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Bolivia :: 11/01/2006

¿Puede un indígena ser demócrata?

Alizia Stürtze - La Haine
Fieles a ese sentido de superioridad histórica que al parecer da saberse "nación española" que ha marcado su imperialismo a sangre y fuego, y considerarse por ello cuna de la civilización occidental (o sea, de LA CIVILIZACIóN), durante su reciente visita a Madrid al indio aymara Evo Morales, recién elegido presidente de Bolivia, le han "como que perdonado la vida" desde los medios políticos, económicos y mediáticos.

Con su mayoría absoluta bajo el brazo e indígena como la gran mayoría de la población boliviana indígena/mestiza (sojuzgada), debería representar la culminación en la práctica de esa ideología de la democracia y los derechos humanos en cuya acérrima defensa Occidente se considera con derecho a practicar su "injerencia humanitaria" allá donde considere pisoteados esos sagrados principios "universales".

Pero resulta que no. Resulta que la Q de oro a la calidad democrática no se la dan todavía. No les gusta su jersey, Rajoy le da la espalda, se repite una y otra vez que "habrá que esperar", la patronal le expresa sus exigencias, se da a entender que "quizá no tenga equipo de gobierno a la altura", que ese contacto con Castro y Chávez muestra un peligroso tinte caudillista... La mayoría de los comentarios rezuma racismo, paternalismo y, más grave aún, oculta la hipócrita y cínica aceptación del derecho occidental de pernada, es decir, de saquear los recursos ajenos para defender el propio nivel de consumo (que no de vida), con el cuento de defender los derechos de los demás. Por lo menos, Condolezza Rice lo expresó con claridad: "Las relaciones con nosotros" (con el gobierno yanki) "dependerán de su comportamiento en el poder" (léase de las decisiones económicas que adopte el nuevo gobierno boliviano). Una auténtica declaración de guerra: o funcionáis conforme a los intereses de nuestras transnacionales, u os aplicamos nuestro derecho a la injerencia, justificado por esa ideología de la democracia y los derechos humanos puesta en marcha tras la guerra de Vietnam y que se completó con la guerra de Kosovo, con la aquiescencia total de la supuesta izquierda.

No importa que las intenciones proclamadas (liberación de pueblos sometidos a dictadores, propagación de la democracia...) respondan realmente a objetivos bastante menos nobles, como el control del petróleo o el mantenimiento de la hegemonía geopolítica. No importa que tengamos ejemplos hasta aburrir que demuestran que esos principios abstractos y de tintes incluso mesiánicos nunca se transcriben en aplicaciones concretas económicas, sociales y políticas que lleven mejoras reales a los pueblos, sino todo lo contrario, como han demostrado los últimos decenios de neoliberalismo. Tampoco importa que resulten terriblemente mortíferos los efectos colaterales (pensemos en el genocidio irakí) causados en la consecución de esos objetivos supuestamente altruistas. Entre intelectuales, enseñantes, políticos y periodistas occidentales están tan bien engrasados los mecanismos ideológicos del "imperialismo humanitario"; está tan engarzada la racista idea de que tenemos el derecho y el deber de "ayudarles", es decir, de injerirnos en sus asuntos internos "por su bien"; está tan asumida la teoría de los dos demonios y la convicción de que existe una universal lucha entre el Bien y el Mal... está el pensamiento de izquierdas tan anestesiado que hasta la guerra preventiva y el apoyo a ciertos golpes de Estado (como el dado contra Chávez) parecen justificados, aunque se salten a la torera la soberanía nacional y el derecho internacional.

Nadie parece tampoco escandalizarse ante esa marea de datos que, como muy bien demuestra Jean Bricmont en su libro "Impérialisme humanitaire", contradicen históricamente esa "bondad’ del intervencionismo occidental en base a la que se justifican (incluso con buena conciencia) políticas totalmente criminales. La comparación entre los líderes "suyos" (siempre sospechosos de algo como Evo Morales) y los líderes impuestos y amparados por Occidente (a los que nunca se piden cuentas) no ofrece sin embargo dudas: Arbenz frente a los dictadores guatmaltecos; Sukarno frente a Suharto; Lumumba frente a Mobutu; Mossadegh frente al Shah; Castro frente a Batista; Allende frente a Pinochet; el sandinismo frente a Somoza; Chávez frente a los golpistas venezolanos... Es dificil de creer que la situación en los países del Tercer Mundo no sería mejor si se les hubiera dejado seguir sus propias vias de desarrollo en lugar de haberlos tenido perpetuamente sometidos a la injerencia imperialista. No hay más que comparar los datos en salud pública y educación entre experiencias comunistas como la cubana o la china y experiencias "democráticas y capitalistas" como la haitiana o la india para pensar el ahorro en muertes que causaría su aplicación en el resto de países del tercer mundo.

Ahora, en base a esa extendida ideología de la injerencia humanitaria que tan aprisionado y empobrecido tiene el debate intelectual en Occidente (¡ya no se puede ni tan siquiere hablar de violencia revolucionaria!), los países ricos ven justificado el seguimiento estrecho de los movimientos del nuevo gobierno boliviano y, por supuesto, su apoyo (tanto oculto como abierto) al reagrupamiento y fortalecimiento de las clases oligárquicas bolivianas para impedir que el gran triunfo electoral del pueblo sometido vaya fructificando y se vaya cristalizando en correlaciones de fuerza más favorables al avance y asentamiento de los intereses de las clases populares que, por necesidad histórica, no pueden a la postre ser sino revolucionarios.

Jean Bricmont nos lo expresa con claridad: la izquierda occidental, al satanizar al otro, al árabe, al ruso, al chino, al indio... en nombre de la democracia y los derechos humanos, está haciendo el juego al imperialismo, y es por tanto responsable del mismo. En Euskal Herria también somos responsables, como dejamos muy claro al seguir votando a un PNV que había apoyado claramente el putsch contra Chávez. Evo Morales declaró en Caracas que habían llegado nuevos tiempos para América Latina y que el siglo XXI era el del fin del neoliberalismo y el imperialismo. Nosotros, desde Euskal Herria, en cuanto que pueblo indígena y mestizo machacado también por sus clases oligárquicas (se autoproclamen éstas nacionalistas vascas o españolas o francesas) no podemos en estos momentos sino retomar la bandera del auténtico internacionalismo (alejado, por cierto, de ese sospechoso conglomerado que conforman las ONGs).

Como mestiza de vasca y austríaco que soy, e internacionalista que intento ser, vaya desde aquí mi cálido abrazo solidario a Evo Morales y al pueblo boliviano. ¡Que vivan la Pachamama y el Ché que fue quien, antes de su asesinato en la selva boliviana, anticipó que Bolivia era uno de los eslabones más débiles de la cadena imperialista en América del Sur.

Hala bedi; es decir, en nuestra lengua vasca, "que así sea".

 

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