lahaine.org
EE.UU. :: 17/11/2006

Donald Rumsfeld defenestrado: Ascenso y caída de un criminal de guerra

Elizabeth Schulte
[Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre] Fue el arquitecto de la guerra de Iraq y, como un edificio declarado en ruina, se ha desplomado la semana pasada sobre la cabeza de Donald Rumsfeld. Los métodos de Gates (su reemplazante) pueden ser diferentes, pero los objetivos seguirán siendo los mismos

Tras la derrota demoledora de los republicanos en las elecciones al Congreso, con los votantes en gran parte expresando su protesta por la guerra contra Iraq del gobierno Bush, tenía que rodar la cabeza de alguien.

Y no le podía haber ocurrido a un tipo más agradable. El Wall Street Journal afirmaba que la dimisión de Donald Rumsfeld al día siguiente de las elecciones, "abría la puerta para los cambios más importantes en la política de Estados Unidos en Iraq" de estos tres años.

Rumsfeld personifica la arrogancia y la brutalidad del gobierno Bush. Cuando este verano los habitualmente sumisos medios de comunicación empezaron a airear las críticas sobre la política del Gobierno en Iraq, Rumsfeld les acusó de intentar apaciguar a un "nuevo tipo de fascismo" que comparó al de los nazis de Adolf Hitler.

Y eso lo ha dicho un hombre, responsable de la política de defensa estadounidense, y culpable de innumerables crímenes de guerra: de la invasión "preventiva" de Iraq a la tortura; y del maltrato y humillación de los presos de Abu Graib y Guantánamo. De hecho, un fiscal alemán hace poco ha hecho público su propósito de llevar ante un tribunal a Rumsfeld por su responsabilidad en el escándalo de las torturas de Abu Graib. Tal como un consultor del Pentágono ha declarado al periodista del New Yorker, Seymour Hersch, puede que Rumsfeld no sea personalmente culpable "pero es responsable del control y de los resultados. La cuestión es que desde el 11-S hemos cambiados las reglas para luchar con el terrorismo, y hemos creado unas condiciones en las que el fin justifica los medios."

En el momento de la dimisión de Rumsfeld, sus enemigos eran ya demasiados como para mencionarlos a todos. Entre ellos se contaban no sólo políticos del partido demócrata sino también republicanos, entre ellos jefazos militares y ex consejeros del Pentágono, alguno de los cuales pertenecieron a la vieja guardia de Bush padre.

El 4 de noviembre, cuatro días antes de la las elecciones, Army Times, Navy Times, Air Force Times y Marine Corps Times publicaron todos ellos un editorial con el título de "Ha llegado el momento de que Rumsfeld se vaya". A pesar de ello, la dimisión ha sido una sorpresa ya que Bush había insistido en que apoyaría a Rumsfeld.

Cuando Rumsfeld limpie su despacho, se llevará con él no sólo recuerdos amables de sus servicios al gobierno Bush sino también un largo historial con gobiernos anteriores.

En 1971, Rumsfeld- cuatro veces congresista en representación de los barrios ricos del norte de Chicago- consiguió trabajo como consejero especial del presidente Richard Nixon. Nombrado embajador ante la OTAN en 1972, tras la reelección de Nixon, comenzó a defender una línea más dura en la política exterior.

Superviviente del escándalo del Watergate, se convirtió en jefe de gabinete de Gerald Ford donde contrató a un viejo colega, Dick Cheney. Nombrado secretario de Defensa en 1975, Rumsfeld trabajó para fortalecer al Pentágono y restablecer la potencia militar estadounidense perdida a consecuencia de su derrota en Vietnam.

Entre puesto y puesto en el Gobierno, Rumsfeld se encontró a sus anchas en el mundo despiadado de los negocios. Se convirtió en presidente ejecutivo del gigante farmacéutico Searle, donde consiguió grandes beneficios para la compañía- y una pequeña fortuna para él- gracias a una brutal reducción de puestos de trabajo.

Como enviado de Ronald Reagan para Oriente Próximo, se reunió con Saddam Hussein para ofrecerle ayuda de los servicios de inteligencia, y de otro tipo, para vencer en su guerra contra Irán.

