De las dos Torres Gemelas a los dos Camelot

En su campaña presidencial, derrotó a su adversario, en parte, al responsabilizar a los republicanos del fracaso de la guerra contra los enemigos de Estados Unidos. En los albores de su Gobierno, este hombre proveniente de Harvard, ha concitado apoyos de intelectuales encerrados en laboratorios de ideas y centros académicos, para llevar a cabo una decisiva escalada mediante la cual acabar con el enemigo. La contra insurgencia va ir de la mano con la articulación del país. Se acabará con la corrupción y las tropas locales van a ser entrenadas para soportar la carga de la guerra.
Es cierto que existen diferencias entre los EE.UU. de Jack Kennedy en 1961 y los de Barack Obama en 2009. A principios del los sesenta, la economía estadounidense productiva no había alcanzado su cima. Todavía estaba en camino de hacerlo hacia 1969. Entonces el mantra fue “armas y mantequilla”. En la época mejor y más brillante del año 1961, la derrota de las guerrillas vietnamitas en los informes confidenciales presentados a Kennedy y a sus mandos militares, recordaban la derrota de los británicos contra los rebeldes comunistas en Malaya, gracias a las táctica de contra insurgencia de Frank Kitson, y la victoria estadounidense sobre los Huks(2) en Filipinas, con Edward Lansdale confirmando su triunfo. En 2009, los hospitales de ex combatientes en nuestro país ofrecen el triste testimonio de que en Iraq 150.000 soldados estadounidenses, bien equipados con armamento moderno han sido mantenidos a raya por los rudimentarios explosivos situados en las carreteras por las guerrillas.
La desgracia acecha a un presidente que se cree sus propios discursos electorales. En su campaña, Obama al principio se zafó de las acusaciones de Hillary Clinton, y después de las de John McCain, de ser un pacifista y un bragazas al declarar semana tras semana que Iraq era el campo de combate equivocado, y que el enemigo era al-Qaeda y su santuario en Afganistán. Una excitante vibración recorría la retórica de los organizadores mientras él hablaba de su determinación de “matar a Bin Laden”.
Mucha gente creyó que esta promesa iría a la bolsa de la basura una vez vencido McCain. Pero no. El viernes pasado, mientras iba por la autopista interestatal 5, con las primeras flores primaverales abriéndose en el Valle de Willamette de Oregón, escuché a Obama por la radio hablando de su proyectada escalada y victoria en Afganistán. Obama nació el mismo año que Kennedy llegó a la presidencia, pero este supuestamente agradable tipo, ¿no ha leído una sencilla historia de la guerra de Vietnam y de la derrota de Estados Unidos? Parece que no. De no ser así, ¿cómo podría anunciar alegremente que “Vamos a aumentar nuestros esfuerzos para montar un ejército afgano de 131.000 soldados y un contingente de 82.000 policía para conseguir nuestros objetivos en 2011...? Vamos a seguir pero no ciegamente hasta el final. Al contrario, vamos establecer claros parámetros para evaluar los progresos y asumir nuestras propias responsabilidades”. Nada desaparece más rápidamente en una guerra que las “claras cuantificaciones”.
Significativamente, según un reciente artículo de Ray McGovern en esta web, Obama mientras desarrollaba su plan no ha ordenado que se llevara a cabo una evaluación de los Servicios nacionales de Espionaje, sin duda porque su Consejero Nacional de Seguridad temía que esa evaluación pudiera llegar a la misma conclusión decepcionante que la realizada por esos servicios en abril de 2006 sobre el terrorismo mundial, cuya conclusión era que las invasiones y ocupaciones no sólo no daban más seguridad a EE.UU. sino que, por el contrario, producía un aumento del terrorismo.
Parece, según un artículo de investigación de Bill Gertz, publicado en The Washington Post y citado aquí por William Lind la semana pasada, que en las reuniones de la Casa Blanca para pergeñar la política Obama sobre Afganistán, el vicepresidente Joe Biden y el subsecretario de Estado, James B. Steinberg, se inclinaban por una estrategia mínima de “estabilización” de Afganistán. Por el contrario, Richard C. Holbrooke, enviado especial de Obama para la región, el general David H. Petraeus, jefe del Mando Central estadounidense y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, convencieron a Obama para llevar a cabo un programa más amplio para la construcción de una nación, sacar a Afganistán de la pobreza feudal y del atraso, y convertirlo en una próspera y estable economía, respetuosa con las mujeres y con la votación en las urnas.
