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03/10/2015 :: Europa

El día que Occidente prefiere olvidar

x Michael Jabara Carley
Existe otra fecha que hubiera sido mejor conmemorar si Europa realmente hubiera querido recordar como comenzó la II Guerra Mundial. El 30 de septiembre de 1938

¿Cúantas veces ha escuchado usted que el pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética se firmó el 23 de agosto de 1939? Ese día, Adolf Hitler y Josef Stalin, iguales como dos gotas de agua, dividieron el este de Europa desde el Báltico hasta el Mar Negro. Con ello se iniciaba la Segunda Guerra Mundial. Stalin apuñaló por la espalda a Gran Bretaña y Francia, las llamadas democracias occidentales, que en realidad eran los dos imperios coloniales más grandes del mundo.

No olvide usted la fecha, pues aparte de las numerosas referencias que se hacen a ella constantemente, a través de los medios de información masiva, ese día es hoy conocido como el «Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo». En 2008, el Parlamento Europeo anunció la brillante idea de crear «un día digno e imparcial para recordar a las víctimas de todos los regímenes totalitarios y autoritarios». Esta fecha se ha conmemorado anualmente desde 2009. Varios grupos políticos de centro-derecha dentro del Parlamento Europeo, junto con la OTAN (léase EEUU) y la Asamblea Parlamentaria, respaldaron la idea.

No es por mera coincidencia que, en 2009, la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea (OSCE) durante la reunión en Lituania, también haya pasado una resolución «equiparando la participación de la URSS y la Alemania nazi en la iniciación de la Segunda Guerra Mundial» La resolución de la OSCE no tiene ninguna relación en absoluto con lo que realmente sucedió durante los años 1930. Su objetivo es “reescribir” la historia. Es claro que toda esta reestructuración política tiene otro propósito: el atacar a la Federación Rusa y a Vladimir Putin, el blanco de los rusófobos occidentales.

Existe otra fecha que hubiera sido mejor conmemorar si Europa realmente hubiera querido recordar como comenzó la Segunda Guerra Mundial. Yo propongo el 30 de septiembre de 1938. Ese día el Primer Ministro británico Neville Chamberlain y el Primer Ministro francés Édouard Daladier se reunieron con Hitler y su amanuense, el fascista italiano Benito Mussolini, en Munich para tasajear Checoslovaquia. Ni diplomáticos checos ni soviéticos participaron en las reuniones; Hitler no los quería ahí. El führer exigió los territorios Sudetes con sus poblaciones alemanas en mayoría. Auto-determinación fue su argumentación, pero el propósito real era destruir a Checoslovaquia, un obstáculo a la dominación alemana de Europa del Este, así como el aislar a la URSS, su aliada.

Es más, la URSS hizo todo lo razonablemente posible para apoyar la seguridad colectiva de Europa y la resistencia checoslovaca en contra de la agresión nazi. Fueron los franceses y los ingleses, especialmente éstos últimos, quienes esquivaron la batalla. Los franceses actuaron de manera cobarde. El Ministro de Relaciones Exteriores francés, Georges Bonnet, argumentó que Francia no podía pelear, y si acaso lo hiciera se estaría enfrentando a la derrota y a una revolución comunista. El gran némesis de Stalin, L. D. Trotsky, solía decir que la guerra era a menudo la partera de la revolución y Bonnet y muchos de sus colegas franceses coincidían en ello.

Chamberlain fue menos cobarde y estaba mas decidido a no ser arrastrado hacia la guerra por un estado condenado e inviable. De acuerdo con Bonnet, Checoslovaquia no era para los ingleses mas que «trapos y parches remendados por el tratado de Versalles… nadie debe morir por protegerla». Chamberlain pensaba que podría llegar a un acuerdo con Herr Hitler, y Checoslovaquia era un sacrificio menor para llegar a un acuerdo. Chamberlain le dijo a los líderes de la Oposición en la Cámara de Comunes [de Inglaterra] que Hitler era «un hombre de honor», quien mantendría la paz luego de haber obtenido los territorios de las Sudetes. Cuando los líderes de la oposición expresaron sus dudas, Chamberlain reaccionó con irritación. «Me he reunido con Hitler», dijo, «y le creo». Estas resultaron palabras fatuas, porque la débil Checoslovaquia desapareció unos cuantos meses después, en marzo de 1939.

