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EE.UU. :: 08/12/2006

Contratistas civiles: el riesgo de un empleo rentable

Gustavo Robreño Díaz
En sus más recientes aventuras bélicas, el régimen de Estados Unidos ha recurrido a la utilización de paramilitares reclutados a través de empresas contratistas civiles. Ello ha sido la razón fundamental por la cual las denominadas Compañías Militares Privadas (CMP) se han multiplicado y diversificado sus perfiles durante la última década.

Las CMP eluden ser llamadas "Ejército no oficial" y prefieren utilizar términos eufemísticos tales como "Guardias privados", "Managers de riesgo", "Asistentes de seguridad’, u otras por el estilo, que enmascaren su verdadera condición de mercenarios modernos.

Como ocurre entre empresas comerciales corrientes, las más grandes absorbieron a las más pequeñas, formándose así verdaderos consorcios de ofertas militares, que hoy se calculan en cientos y con una diversa gama de "servicios bélicos".

Amplia oferta; creciente demanda

Entre los años 1994 y 2004, el departamento de Defensa de Estados Unidos firmó más de tres mil contratos con CMP para cumplir misiones de apoyo y servicio a sus tropas desplegadas en ultramar.

En consecuencia con ello, se ha venido operando un crecimiento en la relación entre la cantidad de soldados regulares y de contratistas civiles participantes en los conflictos armados.

Durante la primera "Guerra del Golfo" -1991-, uno de cada 100 participantes era contratista civil. En Afganistán -2001- la proporción fue de uno cada 50 y se estima que hoy en Iraq es de uno cada seis militares.

Nunca antes el papel de las CMP fue tan manifiesto y visible. Se calcula que los contratistas civiles son la segunda fuerza más numerosa en Iraq, solo superada por el contingente de tropas norteamericanas que -en estos momentos- es de 140.000 efectivos.

Las actividades de las CMP incluyen una diversa gama de funciones que van desde la administración de campamentos militares y cárceles hasta mantenimiento, reparación y entrenamiento en el manejo de armamentos y sistemas automatizados de mando y control.

En Iraq, por ejemplo, los vehículos aéreos no tripulados, cuyo empleo adquirió relevancia en el asedio a la ciudad rebelde de Fallujah, fueron operados inicialmente por contratistas civiles, ex empleados de la propia empresa que los diseña y produce.

Los contratistas civiles han jugado un papel activo como especialistas en interrogatorios y traductores, así como en la formación y adiestramiento del ejército y la policía iraquíes.

Realizan patrullas, custodian instalaciones civiles y militares, edificios públicos y privados. También brindan servicio de guardaespaldas para empresarios privados, funcionarios públicos y personal diplomático.

Diversas denuncias, formuladas en varios países, aseguran que las CMP están actuando en "condiciones dudosas" desde el punto de vista jurídico.

Como ocurre en todo negocio turbio, las acusaciones se refieren a irregularidades contractuales tales como: malas condiciones de trabajo, exceso de horas laboradas sin pago, trato vejatorio, aislamiento y participación en acciones combativas.

Misiones de riesgo

En la misma medida en que se han ampliado las misiones de los contratistas civiles, éste se ha tornado un empleo más riesgoso, a pesar de que la cifra oficial de muertos y heridos se desconoce, pues no aparecen reflejados en las listas oficiales de bajas del Pentágono.

Para los contratistas civiles está prohibido participar directamente en los combates. Sin embargo, estos mercenarios de nuevo tipo asumen misiones vinculadas, cada vez más, de forma directa a las acciones combativas.

El 4 de abril de 2004 fue atacado el cuartel de las fuerzas de la coalición de Najaf, las que necesitaron cuatro horas de intenso combate para repeler el asalto. Se sabe que hubo muertos, pero nada se dijo en los reportes oficiales; ¿la razón?: eran contratistas privados.

Se conoce también que los cuatro estadounidenses muertos en Fallujah el 31 de marzo de 2004, cuyos cuerpos carbonizados fueron mostrados a la prensa, eran contratistas civiles que escoltaban un convoy militar.

Unos días después, el 12 de abril, el mando militar norteamericano informó que nueve estadounidenses "todos civiles" habían desaparecido luego del ataque a un convoy cerca del controvertido campo de torturas de Abu Gharaib.

Posteriormente se supo que siete de ellos eran empleados de Kellogg, Brown & Root, sub empresa contratista del gigante Halliburton.

Vulgares mercenarios

La pregunta resulta obvia: ¿no representa ello una participación directa en el conflicto armado, aunque se trate de enmascarar como un "servicio" en el campo de la tecnología?

Para la resistencia iraquí, se trata de vulgares mercenarios que actúan a favor del ocupante, por lo cual no debiera sorprender que sean catalogados y tratados como enemigos.

Tras esa pretendida "civilidad’ se oculta una transferencia de conocimientos militares y una opción en situaciones y teatros de operaciones en que resultaría comprometedora para Estados Unidos la actuación de sus Fuerzas Armadas.

Aunque no se han manejado cifras -alegando su confidencialidad- se ha dicho, por ejemplo, que el 75 por ciento de los funcionarios y agentes de la CIA en países como Iraq, Paquistán y Afganistán no integran la nómina oficial de esa agencia.

Funcionarios gubernamentales, entre ellos el recién nombrado director de la CIA, Michael Haden, han afirmado que resulta alarmante la cantidad de empleados que renuncian para luego regresar e insertarse como contratistas en puestos "mucho más rentables".

Latinoamérica, cantera segura

En estos momentos son cientos los latinoamericanos que, empleados por compañías estadounidenses, trabajan como contratistas civiles en Iraq.

Se trata de ciudadanos con formación militar de Perú, Chile, Ecuador, Colombia, El Salvador y Honduras que se encuentran en esa nación árabe, devengando salarios entre 900 y 1.500 dólares mensuales, mucho mayores a los que obtendrían en sus respectivos países.

Los candidatos tienen que pasar varios exámenes, entre ellos uno sobre sus estado físico y de salud, y los seleccionados contarán con un seguro de vida y un contrato de trabajo que les exige "confidencialidad ante los medios de comunicación".

*El autor es colaborador de Prensa Latina.
insurgente.org. Kimetz

 

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