Fatales consecuencias del servilismo de Obama ante el lobby israelí
[Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre] Los candidatos presidenciales parecen recorrer el largo camino hacia la conferencia anual del AIPAC para rendir pleitesía a Israel y su lobby
Sólo Nader ha alertado sobre el peligro
De la misma manera que un musulmán emprende el Hajj, la peregrinación a la Meca una vez en la vida, o un católico trata de ver al Papa hablar desde su ventana del Vaticano, los candidatos presidenciales parecen recorrer el largo camino hacia la conferencia anual del AIPAC [Comité israelí-estadounidense para las intervenciones públicas] para rendir pleitesía a Israel y su lobby.
Este año hemos sido muy afortunados al contemplar a John MaCain, Barack Obama y Hillary Clinton haciendo cola para perder su dignidad ante el congreso del AIPAC. En un momento de su parodia en su magazín diario, Jon Steward contó cómo John McCain, a quien acompañaba el senador Jose Liberman en una visita a Israel, le advertía de que “no era necesario llevar a tu propio judío”.
La declaración de Hillary en apoyo de Israel fue simplemente la guinda que coronaba el pastel ya que durante su campaña había prometido “arrasar” Irán en el caso de que atacara a Israel. Por supuesto, sin la declaración de guerra que exige la Constitución estadounidense antes de atacar a otro país. (Pero existe el precedente del ataque de Bush contra Iraq sin declaración previa de guerra).
El último en completar la ronda de promesas y servilismo al AIPAC fue Barack Obama, un candidato que en un momento determinado suscitó esperanzas a muchos estadounidenses, incluido yo mismo. Empezó por llevar no sólo un pin con la bandera estadounidense sino otro con las dos banderas enlazadas. La candidatura de Obama ha mejorado la imagen de Estados Unidos en todo el mundo, por el hecho de que “todos tienen oportunidades en EEUU”, tal como acostumbra a decir. Pero eso es precisamente lo que hace que su servilismo sea más doloroso.
Obama declaró que Jerusalén es indivisible, presumiblemente sólo para los israelíes, en contraste con la postura de la ONU que mantiene que Jerusalén era, y es, una ciudad internacional, sin pertenencia a ninguna de las dos partes.
Sin embargo, nada de esto es nuevo. Los candidatos presidenciales han estado durante décadas doblegándose ante el lobby israelí, así que ¿dónde está la novedad? En realidad lo que resulta novedoso es que el mundo haya aceptado un apoyo tan ciego e incuestionable a los más criminales objetivos de Israel que suponen una auténtica amenaza a la paz mundial. Una retórica semejante no queda ya restringida al voto judío en Estados Unidos sino que tiene un impacto real en las vidas de la gente en Oriente Próximo.
De manera que, los candidatos presidenciales, uno de los cuales llegará a ser el presidente de Estados Unidos, al permitir las agresiones israelíes pueden ocasionar las muertes y sufrimiento de decenas de miles de árabes en Líbano, en Palestina y en Iraq. Ese tipo de discurso permite a Israel, con la ayuda estadounidense, intentar extenuar hasta la sumisión a los palestinos en la franja de Gaza, a una gente que ha tenido la temeridad de tomarse en serio las promesas de Bush sobre la democracia en el mundo árabe. A pesar del bloqueo israelí de medicinas, alimentos, electricidad y demás bienes básicos para los habitantes de Gaza, el gobierno estadounidense y los principales medios de comunicación del país no han elevado ni una sola protesta. Lo único que ha hecho Estados Unidos es dar a Israel más dinero y más armas para que continúe con sus intentos de exterminio.
La declaración de Obama expresando un apoyo incondicional e incuestionable a los objetivos israelíes facilitará a Israel que intente de nuevo invadir Líbano para acabar con los combatientes de Hezbollah, los únicos con suficiente fuerza para resistir la agresión de Israel en el país. Y si bien Estados Unidos no dispone de más tropas con las que invadir Irán, tal como desearían el senador Joe Lieberman y el gobierno israelí, tanto Israel como el gobierno Bush tienen planes para bombardear el programa nuclear fantasma de Irán. (¿Qué ocurrirá, en cualquier caso, con el anuncio de la CIA de que Irán ya no aspira a la realización de un programa de armamento?)
Durante años, los políticos estadounidenses han considerado que las declaraciones generales de apoyo a los objetivos de Israel eran inocuas, es decir, sin coste político y con muchas ventajas para ellos. Pero esos tiempos han pasado, y el peligro de un aumento de la violencia en Oriente Próximo es mucho mayor que el grado de las amenazas previstas en los aeropuertos del país al acercarse el momento de las elecciones.
Uno habría confiado en que Barack Obama hubiera tomado nota de la destrucción ocasionada tras lo que George Bush pensaba que sería una invasión pacífica de Iraq, y no intentase repetir esta clase de aventuras con repercusiones tan graves, hasta el punto de poner a Oriente Próximo al borde de la desestabilización.
Uno habría creído que Obama tendría en cuenta el impacto de la división impulsada por Bush e Israel en varios países árabes, con el fin de proporcionar a Israel la hegemonía en la región. Así, con Líbano, Iraq y los palestinos obligados a enfrentarse entre ellos, serán unos objetivos más accesibles para un posible control israelí.
Esa estrategia, con la que Obama parece estar conforme, ocasionará mayor destrucción, más perdida de vidas inocentes, más divisiones internas y una mayor desestabilización que el mundo árabe no puede soportar.
En definitiva, no es el tipo de política que Obama ha prometido como argumento para ser preferido a McCain.
La tragedia de todo ello es que el único candidato a la presidencia que ha reconocido los peligros que se van a derivar de la continuación de esas políticas es Ralph Nader.
Al contemplar a los candidatos sumisos ante el congreso del AIPAC uno se pregunta si quienes estaban entre el público del lobby israelí sintieron alguna vergüenza al ver como se obligaba a tal servilismo a los que entonces eran tres posibles presidentes de Estados Unidos. De lo que vi en la televisión, al menos los dirigentes del AIPAC parecían radiantes ante el servilismo voluntario de cada uno de ellos que renunciaban a su dignidad ante la televisión nacional al inclinarse para besarles el trasero.
James G. Abourezk, es un abogado de Dakota del Sur. Ex senador y autor de dos libros, Advise and Dissent, y coautor de Through Different Eyes. Este artículo aparece en el último número de Washington Report fro Middle East Affairs y se publica aquí con su permiso. Abourezk es accesible en georgepatton@alyajames.net
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