En 1987, Rumsfeld presidió una comisión- con Paul Wolfowitz- para investigar la supuesta amenaza para Estados Unidos de los misiles balísticos. El informe de la comisión, emitido un año después, advertía de que peligro potencial para Estados Unidos era mayor de lo que creían las agencias de espionaje, y que las amenazas más graves provenían- ¿suena familiar?- de Iraq, Irán y Corea del Norte.

Rumsfeld, ayudó a desarrollar y poner en marcha una nueva estrategia para el imperialismo estadounidense en los años 1990, en su condición de fundador de un gabinete de estudios de ultraderecha, el Project for a New American Century (PNAC), junto con Wolfowitz y Richard Perle, de la administración Reagan.

El objetivo del PNAC era proponer una política exterior más agresiva, mediante la cual Estados Unidos al fin superara el "síndrome de Vietnam" y no sintiera miedo a llevar adelante "guerras preventivas" contra los denominados estados canallas, como Iraq. Con esta estrategia, Estados Unidos ya no sentiría pánico a hacer las cosas solo, sin aliados de otros países o al margen de instituciones internacionales como Naciones Unidas.

En 1988, el grupo escribió una carta abierta a Clinton - firmada por Rumsfeld, Wolfowitz, Perle, William Kristol, del conservador Weekly Standard, y John Bolton-, en la que decían " Le exigimos que aproveche esa oportunidad y que ponga en marcha una nueva estrategia que asegure los intereses de Estados Unidos y de nuestros amigos y aliados en todo el mundo. Esa estrategia debería dirigirse, ante todo, al derrocamiento del régimen de Saddam Hussein".

Rumsfeld tuvo éxito, al menos en parte. Aquel año, Clinton firmo la "Iraq Liberation Act" que allanó el camino para el cambio de régimen cinco años más tarde durante el primer gobierno de Bush.

Desde su llegada al poder, los halcones de la administración Bush estuvieron fraguando un pretexto para la guerra contra Iraq, y los atentados del 11-S se lo presentaron en bandeja. Rumsfeld y sus amigos del PNAC, consideraron los atentados terroristas de 2001 la "oportunidad’ para proyectar el imperialismo estadounidense en cualquier lugar del mundo bajo la apariencia "de la guerra contra el terrorismo". Tras lo que, en su momento, pareció una rápida y decisiva victoria en Afganistán, los halcones estaban impacientes por llevar la guerra antiterrorista a su objetivo más deseado.

Como escribía el columnista Charles Krauthammer en noviembre de 2001: "La verdad más evidente que parecen eludir los expertos una y otra vez- Guerra del Golfo, guerra de Afganistán, próxima guerra- es que el poder tiene la recompensa en sí mismo. La victoria lo cambia todo, en especial la psicología. Y la de la región ahora es la del miedo y el respeto profundo hacia la potencia estadounidense...

Ahora es el momento de recoger el fruto que está al alcance de la mano: ayudando a los filipinos a aplastar a sus propias guerrillas de Al-Qaeda; diciendo a los matones que gobiernan Sudán, Siria, Liba y Yemen, que se rindan, que cierren los campos de entrenamiento, que escupan a los terroristas, es decir, lo que el presidente de forma tan delicada ha dicho. Y después, ¡a por Iraq!"

Debido a sus enormes reservas inexplotadas de petróleo y a su importancia estratégica en Oriente Próximo, Iraq era una importante escala en la guerra contra el terrorismo de Bush.

Tal como el periodista Pactrick Cockburn afirma en The Occupation: War and Resistence in Iraq, " El debate sobre las razones por las que Estados Unidos invadió Iraq ha sido muy sofisticado. El principal motivo para ir a la guerra es que la Casa Blanca creía que ganaría con facilidad y obtendría grandes beneficios. En Washington se vivían momentos embriagadores cuando se tomó la decisión final de invadir Iraq. Fue el momento álgido de la reafirmación del Imperio.

