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Argentina :: 07/12/2022

El último encuentro con Vicente Zito Lema

Néstor Kohan - La Haine
En corto tiempo el rostro de la muerte se ha asomado para arrancarnos a mucha gente querida. ¡Todos y todas de nuestro campo!

¿Será que la gente buena no tolera vivir en un mundo donde se glorifica el neonazismo, se rinde culto al dios Moloch, mientras “los Mercados” (es decir, los grandes capitalistas) celebran de manera obscena su festín de explotación? 

Entre esa gente querida se encuentra alguien que ha sido muy especial en nuestra vida. Se trata de Vicente Zito Lema (14/11/1939 - 4/12/2022). 

Fui a visitarlo hace menos de diez días. Un golpe demoledor. Al llegar, su compañera Régine Bergmeijer me recibió con su cariño de siempre. Su afecto y su sonrisa. Me ofreció diversas bebidas. Le pedí solo un vaso de agua. Durante toda la visita no abandoné ese vaso de mis manos en ningún momento. Me aferré a él como un sostén. Cuando sentía que se me saltaban las lágrimas de los ojos, tomaba un sorbito y así pude mantener la conversación, hacer chistes, provocarle a Vicente varias sonrisas. Me impactó verlo en la cama, delgado, con la barba crecida, cuando siempre lo recordaba con su cuerpo ancho, fuerte, robusto, imponente. Me recordaba demasiado a los últimos días de mi padre. 

Tenía planeado —así habíamos acordado— filmarlo varias horas para la serie “Memoria del futuro” de Brancaleone Films. Distintos módulos: el surrealismo, la influencia de Enrique Pichon-Rivière (uno de los precursores de la psicología social y el psicoanálisis grupal, según reconoce René Kaës en varios de sus libros), sus amistades con Rodolfo Walsh, Julio Cortázar, Haroldo Conti, su participación y militancia en la insurgencia guevarista del ERP 22 de agosto, el vínculo con Daniel Hopen. Distintas enfermedades y otras circunstancias lo impidieron. 

Pero por esos azares de la vida, decidí no postergar más la visita, que, lamentablemente, sería la última. 

No voy a reconstruir en estas líneas su riquísima biografía. Por un lado, he escrito sobre ese tema para algunos colectivos. Pero fundamentalmente, considero que Vicente se merece un libro entero, no un simple artículo. 

Me limitaré a recordar algunos segmentos de nuestra amistad que me resultaron significativos. Por esta vez al menos, quiero dejar la historia intelectual y la sociología de la cultura de lado. Elijo priorizar la amistad. Como en su momento hice con otro maestro y amigo: José Luis Mangieri. Ya habrá tiempo de reconstruir una vida tan polifacética. 

Al vernos, una de las primeras preguntas de Vicente giró en torno a la despedida de Hebe. ¿Qué había sucedido en la plaza de mayo? ¡Es que la plaza era NUESTRO lugar! Y a pesar de tantas circunstancias dolorosas compartidas, seguía su interés por Hebe y las madres. Mi respuesta fue sincera. Le transmití lo que había vivido en aquella despedida colectiva: la escisión prácticamente absoluta entre izquierda roja y peronismo. Y eso nos remitió a conversar y reflexionar sobre ese divorcio que se empecina en reproducirse, generación tras generación, pase lo que pase. No importa lo que suceda. Ni la amenaza de un nuevo golpe de estado por parte del teniente coronel Aldo Rico que circuló por las redes, mientras todo el arco político elegía “no ver” o “no saber”, asumiendo la pose muy poco creíble de una supuesta “distracción”. Hasta el intento de asesinato de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, financiado por el gran capital financiero con absoluta desfachatez y falta de pudor. Pase lo que pase, aquel divorcio de décadas se mantiene a rajatablas. Y sobre eso conversamos rato largo. Con Vicente y con Régine. Vicente cerró ese “capítulo” de nuestra última conversación celebrando coincidencias. Me dijo “cada uno de nosotros tiene sus ideas, pero me alegra que compartamos este punto de vista”. Se trataba de un distanciamiento frente a un fundamentalismo anti-peronista (en la jerga política popular de Argentina se suele conocer con el término “gorilismo”), sobrecargado de irracionalidad, de fanatismo, de reemplazo del análisis de las clases sociales, sus luchas, sus relaciones sociales, etc. por reacciones puramente viscerales. Todo el arsenal del marxismo, insuperado desde nuestro punto de vista por cualquier otro paradigma que no le llega a los talones, se deja repentinamente en la mesa de luz o en un estante del baño para adoptar posiciones similares a las de una secta religiosa. 

