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16/05/2022 :: Cuba, Cuba

Saratoga y el bando del odio

x Michel Torres
Tuiteros que se creen comediantes tratando de atacar a los que donaban sangre

Esperando para abordar un avión con destino a Buenos Aires supe de la noticia. Lo primero fue un mensaje por Whatsapp: “¿Qué fue lo que pasó en el Saratoga?”. Luego alguien escribió en un grupo de Telegram: “Parece que estalló una bomba en La Habana Vieja”. Al actualizar el feed de Facebook, asomó en mi pantalla un video que hacía diez minutos había subido, en transmisión directa, un usuario de esa red. La publicación ya se estaba convirtiendo en viral.

El video no decía ni mostraba mucho: de lejos, se veía humo, polvo, gente corriendo. El texto que lo encabezaba decía algo en tono funesto, trágico, pero no recuerdo bien qué. Ya la gente empezaba a elucubrar por privado o en sus muros sobre un posible atentado. Había mucha incertidumbre. Me fui a montar en el avión y seguí conectado un rato más. Una nota en un medio oficial cubano aclaraba que la causa más probable era una fuga de gas, un accidente.

Luego vi el segundo video, ya en mi asiento junto a la ventanilla. El edificio parecía sacado de una postal de Bagdad en guerra, una suerte de recuerdo fantasmagórico de cómo creemos en Cuba que debe lucir un conflicto bélico. La persona que grababa se acercó al hotel en ruinas. Tres personas se asomaban en el segundo piso. Abajo, entre los escombros, algunos se decidían a ayudar a los posibles sobrevivientes. La policía llamaba al orden: a veces con el ánimo de brindar auxilio se puede perjudicar aún más a las víctimas. Pero la gente quería hacer algo. A la incertidumbre se le sumaba el estupor, a ambos lados de la pantalla.

Pronto se llegaron a ver las primeras imágenes de personas heridas, de cadáveres siendo extraídos de aquella zona de desastre. Pero ya el avión iba a despegar y no pude volver a conectarme hasta que arribé a mi destino final. De las primeras cosas que hice al llegar fue preguntar por el Saratoga. “Veinte muertos”, me dijeron. El conteo llegaría, eventualmente, a 46 víctimas fatales. Solo cuando se halló a la última persona desaparecida se decretó el luto oficial.

Desde la distancia, al estupor y a la incertidumbre se le sumó la impotencia.
Una mezcla de tristeza y rabia lo inunda a uno cuando ve, en las mismas redes digitales que tanto dolor transmitieron, una oleada de solidaridad de la que no se puede ser parte. Agridulce sensación esa de saber que hace falta sangre para compatriotas heridos y que los bancos se sobresaturan de donantes.

Familiares de las victimas del fatídico accidente del Hotel Saratoga.

Si alguna lección se puede extraer de esa desgracia, si algo podemos aprender de esos días terribles, es que son momentos para la definición de aquellos dos bandos en los que Martí dividió al mundo. Mientras en Cuba se lloraba por aquel fatídico accidente, y hombres y mujeres de bien, sobre todo muchos jóvenes, se aprestaban a ayudar de cualquier forma posible, el bando enemigo, el bando del odio, mostró su peor rostro.

Tuiteros que se creen comediantes tratando de atacar a los que donaban sangre, o difundiendo disparatadas y malintencionadas hipótesis sobre un autosabotaje; dizques intelectuales que no pudieron ocultar su enfermiza satisfacción ante tamaña tragedia, que “dañaba al régimen”; personas que alguna vez fueron cineastas devenidos tristes payasos a golpe de chistes cínicos y abyectos. También están los que hicieron caso omiso de la tragedia para impulsar sus agendas personales. Solo un mínimo de decencia hubiera hecho falta para que, al menos, guardaran respetuoso silencio. Sin embargo, ni a ese mínimo llegan.

Cuando me logré conectar, ya en Buenos Aires, pude leer el mensaje de un amigo que, consternado, me decía que una de las muchachas fallecidas había estudiado con nosotros en el preuniversitario. Cuando las muertes son cifras, uno puede refugiarse en abstracciones; los fríos números sirven como barrera. Pero pensar en aquella muchacha, que no puedo llamar amiga, pero de la que sí recuerdo rostro y forma de ser, me sacudió por dentro: ¡qué forma más violenta y súbita de morir! ¡Qué injusto!

La incertidumbre, el estupor, la impotencia, el dolor… Estar lejos de Cuba en un momento así lacera. Pero de lejos también se puede ver mejor a todos sus hijos, a los buenos y a los que no la merecen, a los que lloran en su hora de infortunio y a los mezquinos que se alegran. Y no olvidaremos.

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