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Mundo :: 09/02/2026

El asesinato de Saif al-Islam y la unidad prohibida de Libia

Beto Cremonte
Hillary Clinton visitó Libia en 2011 y a los pocos días asesinaron a Gaddafi. Ahora el enviado estadounidense visitó Trípoli y Bengasi y luego asesinan a Saif al-Islam Gaddafi

"Los hombres podrán partir, pero Libia permanece". Con esas palabras, el equipo político del Saif al-Islam Gaddafi anunció su asesinato en su residencia de Zintan.

El comunicado no habló de una muerte cualquiera: habló de martirio, de traición y de un crimen contra la patria. Este comunicado emitido a horas del asesinato no se trató solo de un réquiem, fue una acusación política, un posicionamiento ejemplar aún en la despedida de su líder. La emboscada artera con la que se produjo el asesinato de Saif al-Islam acabó con un proyecto cercano de la unidad de Libia no como evocación del pasado, sino como reconstrucción a futuro.

La escena resuena con fuerza en la memoria libia. Hace quince años, su padre, Muammar Gaddafi, era capturado y ejecutado tras la agresión militar de la OTAN, UE y EEUU que destruyó el Estado libio bajo el pretexto de la "protección de civiles" y el derrocamiento de la supuesta tiranía que representaba Gaddafi (en realidad fue un castigo por ser un gobierno progresista con participación popular). Desde entonces, a Libia no se le permitió recomponerse como nación: quedó partida entre gobiernos rivales, milicias armadas, tribus enfrentadas y potencias extranjeras que negocian su futuro desde fuera.

Los procesos de reconfiguración del Estado libio y la tan esperada y prometida reconstrucción nunca llego, de hecho se profundizaron las divisiones incluso desde los diferentes apoyos externos que recibían y reciben cada una de las facciones que ya no pugnan por ver quién se queda con lo que quede de Libia, sino que lo hacen en pos de mantener ordenado el desorden que produce la partición del país.

Quizás como un preludio de lo que vendría más tarde o como una demostración de su inteligencia y ubicación política, Saif al Islam Gaddafi ya veía en ese trágico 2011 libio el futuro de su país: "Toda Libia será destruida. Necesitaremos 40 años para llegar a un acuerdo sobre cómo dirigir el país, porque hoy todos querrán ser presidente o emir, y todos querrán gobernar el país."

En este contexto de división y guerra interna Saif al-Islam había reaparecido como una figura incómoda. Él no comandaba ejércitos ni prometía victoria militar, pero sí hablaba de reconciliación, de soberanía y de una Libia unificada. Lo que muchos leían en su discurso como una herencia del pasado, para otros era la posibilidad concreta de cerrar la guerra. Su asesinato no elimina solo a un hombre, elimina un proyecto que no encajaba en el sistema de fragmentación que impuso Occidente y que gobierna o mejor dicho desgobierna al país desde 2011.

Saif al-Islam: biografía política de una Libia imposible

Hablar y detenerse a pensar en Saif al-Islam Gaddafi es hablar de una Libia que intentó reformarse sin destruirse y de otra que fue destruida sin poder reconstruirse, la paradoja que sin dudas tiene autores intelectuales y materiales, ya hemos mencionado a la OTAN, UE y EEUU detrás de la destrucción de Libia a partir de 2011.

Y es en ese contexto y previamente a este año que la influencia y trayectoria de Saif cobra relevancia dentro y fuera del país, ya que sin ser un jefe militar o un caudillo tribal armado, fue un actor político que emergió en el tramo final del Estado libio como rostro de una transición interna posible en la cual se destacaba la modernización institucional, la lucha contra la corrupción y la reconciliación entre tribus y regiones desplazadas del centro del poder. Claramente una figura que incomodaba a Occidente y sus cipayos, que justamente buscan todo lo contrario para Libia.

Formado en derecho y ciencias políticas, ocupó un lugar singular en el último período del gobierno de su padre. Mientras el gobierno era leído desde fuera como monolítico, hacia dentro se abría una tensión entre continuidad y reforma. Saif representaba esa grieta interna, hablaba de Constitución, de Estado moderno y de reinserción internacional sin renunciar al progresismo, la soberanía y el panafricanismo por el que su padre luchaba. Como hemos mencionado no era un militar ni un burócrata clásico; era, en términos libios, un político dentro de un sistema construido sobre liderazgos revolucionarios.

En este sentido también podemos mencionar que el joven Saif al-Islam fue crítico del proceso libio, su formación liberal de la escuela económica de Londres lo llevó incluso a criticar al sistema libio de democracia directa y enormes gastos sociales. A pesar de ello también pudo ser autocrítico con su propio pensamiento ya que a medida que se fue involucrando en el gobierno de su padre se convirtió en un ferviente defensor de la Jamahariya (término acuñado que se traduce aproximadamente como "Estado de las masas" o "República de las multitudes", derivado de jamahir, masas) en el 2011 anunciando y entendiendo que era el único sistema posible en Libia.

