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12/02/2018 :: Europa, Asia

El 68 comenzó en Vietnam: ofensiva del Tet, solidaridad, radicalidad

x Pierre Rousset
El imperialismo trataba de poner freno y después hacer retroceder a la dinámica revolucionaria iniciada en el Tercer Mundo con la victoria de la revolución china en 1949

En febrero de 1968, las fuerzas de liberación impulsaron en Vietnam del Sur la ofensiva del Têt (es decir del Año Nuevo). De una enorme amplitud, se desplegó sobre todo el territorio sud-vietnamita, Saigón incluido. Su trascendencia internacional fue considerable, reactivó el movimiento anti-imperialista, el de liberación nacional y aceleró la radicalización de la juventud en Japón y EEUU, pasando por Europa. Representó un giro en la guerra y en el auge de las resistenciaa, también en el interior del propio ejército de EEUU.

Desde 1965 Vietnam se había convertido en el epicentro de la situación mundial. EEUU tomó el relevo de los franceses. Prosiguió una escalada militar multiforme que al hilo de los años se hizo cada vez más mortífera, e incluía el bombardeo masivo de las zonas liberadas del Sur, de Vietnam del Norte, de Laos y, finalmente, de Camboya. Washington envió más de 500.000 soldados sobre el terreno (en la intervención de 2003 en Irak no hubo nunca más de 180.000). Los gigantescos bombarderos B52 entraron en acción. El programa Phoenix [ideado por la CIA y orientado a identificar y neutralizar la infraestructura civil de la insurgencia] hizo más víctimas que actualmente los drones. La mayor potencia mundial movilizó sus recursos económicos y científicos. El conflicto abarcó todos los planos; incluso en el social: la reforma agraria revolucionaria de las fuerzas de liberación tuvo su réplica en una reforma capitalista de la agricultura. En muchos aspectos la extrema brutalidad de aquella escalada no tenía precedentes y aún hoy continúa siendo una excepción. Encarna la barbarie imperialista.

Si Washington comprometió semejantes medios fue porque la dimensión de aquella guerra iba más allá de lo local. Se trataba de poner freno, y después hacer “retroceder” ('contain and roll back'), a la dinámica revolucionaria iniciada en el Tercer Mundo con la victoria de la revolución china (1949). El objetivo era el restablecimiento del orden imperialista bajo hegemonía de EE UU en el mundo.

Las raíces de la radicalización de la juventud en los años 60 fueron diversas. En Francia, el régimen gaullista salido de un golpe de Estado (“10 años, ya basta”), así como el tabú moral de fuertes tintes católicos se hizo insoportable. A medida que los estudiantes de origen popular empezaron a acceder a la universidad emergieron nuevas tensiones sociales. El año 68 presentó rostros diferentes según los países. Sin embargo, la movilización contra la escalada imperialista en Vietnam constituyó un elemento aglutinador, un rasgo de identidad compartido, una característica fundamental en numerosos países. Está claro que todo ello no tuvo una dimensión tan amplia bajo los regímenes dictatoriales [en Amércia Latina o África] o en Europa Oriental.

En Vietnam no era evidente emprender una ofensiva cómo la del Tet y provocó intensos debates en el seno de la dirección del partido comunista. Finalmente, la decisión adoptada fue la de una ofensiva en todas las direcciones, constante, que pudiera (objetivo máximo) abrir la vía a levantamientos insurreccionales o (objetivo mínimo) cambiase el curso de la guerra, especialmente gracias a su impacto mundial. La ciudad de Hué (capital del centro de Vietnam) resistió 26 días antes de ser reconquistada por la fuerzas estadounidenses al precio de su destrucción. El asedio de la gigante base militar de Khe Sanh por las divisiones del Ejército Popular fue un elemento de diversión para encubrir los preparativos de la ofensiva del Tet propiamente dicha. Los combates alcanzaron al centro de Saigón (incluyendo la embajada de EEUU) y se prolongaron durante mucho tiempo en los barrios populares.

Durante la ofensiva del Tet se combinaron todas las modalidades de una guerra popular: operaciones de guerrilla, levantamientos, intervención del ejército regular (basado inicialmente en el Norte)… Aparecieron muchos problemas que no fueron forzosamente resueltos: ¿cómo organizar en semejante enfrentamiento a las poblaciones desestructuradas refugiadas en los barrios de Saigón? ¿cómo protegerlas de forma duradera frente a una mortífera contraofensiva absolutamente indiferente a las pérdidas civiles?

Aunque al comienzo fue cogido por sorpresa, Washington movilizó rápidamente sus enormes medios militares así como las redes y las fuerzas del régimen de Saigón para contrarrestar la ofensiva del Tet. El coste para el movimiento revolucionario de Vietnam fue enorme: La infraestructura política y militante del Frente Nacional de Liberación (FLN), que emergió a la luz del día, fue golpeada con dureza y la amplitud de las pérdidas sufridas en cuadros en el Sur tuvo consecuencias a largo plazo.