A partir de allí la conversación derivó hacia las fuentes de una mirada clasista, marxista, pero que eluda ese “gorilismo” infantiloide, de tanto repetido ya desgastado. Entonces le dije a Vicente: “Lo que sucede es que yo conozco de qué fuentes has bebido. Vos y Jorge Beinstein”. Se trataba del ERP 22 de agosto, una de las tantas insurgencias político-militares de Argentina de los años ’70. En ese momento, el rostro triste, acongojado y por momentos desolado de Vicente se iluminó. Le brillaban los ojitos con destellos de una alegría no reprimida. Comenzó a hablar casi en clave, como si estuviera de nuevo bajo una dictadura.  Le habló a Régine, muy por encima, sobre el ERP 22 de agosto. Pero ahí nomás lo interrumpí y le reafirmé: “No sólo vos y Jorge [Beinstein]”. Le comencé a mencionar otros nombres de aquella organización encargada de ajusticiar al máximo responsable de la masacre de Trelew. En ese momento Vicente exclamó, como recuperando su antigua energía física: “Entonces conocés esa historia. Veo que Beinstein estuvo hablando del asunto” (nuestro común amigo Beinstein falleció hace pocos años). Y lo dijo con una amplia sonrisa. Me dio alegría volver a verlo sonreír. Lo sentía vivo. Aunque cuando Régine lo abrazaba con un amor inmenso, él volvía a quejarse del dolor, de la misma manera que lo hacía mi padre en sus últimos momentos, aunque en el caso de mi padre no tuviera abrazos similares.              

La asociación libre de Vicente con mi padre no surgió recién ahora. Una vez, en tiempos de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, discutimos acaloradamente después de una asamblea tumultuosa. Vicente era “duro” y tenía una voz muy potente, además de un cuerpo grandote. Se enojó por un argumento mío en la asamblea. Ni bien terminó aquella asamblea, se me vino encima y me increpó con mucho enojo. Lo enfrenté pero como el inconsciente suele ser tramposo y juguetón, en lugar de retrucarle con nuevos argumentos políticos (algo que para mí es casi natural) le repliqué, sin saber porqué, lo siguiente: “Vos a mí no me gritás, porque no sos… mi viejo”. ¿Qué tenía que ver mi padre en esa discusión pública y estrictamente política? ¡Absolutamente nada! Pero evidentemente Vicente ocupaba ese lugar, seguramente no sólo para mí, el de un “padre” (al hablar con él en su lecho final, cuando le acaricié su abundante cabellera que nunca desapareció a pesar del cáncer, me volvió a pasar exactamente lo mismo, volví a ser atravesado por esas sensaciones inexplicables que sentí frente a la enfermedad y agonía de mi padre). Yo mismo me sorprendí de mi respuesta inesperada y tan poco “lógica”, mientras en aquella ocasión de dos décadas atrás, Régine, su amorosa compañera, me tomó cariñosamente del brazo y puso paños fríos: “No te enojes, Vicente es así, un poco gritón”. Y ahí nomás se calmó la discusión entre ambos. El afecto estaba intacto. Por eso dentro y fuera de la Universidad de las Madres nos acompañó en cada una de las infinitas iniciativas de la Cátedra Che Guevara y el Colectivo Amauta, así como nosotros fuimos leales y acompañamos la movida de la recién fundada Universidad de lxs Trabajadorxs en la fábrica metalúrgica recuperada IMPA.             

Pero el vínculo no giró únicamente en torno al afecto y la amistad. Recuerdo que alguna vez Vicente me preguntó: “¿No te animás a dar un seminario anual, de carácter metodológico, sobre *El Capital *de Marx?”. Yo hacía una década que hacía eso en la Universidad de Buenos Aires, pero siempre acompañado y como parte de una cátedra universitaria. Vicente subía la apuesta. Ahora se trataba de encararlo en soledad y con movimientos sociales y populares. Otro “público”, otro lenguaje, otra forma de organizarse. Por supuesto que acepté. Para mí era un orgullo hacerme cargo de Marx y *El Capital*. Por aquel seminario pasaron varias direcciones políticas del movimiento piquetero argentino en sus diferentes vertientes, así como dirigentes de fábricas recuperadas. No faltaron tampoco servicios de inteligencias locales y hasta uno vinculado a esa institución tristemente conocida por sus tres letras: la CIA. 

De ese seminario que él nos sugirió encarar, nació el libro *El Capital: Historia y método *(editado en tres ocasiones en Argentina, una cuarta en Cuba y una quinta en Barcelona, traducido al catalán).              