 "Advierto que sin la Jamahiriya Libia caerá en caos. La Jamahiriya es la única barrera contra el caos. La Jamahiriya es un logro histórico que debe evolucionar, no destruirse". La Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista fue el nombre oficial de Libia entre 1977 y 2011, bajo el gobierno de Muamar Gaddafi, basado en la "Teoría de la Tercera Internacional" y el Libro Verde, el estado se definía como una democracia directa de masas o "Estado de las masas".

Esa posición lo volvió incómodo para todos, incluso para los sectores más duros del viejo poder monárquico, porque implicaba cambios, implicaba salir de los viejos cánones de la política libia. Y para los actores occidentales, que veían a Libia como un Estado a desmontar y no a reformar, porque ofrecía una alternativa creíble al colapso de otros países africanos. Cuando en 2011 la intervención de la OTAN y EEUU destruyó la arquitectura estatal bajo el discurso humanitario, Saif pasó de heredero reformista a botín de guerra. Fue capturado por una milicia de Zintan y encerrado durante años en un limbo jurídico, una prisión política en un país sin Estado.

Ese cautiverio transformó su figura. Dejó de ser simplemente "el hijo de Gaddafi" para convertirse en símbolo de una Libia humillada y fragmentada. Mientras el país se dividía entre regímenes rivales, milicias armadas y tutelas extranjeras, Saif quedaba suspendido como testimonio vivo de la ruptura histórica de 2011. Para muchos libios, su prisión fue la prueba de que la promesa de democracia había llegado en forma de desorden, venganza y desintegración.

Cuando volvió a aparecer públicamente, su discurso ya no fue el de la reforma del viejo sistema, sino el de la reconciliación nacional. No habló de restauración ni de revancha, sino de unidad, soberanía y reconstrucción del Estado. En una Libia saturada de líderes armados, su propuesta era política, elecciones, pacto entre tribus y fin de la lógica de la milicia como árbitro supremo.

Para amplios sectores del centro y sur del país, Saif comenzó a representar tres memorias superpuestas: la Libia soberana anterior a la guerra, la Libia destruida por la agresión extranjera y la Libia que todavía podía volver a ser nación. Su capital político no provenía solo de la nostalgia, sino de una legitimidad construida en la derrota y en la prisión, algo que en la cultura política libia pesa tanto como la victoria militar.

El comunicado de su equipo político tras el asesinato cristaliza esa construcción simbólica. No habla solo de una muerte, sino de un martirio. Lo presenta como "el verdadero proyecto de reforma nacional" y como un hombre que "nunca vendió la soberanía de su país". Ese lenguaje traslada la política al terreno moral y convierte su figura en patrimonio colectivo. La sangre deja de ser solo tragedia y pasa a ser bandera. La bandera de unidad Libia. A diferencia de su padre, no aparece como jefe revolucionario sino como candidato de la reconciliación. Ya no es el líder del Estado bombardeado, sino el político que intenta reconstruirlo desde sus ruinas.

Su horizonte era también panafricano. Al ser heredero del proyecto africano de Muammar Gaddafi, Saif tradujo esa visión en un lenguaje menos épico y más institucional: una Libia africana, no subordinada al Mediterráneo europeo ni a agendas occidentales.

Por eso su figura desbordaba lo interno, hacia una Libia unificada que volvía a ser actor africano. Una Libia fragmentada seguía siendo tablero de otros. En ese cruce, reunía tres condiciones raras en la Libia posterior a 2011: legitimidad histórica, legitimidad moral y proyecto político de soberanía y reconciliación.

Su asesinato no elimina solo a un individuo sino que elimina una trayectoria que comenzaba a articular pasado, presente y futuro en una misma figura. Y devuelve una pregunta que atraviesa toda la tragedia libia: si cada intento de unidad termina silenciado, ¿qué espacio queda para que la política vuelva a reemplazar a las armas?

El tablero externo y la economía política de la fragmentación

La muerte de Saif al-Islam ocurre en un momento de reactivación diplomática internacional que revela al menos una verdad incómoda. Libia ya no es tratada como una nación a reconstruir, sino como un territorio dividido que puede administrarse por partes y que además esa partición es favorable para que los actores occidentales ataquen a cualquier intento de cambiar ese statu quo.

La gira del enviado estadounidense Massad Boulos por Trípoli y Bengasi en julio de 2025, reuniéndose tanto con Abdelhamid Dbeibah como con sectores vinculados a Khalifa Haftar, no fue un gesto protocolar. Fue una intervención directa en el corazón de la fragmentación libia. No llegó con un proyecto de reconstrucción estatal profunda, sino con una agenda de estabilidad, desbloqueo de fondos y acuerdos económicos. En una Libia sin soberanía plena, esos temas no son técnicos: son políticos.