En 1968, la dirección vietnamita estuvo confrontada a un verdadero dilema. Era necesario cambiar la marcha de la guerra porque de otro modo la escalada militar estadounidense habría podido continuar sin límites: Por ejemplo, hasta bombardear masivamente los diques en el delta del río Rojo, lo que habría provocado la inundación de una vasta región densamente poblada. ¿Qué hacer?

Impulsar una ofensiva espectacular pero puntual (unidades revolucionarias que se retiran rápidamente tras ataques simultáneos en el conjunto del territorio) habría sido mucho menos costoso, pero quizá no habría cambiado el curso de la guerra. Comprometer duraderamente a tantas fuerzas era una apuesta muy arriesgada -y el costo fue considerable-, pero el curso de la guerra cambió.

La ofensiva del Tet provocó un electroshock en EEUU y en el mundo. Puso al desnudo muchas mentiras de Washington. Mostró que esa guerra no era democrática, ni estaba ganada, sino que era terrible, bárbara, y estaba embarrancada. Dividió a la burguesía de EEUU, porque para los círculos financieros su coste económico se hacía insoportable. Las universidades estallaron. Las protestas de los soldados estadounidenses adoptaron una forma colectiva. Se hizo popular la reivindicación de “retirada inmediata” de las tropas. Más que nunca, la población negra se reconoció en la lucha de emancipación vietnamita: "No quiero ir Vietnam. Porque yo estoy en Vietnam, Diablos, ¡no! ¡Yo no iré! Diablos, ¡no! ¡Yo no iré!."

En Japón, el combate contra las tropas estadounidenses y contra la construcción del aeropuerto de Narita se radicalizó con la movilización de los campesinos, del movimiento pacifista y de la izquierda radical. En Europa, en febrero, en pleno auge de la ofensiva, se celebraron la conferencia de Berlín y la manifestación internacional, teniendo como bandera emblemática :“El deber de todo revolucionario es hacer la revolución" [Che]. En efecto, el combate vietnamita se percibió, con razón, como la íntima combinación de una revolución social y de una lucha de independencia nacional, cada una de ellas dinamizando a la otra. A los ojos de la izquierda radical, Vietnam simbolizó en ese momento la actualidad de la revolución mundial.

El contexto de la época era profundamente diferente al de 50 años más tarde. En Europa, existían las dictaduras de Grecia, España y Portugal; los contactos transpirenaicos debían ser clandestinos. Muchos militantes conocidos sufrieron la prohibición de residencia en numerosos países; y para viajar y tejer lazos entre movimientos fue necesario pasar discretamente las fronteras. El apoyo a los soldados que desertaron de la bases estadounidenses de Alemania exigió también mucha discreción. La vida cotidiana de los miembros de organizaciones de izquierda radical era muy diferente de los de la socialdemocracia; los choques eran constantes con los grupos fascistoides, se visitaba regularmente la comisaría, y terminar heridos o en prisión era siempre una posibilidad.

La identificación con la lucha del pueblo vietnamita ayudó a construirse a la izquierda radical y -en sectores mucho más amplios- anunció la radicalidad de Mayo del 68.

En Francia, gracias a los lazos establecidos durante la guerra de Argelia en las redes de solidaridad con el FLN, el Comité Vietnam Nacional (CVN) agrupó desde el primer momento a numerosos componentes: personalidades autónomas del PCF, cristianos sociales, norteamericanos venidos a París a protestar contra la guerra, izquierda radical, sin papeles…. Sin embargo, las principales corrientes maoístas hicieron grupo aparte y la UJCML lanzó los Comités Vietnam de Base (CVB). El PCF animó una amplia coalición que incluía a numerosos sindicatos. El CVN proponía la unidad pero el Partido Comunista rechazó colaborar con los izquierdistas. Por su parte, los vietnamitas trabajaban con todo el mundo.

En Francia, la crisis del régimen gaullista y la agudización de las tensiones sociales latentes, la herencia aún fresca de la experiencia del combate contra la muy sucia guerra argelina francesa, fue una de las particularidades en los años 60 y especialmente en el 68. En el recuerdo más lejano estaba la resistencia a la reconquista colonial de Vietnam emprendida entre 1946-1954 para reconstituir el imperio. Todo ello constituyó la armadura en la que se desarrolló la solidaridad anti-imperialista en los años sesenta. El Comité Intersindical Universitario desempeñó un papel clave en esa transmisión.

A contrapelo de la ofensiva del Tet, Washington se vio forzado a aceptar el principio de las conversaciones de paz. Realizadas en París, fueron cuartipartitas: por un lado, gobierno norvietnamita y gobierno provisional del Sur; y, por otro, EEUU y el régimen de Saigón. El PCV rechazó la presencia de las grandes potencias. Extrajo lecciones de las negociaciones de Ginebra, en 1954. En ellas China y la URSS habían ejercido presiones considerables para que aceptase un compromiso (la supuesta división temporal del país) que estaba muy alejado de lo que las fuerzas de liberación tenían derecho a esperar teniendo en cuenta la relación de fuerzas sobre el terreno. El exorbitante precio de ese compromiso fue la Segunda Guerra de Indochina, bajo hegemonía de Washington que no firmó los Acuerdos de Ginebra.

