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17/08/2017 :: México

Friedrich Katz en las ciudades

x Adolfo Gilly
Este recuerdo está dedicado a Jim Jarmusch, Wim Wenders y Werner Herzog, tres narradores errantes

Friedrich Katz era vienés. Si en el universo del libro judío podemos ubicarlo, nos es preciso también saber que su escritura y su alma tenían raíces en la antigua y letrada ciudad austriaca, Viena, a la cual regresaba cada año. No era sólo que allí había transcurrido su primera infancia junto a su padre Leo Katz, conspirador, comunista, escritor, contrabandista de armas para la República Española, periodista de combate y otros oficios varios. Era también que en Viena, en los nuevos tiempos después del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial, Friedrich había conocido a Iana, desde entonces su novia, su esposa y su compañera de vida y de hijos.

Aquellos fueron los tiempos y las suertes de su educación sentimental y artesanal como escritor, judío de las calles, los palacios y las luces de su amada ciudad de nacimiento, cosmopolita por sangre, cultura y destino, estudiante en la Escuela de Antropología e Historia de la ciudad de México y después historiador mexicano en la Universidad de Chicago, allá donde contemplaba el lago Michigan desde el balcón de su casa en las alturas de un rascacielos y les contaba a sus nietos historias de Pancho Villa y sus andanzas.

Encuentro razón para reclamar en Friedrich Katz en este homenaje su estirpe judía como parte constitutiva de su vida, su carácter y su cultura. A tantas y tantos de la misma estirpe conocí en mis años de estudiante en Buenos Aires, cuando iban a recalar en las juventudes socialistas. Rosa Katz, como Friedrich, se llamaba una de ellas, largo cabello negro ala de cuervo, piel aceituna, ojos grandes y abiertos de inteligencia, compañera y esposa de Raúl Premat, escritor socialista y trotskista, amigo muy querido y coleccionista de objetos de arte a quien mató bajo tortura en Buenos Aires la dictadura militar del general Jorge Rafael Videla y su siniestra Triple A. Murió insultando a sus torturadores, según me relató en México una amiga presa en ese mismo lugar.

Ese socialismo era una primera educación en las convicciones de justicia y libertad, antes de emigrar hacia un kibutz, aquella utopía comunitaria de perseguidos en busca de paz y de justicia en una tierra mítica que es también la tierra de los palestinos. Rosa Katz y su Raúl, a quienes en este día recuerdo, tomaron en Europa el antiguo camino de las ciudades. Así nuestros Katz de Viena y así fue el itinerario de sus vidas.

* * *

Milagrosamente escapados de Viena a Berlín y más tarde a París, Leo Katz y su familia tuvieron que seguir su caminar después de la caída de Francia bajo la ocupación alemana, en aquel desastre francés que Marc Bloch, otro historiador judío de los grandes, describió y explicó como ninguno en su libro póstumo, La extraña derrota. Bajo la protección diplomática de Gilberto Bosques, a quien nunca olvidó, Friedrich y los suyos pudieron hallar asilo primero en EEUU y después en el México de Lázaro Cárdenas. Cada vez se repitió en ellos el milagro racional de la solidaridad, como lo llamó Víctor Serge cuando en estas tierras tuvo asilo.

Después de la guerra Friedrich Katz regresó a Berlín oriental y a su Universidad, y de aquella República Democrática Alemana, así llamada, y su irrespirable clima policial tuvo también que exiliarse. Reconocía él sus propias peripecias en una película alemana de 1984, La vida de los otros, acerca del control de la Stasi, policía secreta del régimen, sobre las vidas privadas de sus súbditos.

Una vida después, la suya propia, quiso Friedrich Katz volver a Viena para siempre. Allá están ahora sus cenizas. Su estirpe es larga en este oficio de historiar que se ocupa del tiempo y de la tierra, escudriña vidas y destinos, dibuja caracteres y exige ser leal a la verdad y a la justicia y no a las ideologías y los juegos del poder, el dinero y la política.

* * *

Traigo aquí conmigo, en la imaginaria mochila del recuerdo, unos nombres de los pares de Friedrich Katz entre los historiadores judíos europeos de su tiempo, de diversas naciones y una misma raíz: Marc Bloch, francés, asesinado por los nazis; Walter Benjamin, alemán, acorralado a la muerte en Port Bou por los nazis; Ernst Bloch, alemán, exiliado por los nazis y después silenciado por el gobierno comunista; León Trotsky, ucraniano, exiliado y después asesinado en esta Ciudad de México por un enviado de Moscú; Arnaldo Momigliano, italiano, exiliado a Gran Bretaña por Mussolini; Carlo Levi, italiano, enviado al confín por Mussolini; Primo Levi, italiano, encarcelado en Auschwitz por el nazismo; Ernest Mandel, belga, encarcelado en Dora, Alemania, por la ocupación nazi de Bélgica; Isaac Deutscher, polaco nacido en Galitzia, exiliado en Londres; Enrique Semo, mexicano, nacido en Bulgaria, estudiante en Tel Aviv, doctorado en Berlín, investigador emérito en la UNAM.

Todos, aquellos a quienes conocí y aquellos a quienes tan sólo leí y estudié, traían consigo una nostalgia entre muchas: la nostalgia de la Ciudad, esa ciudad mítica que había sido la suya. Así también Juan Gelman, poeta, escritor y viejo amigo, quien quiso que sus cenizas se esparcieran en tierra mexicana pero escribía en la lengua de Buenos Aires y en ese idioma le conversaba a Mara.

Volver a la Ciudad, mito, nostalgia y sueño. Imposible regresar a Dublín: así lo escribió en México un andino de Quito, Bolívar Echeverría, y en su homenaje en la UNAM lo recordó Raquel Serur, su compañera de estudios y de vida:

Quisiera terminar con unas palabras del hombre para quien su tierra, su Quito querido, era una nostalgia permanente. Él que formó su familia en México, que logró una vida plena en la UNAM y fuera de ella, que hizo suya la ciudad de México y en donde se ganó el respeto de propios y ajenos, vivió una intimidad dividida por el dolor de estar lejos de su tierra, como da cuenta su texto publicado en Ziranda, que alude a Joyce y su Ulises:

Imposible regresar a Dublín

Tal es el trabajo de la nostalgia que termina por sacrificar su objeto en beneficio del objeto añorado. Uno quiere volver, pero volver es imposible; no sólo por lo de Heráclito y el río, que ya de por sí es implacable, sino porque, trasfigurada la ciudad a la que uno quisiera regresar, sólo puede existir en verdad, espejismo cruel, en el universo inestable de la memoria.

Friedrich Katz ha vuelto a la Ciudad. Allá estará mientras Viena exista y aún después, si la memoria fiel se vuelve historia.

* Recordando a Friedrich Katz a 90 años de su nacimiento. Feria Internacional del Libro Judío –Librería Rosario Castellano- FCE– Tamaulipas 202, colonia Condesa, CDMX -14 de agosto de 2017.
La Jornada

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