Así como el vínculo con Vicente no se redujo nunca a la amistad, tampoco quedó limitado al estudio teórico. Recuerdo una vez que compartimos una huelga de hambre en defensa de la libertad de los presos políticos de La Tablada (guerrilleros provenientes del ERP, muchos de los cuales habían combatido en Nicaragua contra el dictador Somoza).              

Pasábamos de la teoría a la acción política con total naturalidad, rompiendo los esquemas de “especialistas”. Por allí escribí sobre Vicente lo que alguna vez, si no recuerdo mal, el sociólogo estadounidense Wright Mills formuló sobre Thorstein Veblen: “era un anti-especialista profesional”. No un diletante. No un aficionado. Sino alguien que rechazaba adrede encerrarse en una única disciplina (es decir, el modelo que las contrarreformas universitarias del Banco Mundial y sus revistas indexadas con referato han logrado instalar desde los años 90 hasta hoy).  Así era Vicente Zito Lema. Un día actuaba como abogado, al día siguiente dictaba un curso sobre el surrealismo, al tercer día hacía una huelga de hambre en defensa de guerrilleros presos. ¡Sin ningún problema! Quizás por eso nunca tuvo una cátedra permanente en la universidad, ámbito que de todas formas no le era ajeno (fue nombrado “Doctor Honoris Causa” en varias Casas de Altos Estudios).              

Aunque Vicente fundó varias instituciones de contra-hegemonía, también se manejaba con soltura por fuera de las instituciones. Tal es así que con mi amigo y compañero Maximiliano Riesnik, compartimos un seminario junto a él sobre la correspondencia de Spinoza. Tarea que complementamos visitando, juntos, a diversos presos políticos. Y a la noche compartiendo algún vino tinto en la “Taberna Vasca”, organizada por Carlos Aznárez y el periódico *Resumen Latinoamericano*. La lectura de Spinoza, la visita a la cárcel, el vino compartido en la Taberna con militantes revolucionarios de diversas tendencias eran parte de una misma manera de vivir la política (no de vivir de la política).              

Vicente presentó varios libros nuestros. Pero lo más interesante resulta recordar las razones por las cuales nos pidió que presentáramos los suyos. Recuerdo cuando presentó uno que incorporaba sus diálogos con Jacobo Fijman, Fernando Ulloa, Enrique Pichon-Rivière y León Rozitchner. El eje que dividía las aguas era la legitimidad (o no) de la violencia plebeya, popular, obrera y revolucionaria. Vicente la reivindicaba plenamente, pero se sentía cuestionado por cierto progresismo que aún hoy en día sigue creyendo (ingenuamente y con las mejores intenciones) que las grandes transformaciones sociales de la historia se hacen mediante una votación de dos leyes. Me pidió expresamente que lo defendiera de los ataques de quienes lo impugnaban por no arremeter contra las insurgencias. Ese punto neurálgico le trajo en su vida no pocos dolores de cabeza. Pero se mantuvo firme e inclaudicable hasta el final.              

Al despedirnos, cuando ya estaba demasiado dolorido y necesitaba morfina, le sugerí casi al oído que él había logrado sobrevivir a una bomba que le pusieron terroristas de extrema derecha cuando estaba junto con el padre Mugica y Rodolfo Ortega Peña. También logró sobrevivir a la feroz dictadura de Videla, Massera y Martínez de Hoz. ¿Cómo no iba a ganar esta pelea? Le acaricié su cabello tupido diciéndole que si continuaba manteniendo esa cabellera a pesar de la enfermedad, había esperanzas.              

No importa el final puramente corporal. Siempre habrá esperanzas en la medida en que existan personas como Vicente. Leales a la revolución, fraternos y ecuménicos con todo el campo popular y revolucionario, amantes de la verdad, la justicia y la belleza.   

¡Gracias Vicente! Todas tus luchas tuvieron, tienen y tendrán un sentido.   

Y no te olvides de continuar fundando y fundando y fundando espacios de lucha y resistencia, sea donde sea que estés.   

¡Hasta la victoria, siempre! Te queremos.   

Buenos Aires, madrugada del 5 de diciembre de 2022

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*Vicente Zito Lema (1939-2022): ¡Hasta la victoria siempre!*
Homenaje de Cátedra Che Guevara y Mascaro Cine. Homenaje al poeta, escritor, abogado y psicoanalista argentino Vicente Zito
Lema (1939-2022). Sus obras, sus revistas, su militancia política y
cultural. ¡Hasta la victoria, siempre, querido Vicente!

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