La “hiperpolítica” del presente

1. La “hiperpolítica” −el término introducido originalmente por Peter Sloterdijk (véase: En el mismo barco, Ediciones Siruela, 1994, página 104)− en una reelaboración de Anton Jäger, profesor de teoría política en la Universidad de Oxford, sirve para describir un particular clima de nuestra época caracterizada por una politización extrema sin consecuencias políticas reales. Por la vida pública saturada de protesta y el sentimiento abrumador de una “urgencia moral” donde todo se ha vuelto “político”, pero donde nuestra capacidad de actuar colectivamente no hizo más que debilitarse. Y donde los ciudadanos parecen estar debatiendo sin cesar, pero cuya energía no se traduce en cambios estructurales reales, produciendo una politización permanente con una profunda sensación de impotencia.
2. Partiendo de una deconstrucción de las ilusiones neoliberales del “fin de la historia”, Jäger, en un corto librito de aparición reciente, Hiperpolítica (Verso, 2026, página 128), disecciona cómo las sociedades occidentales −el tema principal de su estudio− pasaron de un falso triunfalismo que produjo la desmovilización de la “postpolítica” a una época de una “indignación interminable” y constantes “guerras culturales” performativas en las que las causas en un entorno de una atomización digital a menudo surgen y desaparecen de la noche a la mañana.
3. Si bien pareció que a partir de la crisis financiera de 2008, la cesura a la que el autor apunta como los inicios de nuestra nueva era, la política “regresó con la venganza” −no sólo en Europa o en EEUU, sino también, por ejemplo, en los países árabes (la “Primavera”)−, pronto acabamos en la esterilidad de la “hiperpolítica”, el insoportable “estado de ánimo de la política contemporánea” marcado por la “excitación incesante y descoordinada” y olas de movilizaciones intensas pero efímeras (Chalecos Amarillos, Black Lives Matter, etcétera) que formulan demandas y forman nuevas identidades, pero por el aislamiento creciente y el compromiso laxo fallan en alcanzar sus objetivos.
4. Las razones por las que hoy en día la política cobra estas formas están, según Jäger, en un peculiar desarrollo de la vida democrática occidental reciente: el divorcio entre los crecientes niveles de la politización y los decrecientes niveles de la institucionalización. El desarrollo que tomó una peculiar forma de “tijera”: por un lado, la repentina politización de todo lo existente y, por otro, la descomposición y el vaciamiento de los partidos políticos tradicionales, una tendencia especialmente perjudicial para la izquierda.
5. Ante este desbordamiento en el que la derecha parece prosperar mucho mejor y ha sido más capaz de avanzar, muchos analistas −como bien recuerda Jäger− han recurrido a una analogía histórica fácil: “el retorno a la década de los 30”, los días más oscuros de nuestra historia política occidental, comparando tanto la extrema derecha europea, como por ejemplo a Trump y a la MAGA, con el fascismo de entreguerras.
6. Si bien, como subraya este autor, “esto puede parecer comprensible” −el avance de la extrema derecha en los últimos años en efecto ha sido impresionante electora, cultural y políticamente−, esta analogía pasa por alto la mencionada diferencia estructural fundamental. La politización está en aumento, pero a diferencia del periodo de entreguerras, las sociedades contemporáneas experimentan una erosión continua de sus estructuras organizativas: sindicatos, partidos políticos, asociaciones e incluso instituciones religiosas, una tendencia heredada de las décadas “postpolíticas” y un “cruce” que simplemente no tiene un paralelo histórico claro.
7. De allí la analogía entre las fuerzas contemporáneas, como por ejemplo el trumpismo y el fascismo/nazismo del siglo XX, más que iluminar, resulta “inútil” en comprender el auge y el anatomía de las primeras. Y el mismo concepto de la “hiperpolítica”, al apuntar a lo nuevo e inédito de la coyuntura actual −tal como lo enfatiza el propio Jäger−, pretende evidenciar justamente lo fútil de la idea de que podamos comparar fácilmente el periodo de hoy con el de entreguerras: “no vivimos en un ‘nuevo Weimar’, ni en una ‘nueva década de los 30’, sino en un periodo sin precedentes reales”.
8. Lo que igualmente ignora esta analogía es que −como bien apuntan algunos estudiosos como Dylan Riley− el fascismo, contrario al cuento arendtiano, ha sido el producto de una sociedad civil vigorosa y de una densa red de asociaciones políticas, todo lo contrario de lo que tenemos hoy, y si bien se puede argumentar que en EEUU hubo recientemente un intento de utilizar a ICE como una plataforma de lanzamiento para un nuevo “autoritarismo cívico”, como bien apunta Jäger, estos afanes encontraron resistencias tanto externas como problemas estructurales internos en forma del propio vacío institucional y partidista.
9. Aunque del mismo modo que la política regresó de vuelta, pareció también que lo que irrumpió de nuevo e incluso “aceleró” por fin fue la historia; pronto acabamos atrapados en un denso “eterno presente” con la democracia amenazada no por el auge de un nuevo Estado totalitario, sino por el desmantelamiento de los vestigios de sus marcos institucionales voluntarios, atrapada en un limbo y desprovista de cualquier visión del futuro (t.ly/Jn0YU).
10. Así, las bien proliferadas analogías moralizantes con el “fascismo” son justamente productos de este estado de ánimo emocional y exaltado sin ningunas consecuencias políticas. Uno que fomenta el “presentismo” y, en busca de falsos puntos de apoyo, genera sin cesar las maquetas hiperreales del pasado (el “nuevo Weimar” etcétera) haciendo creer a los ciudadanos que están reviviendo el pasado conocido, mientras enfrentan las realidades nuevas que apenas están siendo nombradas y conceptualizadas.
@MaciekWizz