Para Chamberlain, una alianza con la URSS en contra de la Alemania nazi era una última opción, o una opción inexistente. Acordar con Hitler era más atractivo. Una alianza con la URSS en contra de Alemania significaba guerra. «Guerra preventiva», dijo Bonnet, un cobarde quie perdería la compostura durante la crisis de Munich.

«¡Ustedes quieren guerra!», fue la acusación principal que los conservadores y la derecha europea lanzaron en contra de aquellos que buscaban organizar la resistencia contra la agresión nazi. Stalin lo comprendió. Cuando en 1939 los ingleses y los franceses aun se resistían a organizar un frente común contra la Alemania nazi, Stalin megoció con Hitler. Para el gobierno soviético Munich fue la gota que derramó el vaso y que condujo directamente al pacto de no agresión germano-soviético. El pacto de no agresión de Munich era exactamente lo mismo. Los ingleses estaban furiosos puesto que Stalin había logrado lo que ellos no habían conseguido el año anterior en Munich. Era un sálvese quien pueda, pero no una estrategia de seguridad a largo plazo. Era algo que sólo animaría al agresor, tal y como lo comprobaría Stalin en junio de 1941.

Muchos historiadores han tratado de defender la traición de Chamberlain a Checoslovaquia. Inglaterra no estaba preparada para la guerra y tenía que ganar tiempo. Hay que reconocer los hechos cuando es preciso. Los historiadores y defensores de Chamberlain han investigado mucho y desparramado mucha tinta para restaurarle su reputación. Sin embargo no creo que lo hayan logrado. Los críticos de su tiempo lo juzgaron correctamente. De acuerdo con el periódico 'Manchester Guardian', a principios de 1939, la paz británica era «una manera inteligente de vender a los amigos para pagarle a los enemigos».

Si es que hay un Estado que merece ser condenado por sabotear la seguridad colectiva durante los años 1930, es Gran Bretaña y no la URSS. Los ingleses rechazaron repetidamente propuestas soviéticas para una alianza antinazi, o bloquearon la mejora de las relaciones francesas con Moscú. Como se sabe, Francia siempre actuó como un satélite anglo-sajón: entonces lo fue de Inglaterra, ahora lo es de EEUU.

Hoy todo ha cambiado, pero nada ha cambiado. Durante los años entre guerras, el fascismo le fue atractivo a las elites capitalistas asustadas del socialismo y la URSS. Después de la Segunda Guerra Mundial, el fascismo se convirtió en un atractivo para las elites “liberales” de occidente, primero de manera clandestina, y ahora con mas apertura. La UE, en su postura rusofóbica, condenó «el llevar a cabo demostraciones públicas en glorificación de pasados nazis o stalinistas», pero de alguna manera la parte nazi desapareció del argumento. Hay muchas demostraciones en los estados bálticos que conmemoran a los soldados de la SS que pelearon en la Alemania nazi en contra del Ejército Rojo. ¿Y qué se puede decir de Ucrania? Stepan Bandera, el colaborador nazi, y Hitler son conmemorados sin tapujo alguno. Los camisas pardas de la derecha representan la vanguardia de la junta de Kiev, quienes derrocaron al gobierno electo de Ucrania en un golpe de estado respaldado por Occidente. La UE y los EEUU lo niegan. Hay solo unos cuantos «elementos malos» en Kiev, pero claro que no hay más ciego que el que no quiere ver.

Si yo fuera miembro del parlamento europeo propondría que el Parlamento reconociera el 30 de septiembre como el día que Occidente traicionó a Checoslovaquia y puso precio a la seguridad colectiva contra la Alemania nazi. De esa fechoría tuvo culpa Gran Bretaña, no la URSS. Es difícil reconocerlo incluso ahora, lo cual es la razón por la que no se escucha nada sobre esto en los medios masivos.

Por lo menos los checoslovacos tenían una democracia que funcionaba, y que era única en Europa central o del este en ese momento. Los estados del Báltico y Polonia eran completos fascistas o simpatizantes, y antisemitas. ¿Qué le sucedió a esos “valores”? Esos “valores” son mentiras, desde luego, a menos que usted se refiera a la hipocresía, moral doble, o a la rusofóbia. Naturalmente, si yo fuera miembro del Parlamento Europeo, sería tratado como un loco o un agente de Putin. Como historiador, puede que me traten de igual manera, pero es un riesgo que estoy dispuesto a correr.

Traducción: Sophia Vackimes para Strategic Culture Foundation (Rusia). Revisado por La Haine

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