocen que en el subcontinente asiático  hacen falta cinco mil litros de agua para producir unos pantalones con aspecto desgastado que luego pasan a las galerías comerciales de la moda.

Se dirá, y con absoluta razón que no es nada nuevo el problema, puesto que desde 1992 entró en vigor la Convención de Basilea de Naciones Unidas que restringen los movimientos transfronterizos de los desechos.

Pero a juzgar por los hechos palpables a las  sociedades capitalistas  egoístas, altamente consumidoras, les tiene sin cuidado lo que acontezca en los “oscuros” rincones de las desigualdades, en la  trazada geografía de la basura.

Cubadebate

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