Esta cuestión tuvo una importante repercusión en el movimiento de solidaridad, especialmente en Europa. Tradicionalmente, la consigna central del Partido Comunista Francés era la paz; Pero ¿qué paz? En cambio, tras la experiencia de Ginebra, la izquierda radical, el movimiento estudiantil, las personalidades autónomas del PCF se movilizaron a favor de la victoria de las fuerzas de liberación. ¡No más compromisos injustos para Vietnam! El PCF realizó finalmente una honorable rectificación y la coalición que pilotaba en ese momento pasó a denominarse Comité Nacional de Acción por la Victoria del Pueblo Vietnamita.

Que EEUU aceptara las conversaciones de forma obligada, no quiso decir que se comprometiera a verdaderas negociaciones. De hecho, Washington aún intentó ganar la guerra o, al menos, destruir ese país que se le resistía hasta tal punto que no pudiera levantarse jamás. Así pues, la escalada militar continuó, pero el contexto internacional y la situación interna en EEUU hizo imposible el recurso a medidas límite como el bombardeo masivo de los diques en el delta del río Rojo (si bien algunos fueron atacados y debilitados), o incluso, por qué no, el uso de la bomba atómica.

Las fuerzas de liberación de Vietnam lanzaron finalmente un llamamiento a todos los componentes de la solidaridad internacional para que se movilizaran y forzaran a Washington a firmar los Acuerdos de París: un compromiso, pero esta vez un compromiso ganador, que se logró en 1973. Las tropas estadounidenses se retiraron progresivamente de Vietnam (s bien los bombardeos se concentraron en Camboya…). En 1975 se hundió el régimen de Saigón.

Estos años de fuego constituyeron una verdadera escuela de internacionalismo para nuestra generación militante. Se experimentó la utilidad .y, por tanto, la necesidad- de la solidaridad. Adoptó mil formas, mil rostros, mil expresiones y su diversidad reforzó su eficacia (ver http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article10123).

El internacionalismo no es una noción abstracta o una simple teoría, un estado de ánimo, un sentimiento, la sensibilidad de una comunidad que lucha, aunque haya de todo eso. Descarnado es impotente, queda reducido a proclamaciones vacías de compromiso.

El caso francés muestra sin embargo hasta que punto esa solidaridad puede ser frágil. Después de la huelga general de Mayo del 68 los CVN y CVB desaparecieron y la izquierda radical se concentró en su implantación obrera. Sin embargo, estábamos lejos de esa victoria vietnamita que proclamábamos. El momento político francés permite comprender por qué sucedió. Para un ala del maoísmo ya la cuestión no era apoyar a los vietnamitas; se les consideraba demasiado próximos a los soviéticos. Esto les lleva a colocarse al lado de los Jemeres rojos. Para la mayoría de nuestra generación militante no fue el resultado de una decisión cínica sino de un brusco giro de las prioridades y de los entusiasmos.

La interrupción brutal de las movilizaciones de solidaridad también fue irresponsable en el sentido fuerte del término; una irresponsabilidad dolorosamente resentida por una parte de los componentes del CVN.

Por supuesto, la mejor ayuda que podíamos aportar a los vietnamitas habría sido hacer la revolución en casa, pero eso no estaba al alcance de la mano, incluso mucho más de lo que creíamos en ese momento. La crisis de Mayo fragilizó el campo imperialista sin que ello redujera la importancia de un movimiento específico de solidaridad, como lo muestra la dureza de los años indochinos de 1968 a 1975. Lo sabíamos, era necesaria la reconstitución de un movimiento de solidaridad, pero no fue fácil.

La representación vietnamita en Francia hizo todo lo que pudo para ayudar. Para desgracia del PCF, entonces pasivo, el GRP (Vietnam del Sur), Laos y los Jemeres rojos participaron incluso en un mitin de la Ligue communiste en solidaridad con indochina. En gran parte, el arco de fuerzas que animaron el CVN se reconstituyó para fundar en 1971 el Frente de Solidaridad con Indochina (FSI), que multiplicó las iniciativas hasta 1973. Solo que después de 1975 no logró superar la política de estrangulamiento proseguida durante años por el imperialismo, como consecuencia de los conflictos inter-burocráticos China-URSS y la crisis chino-indochina.

En Francia incluso la propia concepción del movimiento antiimperialista fue objeto de divisiones en el seno de la izquierda radical. ¿Se trataba ante todo de popularizar en casa la ejemplaridad del combate revolucionario llevado en Vietnam (“Osar, luchar”)? ¿En realidad, debía ayudar a construirnos el pueblo vietnamita? La brújula que guía la solidaridad, si esta palabra tiene un sentido, son las necesidades de los que luchan allá. Es verdad que respondiendo lo mejor que pudimos a ese reto nos construimos, pero como organización internacionalista.

europe-solidaire.org / La Haine

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