Es en este sentido que los recuerdos vuelan hacia aquel 2011 y podemos quizás establecer cierto grado de paralelismo con la otrora visita de Hillary Clinton, en octubre, pocos días antes de que asesinaran a Gaddafi, y dijo "Veni, vidi, vici" burlándose de la muerte del líder revolucionario, y justamente ahora llega Boulos y asesinan a Saif. Claramente podemos ver similitudes en ambos casos o (los menos distraídos) podemos observar los hilos de quienes potencialmente manejan las marionetas libias.

Al dialogar con ambos polos del poder, Washington no se sitúa por encima del conflicto, sino dentro de él. No conversa con un Estado unificado, sino con sus fragmentos. Y al hacerlo consolida una lógica instalada desde 2011 en la que la política libia se decide a través de actores armados y padrinazgos occidentales.

Lo mismo ocurre con Europa, donde París vuelve a funcionar como escenario de negociación entre élites libias ya que hace muy poquitos días se reanudaron los contactos políticos entre los dos principales polos de poder libios, con una reunión informal en la capital francesa entre Sadam Haftar, Comandante adjunto del Ejército Nacional Libio e hijo del mariscal Khalifa Haftar, e Ibrahim Dabaiba, Asesor de Seguridad Nacional del Primer Ministro del Gobierno de Unidad Nacional, Abdulhamid Dabaiba. Esta reunión y la gira de Boulos son, al menos, llamativas si vemos como corolario el asesinato de Saif a los pocos días de celebrarse ambos movimientos.

Que el futuro del país se discuta fuera de su territorio es una imagen precisa de soberanía desplazada. Francia, Italia o Alemania hacen como que median, pero al mismo tiempo confirman que Libia sigue siendo tratada como expediente internacional antes que como nación capaz de decidir por sí misma. Ese mecanismo no es nuevo. Cuando la diplomacia occidental se activa sobre un país fragmentado, lo hace aceptando la fragmentación como punto de partida. Y al hacerlo neutraliza cualquier proyecto que aspire a recomponer un centro político soberano.

Cada potencia se conecta con un nodo interno, Haftar como interfaz militar del este, Dbeibah como interfaz administrativa del oeste, las milicias como intermediarias económicas y las tribus como base social capturada por pactos armados. La fragmentación se vuelve rentable ya que permite contratos múltiples, zonas de influencia y ausencia de un poder central que imponga reglas comunes.

En ese sistema, la unidad no es una aspiración abstracta sino una amenaza concreta para Occidente y sus esbirros. Un liderazgo capaz de reunir tribus, regiones y legitimidad electoral implicaría renegociar todos esos vínculos. Pasar de un país administrado por nodos a un Estado con centro.

En este contexto de actualidad y fragmentación libia, la eliminación de Saif abre la puerta a una expansión de la Hermandad Musulmana con apoyo de EAU, una mayor fragmentación social y lo que seguro será la celebración de elecciones presidenciales aprovechando que el factor popular y tribal se ha quedado sin su principal y única voz, la de Saif, quien entendemos era un serio candidato a ganar esas elecciones que finalmente nunca sucedieron.

La unidad como crimen político

El asesinato de Saif al-Islam no puede entenderse como un ajuste de cuentas, funciona como un veto político preventivo contra una posibilidad histórica de reconstruir un centro político soberano en un país organizado desde hace más de una década sobre la fragmentación y destrucción total del Estado.

Para Haftar, la unidad socavaba su legitimidad militar, mientras que para el poder de Trípoli, ponía fin a la transición interminable. Para las milicias, significaba desarme y pérdida de poder económico. Para las potencias occidentales, implicaba renegociar acuerdos estratégicos. Para todos, Saif era un factor disruptivo.

La violencia deja así de ser caos y se vuelve método, siendo un mensaje claro ante todo intento de reconstruir soberanía: será castigado. En la Libia posterior a 2011 la unidad se transformó en delito implícito, no por ley, sino por estructura. Quien propone una sola bandera cuestiona al mismo tiempo a los liderazgos armados, a las economías de guerra, a las tutelas extranjeras y a la transición eterna.

Entonces el asesinato de Saif no elimina un pasado, ni siquiera elimina el posible legado del apellido, elimina un futuro potencial. No beneficia a un solo actor, sino a todos los que necesitan que Libia siga siendo un país dividido.

Quince años después de las bombas que destruyeron el Estado libio, la violencia ya no necesita aviones ni resoluciones internacionales. Alcanza con apagar unas cámaras y eliminar a quien se atreva a hablar de unidad. En Libia, hoy, la reconciliación sigue siendo peligrosa. Y la soberanía, un crimen sin perdón.

* Docente, profesor de Comunicación social y periodismo FPyCS UNLP.
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