Puede que Biden olvidara señalar a su jefe que ese fue el modelo para Afganistán apoyado por el izquierdista Noor Taraki (3) a finales de los 1970, que hizo sonar las alarmas en Estados Unidos y que, como era debido, concluyeron con el asesinato de Taraki y la intervención secreta y exitosa de la CIA para apoyar a los barones de la droga y a los señores de la guerra, cuyos descendientes son ahora los actuales o previsibles aliados de Estados Unidos en la guerra contra los Talibán.
Mientras Obama orgullosamente repetía su aliterativa tríada (“Combatir, desmantelar y derrotar a al-Qaeda en Pakistán y Afganistán), yo escuchaba con el mismo escalofrío de consternación que experimenté hace más de cuatro décadas la igualmente retórica infantil de la intervención de Kennedy, en cuyas ocultas entrañas estaban los asesinatos de los hermanos Diem, y el nacimiento del programa Phoenix de destrucción de “las infraestructuras del Viet Cong”.
Las enérgicas frases de Obama comprometen a miles de nuevos soldados estadounidenses en la derrota de los Talibán, sin tener en cuenta la opinión de observadores sensibles de que es precisamente la presencia de tropas extranjeras la que ha provocado el apoyo de los Pastún a los Talibán y el que se hayan unido a sus filas. En otras muchas más enérgicas frases exigía que Pakistán se uniese a la cruzada contra el terrorismo, como si los servicios de espionaje pakistaníes no trabajasen con guantes de terciopelo con los Talibán y protegieran a los líderes de al-Qaeda.
La locura está ya en marcha. La “guerra contra el terrorismo” de Bush y Cheney ahora se ha unido a los proyectos clintonianos de construir una nación y de ingeniería social, una boda oficiada por el general Petraeus, cuya mítica escalada en Iraq había alabado el año pasado Obama como “un éxito que supera nuestros sueños más ambiciosos”. La fantasía del abrazo curativo arde e inflama el corazón de Obama tal como lo hizo en el de Kennedy. Ray McGovern cita al general Douglas McArthur diciendo a Kennedy en 1961: “Cualquier que pretenda implicar tropas de tierra en el continente asiático debería consultar con un psiquiatra”. Entonces era cierto, y lo es ahora.
Como un simple ejemplo de la locura de la intervención estadounidense, déjenme citar un informe de un testigo, Philip Smucker, miembro de una patrulla en el este de Afganistán, publicado el 2 de abril en los McClathy papers:
A los soldados de la 10ª compañía de montaña les llevó cerca de dos horas hacer un descenso que los afganos realizan en 20 minutos. Cada uno de los soldados de una compañía carga sobre su espalda entre 80 y 130 libras(4) de peso. Soldados afganos novatos ocasionan más retrasos, porque se pierden y amenazan con disparar a pastores desarmados.
¡Hasta 130 libras en la espalda en el Hindukush! Recuerda la imagen de los marines estadounidenses, ahogándose el día D en sesenta centímetros de agua, aprisionados por el peso de sus sobrecargadas mochilas, reflejados en los estudios de S.A.L. Marshall. No pregunte por qué el Pentágono prefiere animar a los depredadores o bombardear fiestas nupciales desde una altura segura.
OTAN. Todavía abordando misiones en su 60 aniversario
Estamos en el sexagésimo aniversario de la OTAN. Este fin de semana [por el anterior] se va a celebrar una ceremonia en Estrasburgo y Kehl, la ciudad alemana que se encuentra frente a Estrasburgo en la orilla izquierda del Rin. Sarkozy por Francia y Merkel por Alemania, se reunieron y abrazaron, como simbólica muestra de la Unidad Restaurada, tras los conflictos que los han separado y que ahora se han evaporado en las brumas del pasado. No estoy seguro de que se hayan preparado escenificaciones teatrales para simbolizar esta fervorosa conmemoración franco-germana. Quizás, una flotilla sobre el propio Rin, con Sarko como un Marco Antonio en sus últimos días y Merkel como Cleopatra; quizás una representación; quizás una actuación sobre Marte despojándose de los instrumentos bélicos e introduciéndose bajo la hoja de parra de Venus para disfrutar los placeres de la paz. Los empresarios de la OTAN podrían analizar el muy cómico “Martes y Venus”, del pintor holandés Cornelis Cornelisz que vi el otro día en el excelente museo Norton Simon en Pasadena. Marte, que se parece a Sarko con bigote, se ha quitado el casco la túnica y los pantalones, y espera nervioso, mientras una Venus de clase media, también en desabillé, está tendida sobre un cojín rechoncho arreglándose las uñas de los pies.