El Gobierno estaba deseoso de servirse de cualquier mentira para justificar la invasión: como las inexistentes relaciones entre Saddam Hussein y al-Qaeda, o el fantasma de las armas de destrucción masiva del gobierno iraquí. Cuando el Gobierno llegó a la conclusión de que sus agencias de espionaje no le habían facilitado un cuento suficientemente bueno, Rumsfeld creó una nueva oficina de planificación en el Pentágono para "formar" a los espías.

La estrategia de Rumsfeld para Iraq preveía una rápida y contundente guerra. Estados Unidos se serviría de su abrumadora potencia de fuego para provocar "conmoción y pavor", lo que permitiría que una pequeña fuerza terrestre se hiciera con el control ya que los ciudadanos iraquíes, hambrientos de democracia, aclamarían a los soldados estadounidenses como a sus libertadores. Algo, que todos sabemos, no era sino una fantasía.

El análisis corto de miras y limitado de Rumsfeld ha provocado cólera y rechazo entre algunos generales y altos mandos del ejército estadounidense porque ha infravalorado la importancia del contingente de tropas necesario y de los abastecimientos. Cuando la resistencia a las fuerzas estadounidenses se puso en marcha tras la conquista aparentemente rápida de Iraq, quedó claro que la estrategia de Rumsfeld era deficiente. Desde entonces cada vez más generales hablan claro. Pero Rumsfeld, como de costumbre, intenta defenderse con baladronadas y arrogancia. En 2004, ante la pregunta de un soldado durante una escala del secretario de Defensa en Camp Buehring, en el desierto de Kuwait, sobre por qué los soldados tenían que reforzar sus vehículos con trozos de metal, Rumsfeld replicó: "Como usted sabe, tienen que ir a la guerra con el ejército que tienen, no con el que les gustaría tener", y añadió, "Puede tener todo el blindaje del mundo en su tanque y, a pesar de todo, puede volar por los aires."

Los soldados estadounidenses están pagando un alto precio por la doctrina Rumsfeld sobre Iraq. Pero el coste humano para el pueblo iraquí es bastante mayor, dado que sufre los estragos de la guerra y de la ocupación, del hambre y de la pobreza, y unas infraestructuras peores hoy que en época de Saddam Hussein. Según Cockburn, "antes de la caída de Saddam Hussein, el 50 por ciento de los iraquíes tenía agua potable pero la cifra se ha reducido al 32 por ciento a finales de 2005".

La abrumadora oposición a la guerra de Bush contra Iraq, reflejada en las encuestas, le ha llevado a deshacerse de su mano derecha, pero el futuro se presenta muy incierto.

En diciembre, se espera que la comisión creada por la Casa Blanca y presidida por el notable republicano James Baker y por Lee Hamilton haga públicas sus conclusiones y recomendaciones para "un nuevo rumbo" en Iraq. Un miembro de la comisión, Robert Gates- otro republicano destacado y veterano de anteriores gobiernos- ha sido nombrado para sustituir a Rumsfeld.

Esos tipos pueden hablar de "cambiar" de estrategia pero no abandonarán Iraq. "No creo que el nombramiento de Gates signifique que el presidente busque una salida de Iraq", declaró William Kristol al New York Times, "sino que Gates sabe que tiene que hacer cambios y ofrecer una cara nueva para conseguir el apoyo de la opinión pública. Mientras Bush sea presidente, no va a abandonar Iraq, ni está dispuesto a retroceder a la política exterior de la época previa al 11-S, y eso es lo fundamental del asunto."

Los métodos de Gates pueden ser diferentes, pero los objetivos seguirán siendo los mismos. Y, hasta ahora, las soluciones propuestas por los Demócratas están muy lejos de lo que se necesitaría para acabar con el desastre de Iraq, es decir, la retirada inmediata.

Los activistas contra la guerra tienen que aprovechar la oportunidad ofrecida por un gobierno Bush, dando marcha atrás sobre sus talones, para poner en marcha una oposición de base que exija la retirada inmediata.

Socialistworker, 17 de noviembre de 2006

 

Contactar con La Haine

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License ::

Principal