Para dar dinamismo al acontecimiento, Sarkozy acaba de devolver a Francia al “Mando integrado” de la OTAN. Charles de Gaulle, dirigente que mejora su imagen con el paso de las décadas, sacó a Francia en 1966 de ese mando integrado como castigo a la dominación estadounidense de la Alianza. Los burócratas de la OTAN se quejaron amargamente por el traslado desde un Paris tan chic a la triste Bruselas, por lo que no hay duda de que pronto se producirá el regreso a la capital francesa del personal de la OTAN, cansado de la cerveza, belga, de los mejillones y del estofado típico del país.
Hay una gran campaña retórica sobre el papel histórico de la OTAN: poderoso escudo protector de Europa, garantía de sus libertades contra las “agresiones”, que ha perpetuado la farsa durante sesenta años, ya que nunca existió la menor posibilidad de que la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia se movieran hacia occidente en un aterrador ataque anticipado por Winston Churchill en un discurso pronunciado en el Massachussets Institute of Technology en marzo de 1949. Churchill evocó el fantasma de las “hordas mongolas” que amenazaron Europa hace 700 años, y que no se retiraron hasta que murió el Gran Khan. “Nunca volvieron”, tronó el viejo farsante, “hasta ahora”.
Tras haber asumido casi la totalidad de la carga del frente oriental en la derrota de los ejércitos de Hitler, y haber sufrido un espantoso número de bajas, la Unión Soviética no estaba en condiciones de invadir Europa occidental. Tal como Jordan Marsh ha señalado: “uno de los secretos mejor guardados de la Guerra Fría es que la OTAN se fundó en 1949 para proteger a los europeos occidentales frente al Pacto de Varsovia, creado en 1954. Nunca existió una amenaza de invasión rusa. Stalin ya tenía bastante con ocuparse de sus propios asuntos para pensar en semejante locura. Pero la OTAN tenía que crearse para permitir el rearme de Alemania occidental sin molestar a los franceses y para ofrecer un mercada a al complejo industrial estadounidense de armamento. La mayor amenaza rusa fue la “iniciativa de paz” de Stalin en 1949, que hubiera incluido un Estado alemán unido, desarmado y neutral. Pero la industria de armamento estadounidense se hubiera quedado sin mercado y no hubiera existido amenaza alguna para Francia, Europa Oriental o Rusia”.
Ello no impidió que de forma rutinaria se inventaran amenazas descabelladas hechas públicas durante décadas hasta el momento en que la Unión Soviética se desmoronó, e incluso desde entonces han permanecido recalcitrantes, manteniendo la idea de que el oso ruso estaba fingiendo para que occidente bajara la guardia.
“Fuentes fiables han estimado recientemente”, expresaba estremecido el editor del Armored Cavalry Journal en 1947, “que Rusia podría invadir y ocupar toda Europa occidental en un período de 48 horas a pesar de la resistencia de las tropas estadounidenses, británicas y francesas desplegadas en la zona”. Adornada por semejantes ropajes verbales, la OTAN avanzó lentamente hasta su creación en 1949, ratificando el predominio del suministro de armas estadounidenses para la Alianza; asumiendo el papel de centinela para controlar cualquier movimiento hacia la izquierda que pudiera producirse en uno u otro de los aliados europeos; estableciendo el Estado independiente de Alemania occidental y el control estadounidense de las fuerzas nucleares consideradas necesarias para contrarrestar la supuesta superioridad soviética en armas convencionales. Año tras año, nada impidió el flujo interminable de “nuevas amenazas” que potenciaban nuevos sistemas de armamentos, “la escena nuclear”, y las doctrinas de contrapeso que mantuvieron a las fábricas de armas a pleno rendimiento y dio origen a una enorme subcultura de grupos de expertos, paneles de especialistas y lobbies de ventas de armamento.
Entonces, de repente, todo se fue al garete. Los objetivos oficiales de la OTAN se evaporaron: la Unión Soviética se había derrumbado. Enseguida, la OTAN se mostró como lo que sus detractores de izquierda siempre habían dicho que era su función esencial desde el momento de su creación: una alianza política y militar controlada por Estados Unidos, cuyo objetivo era encerrar a Rusia y actuar como mano ejecutora de una más amplia estrategia imperial estadounidense. Los ataques contra Serbia se produjeron enseguida.
Los líderes de la OTAN han programado para el aniversario el hacer público el nuevo “concepto estratégico” para definir su misión en el siglo XXI, que incluye sin duda su disponibilidad para combatir el calentamiento global, el último en la larga lista de las amenazas imaginarias, evocado para conseguir mayores presupuestos, más armas, nuevas “misiones” lanzadas desde los baluartes del capitalismo occidental. A corto plazo, los gritos de guerra emitidos la semana pasada por Obama, sólo pocos días después del décimo aniversario del bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia, ahora son: ¡A por Kabul!
La OTAN no necesita nuevas misiones, lo que precisa es desaparecer en el basurero de la historia junto con la Guerra Fría generada por ella. Al revisar las transcripciones de las tres sesiones del Consejo de Relaciones Exteriores celebradas en enero de este año, dedicadas a Rusia, me asombró ver que nada menos que un personaje como Richard Burt, asistió a ellas. Burt fue el corresponsal de “defensa” en el New York Times que sustituyó a Al Haig(5) en el gobierno Reagan en 1981, presidiendo la Oficina de Asuntos Político-Militares en el Departamento de Estado y llegó a ser después embajador en Alemania. En el Consejo, Burt subrayó que “la OTAN en este momento es una organización que o bien tiene que buscar una misión o bien tiene que afrontar demasiadas misiones” y “necesita una revisión profunda de cuál es su misión fundamental”. Después, puso de manifiesto que “es algo que el presidente Obama podría hace en una semana, y anunciar que va a comparecer ante el Congreso para anular la Jackson-Vanik(6)... George W. Bush se lo prometió a Vladimir Putin, creo, en tres ocasiones. Pero nunca se cumplió”.
El autor de la Enmienda Jackson-Vanik en la Trader Reform Act [Ley de Refoma del Comercio], senador Henry “Scoop” Jackson, lo hizo como parte su fracasada aspiración a candidato demócrata en 1976. Jackson buscaba el voto judío. El estatuto prohibía al gobierno de Estados Unidos extender la condición de “Naciones más Favorecidas” a los países con un mal historial de respeto a los derechos humanos, en especial en el tema de la emigración. Jackson está muerto.
Millones de judíos emigraron de la antigua Unión Soviética (incluido Avigdor Lieberman en 1978), pero como la OTAN, la Jackson-Vanik sigue vigente de forma perversa, e impide que Rusia forme parte de “las naciones más favorecidas comercialmente” de manera permanente e incondicional. Como el ministro de Asuntos Exteriores ruso señaló no hace mucho: “es uno de los últimos anacronismos de la época del enfrentamiento y la desconfianza”. (China, que no cumple lo previsto ya que tiene un historial terrible sobre derechos humanos disfruta de un comercio continuado y normal con Estados Unidos.)
Antonio y Cleopatra pueden disfrutar uno del otro pasando de lo sublime a lo trivial y a la hipocresía del aniversario de la OTAN a orillas del Rin pero si Obama y su secretaria de Estado aspiran a despertar algún entusiasmo por un cambio constructivo en el siglo XXI (de lo que no hay prueba alguna hasta ahora), deberían empezar por tirar por la ventana la Jackson-Vanik. Puede que los rusos lo exijan como pago a su aumento de la ayuda para la expansión de la OTAN en Afganistán.
McCartismo y los Estudios sobre Oriente Próximo
Brutalmente impuesta en algunos campus universitarios, ligeramente moderada en otros, está en marcha un campaña McCartista que hoy crece a pasos agigantados en la Enseñanza Superior en EE.UU. En el punto de mira de los cazadores de brujas se encuentran profesores jóvenes y veteranos considerados como “anti-israelíes”, “simpatizantes del terrorismo” o izquierdistas. Por cada uno de los casos notorios, como los de Norman Finkelstein o Joseph Massad o Juan Cole, hay tres o cuatro campañas menos conocidas públicamente, con metódicos ataques para provocar despidos, rechazar la permanencia en la cátedra, cancelar invitaciones para dar una conferencia, que pretender rodear los recintos universitarios con una cerca que los separe de cualquier idea peligrosa. El resultado: un ambiente de miedo, de censura metódica, de cobardía.
Alexander Cockburg está disponible en alexandercockburn@asis.com
Notas
1. N.T.: Camelot es el nombre de la fortaleza del legendario Rey Arturo, desde donde libró muchas de las batallas que jalonaron su vida. Su situación concreta se desconoce actualmente y podría ser una provincia romano-británica ficticia de la Bretaña postromana.
2. N.T. Rebeldes controlados por los comunistas que organizaron las guerrillas contra los estadounidenses entre 1946 y 1954.
3. N.T: Presidente del Consejo revolucionario afgano, y primer ministro, asesinado en 1979.
4. N.T.: Una libra equivale a 453,6 gr.
5. N.T. Alexander Haig, general de cuatro estrellas, fue secretario de Estado con el presidente Ronald Reagan
6. N.T.: Enmienda aprobada en 1974 que condicionaba las relaciones comerciales entre EE.UU., la Unión Soviética y demás economías estatalizadas, al derecho de los judíos y de otras minorías a emigrar.
Counterpunch, 3-4 abril de 2009







