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23/07/2021 :: Mundo, Pensamiento

La rebelión en los Andes viene a nuestro encuentro

x Daniel Campione
En estos días en que Perú vive días de esperanza a su vez cargada de incertidumbres, puede resultar muy apropiado leer (o releer) alguno de los libros de Manuel Scorza

Cantar de Agapito Robles es una novela acerca de una insurrección cuyas chispas no se apagan. Adoptan nuevas formas y se expanden una y otra vez por el Perú. Una historia de siglos que se extiende al presente. 'Cantar de Agapito Robles'. Manuel Scorza. Buenos Aires. De la Campana. 224 páginas.

Scorza fue un gran escritor que puede encuadrarse en el “realismo mágico” y cuyo renombre ha quedado un poco oscurecido en relación con las figuras más celebradas del boom  literario latinoamericano.

La afinidad de la obra de Scorza con la actual coyuntura peruana echa raíces en la ubicación geográfica, social y étnica de sus tramas. Hombre de la costa, limeño, el novelista escribió acerca de los campesinos indígenas de las regiones serranas y sobre sus luchas. Tomó ese camino literario a partir de una misión periodística en los Andes Centrales. Allí asistió a levantamientos inscriptos en un conflicto por tierras. Enfrentaban a una multinacional de la minería, Cerro de Pasco Corporation. El escritor prolongó allí su estadía y a partir de los varios meses que pasó en la zona se definió para siempre su rumbo literario.

Manuel Scorza en los Andes Centrales.

A lo largo de la década de 1970 hiló ficciones centradas en las rebeliones agrarias, por las que desfilaban los tipos humanos y los grupos sociales característicos de la región. Se conformó un ciclo de cinco novelas, a veces denominado “la guerra silenciosa”: La primera fue Redoble por Rancas (1970), en la que el autor manifiesta su inclinación por fusionar mitos indígenas, con su paarticular modo de entender la vida y la naturaleza, con el transcurso de los conflictos sociales. Le siguen Historia de Garabombo el Invisible (1972), El jinete insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La tumba del relámpago (1979).

 Scorza no se limita al ámbito de las mujeres y varones que transitan sus páginas, sino que le presta animación a una naturaleza en la que las plantas y sobre todo los animales cobran a veces protagonismo. Entre el territorio intrincado y un pueblo sufrido, ocurren hechos que parecieran extraños, pero se tornan verosímiles a la luz de tradiciones inmemoriales.

Más allá de sus toques más o menos fantásticos, el conflicto social, político y cultural habita el eje de todos los relatos. Se cuenta una confrontación entre campesinos indígenas y terratenientes, que lleva siglos de un transcurrir por injusticias y desigualdades flagrantes [siguiendo el camino abierto por el maestro José María Arguedas]. Situación que se hace más compleja y a la vez empeora cuando aparece la gran corporación de origen extranjero, ávida de tierras para explotar e incrementar sus ganancias. Se ha ampliado el enemigo y el poderío que puede desplegar. Lo que no implica que los productores rurales cejen en su lucha por el terruño ancestral y convoquen todas las fuerzas que su presente y su historia les permiten reunir.

Cantar de Agapito Robles se ajusta en todo a las características del ciclo. El personaje principal es un delegado campesino que sufre tormentos y humillaciones, incluidos los procesos judiciales, la cárcel y la calumnia. Luego de su salida de la prisión debe vivir un tiempo aislado y postergado, cercado por la conjunción opresora de grandes propietarios con los políticos y jueces a su servicio.

Desfilan por la narración personajes atractivos, con sus toques de misterio y comportamientos que desafían y amplían los límites de lo posible. Una mujer, Maca Albornoz, criada como varón, regresa a su condición original convertida en un torrente de sensualidad que encanta a los hombres, incluidos buena parte de los poderosos del pueblo, que quedan prisioneros de su influjo.

También nos encontramos con Doña Añada, vieja ciega que habla con plantas y animales. Perseguida, menospreciada por su “locura”, y hundida en la miseria, es protegida por la comunidad campesina, que le provee el sustento. La anciana teje ponchos dotados de especiales cualidades, en los que incluso entreteje paisajes que nunca ha visto.

El momento culminante de la obra se desencadena cuando Agapito vuelve a ocupar su lugar de delegado comunal y regresa a la disputa por el solar de la comunidad. No lo hace solo, sino montado en su caballo favorito, de muy peculiares cualidades. Y ataviado con uno de los ponchos de Doña Añada. Los comuneros lo siguen. Ya no confían en una restitución judicial de sus tierras, han decidido tomarlas ellos mismos. Y no pedirán permiso… “El sofoco se hizo intolerable: nos obligó a salir. ¡Entonces vimos! ¡Un zigzag de colores avanzaba incendiando el mundo!” Estas frases del autor ejemplifican bien su lenguaje de rasgos poéticos. Una y otra vez esa escritura se articula con el combate reivindicatorio de los sublevados.

El entretejido de Scorza con los asuntos de la Sierra y sus habitantes no se circunscribió a un itinerario intelectual. Fue secretario del Movimiento Comunal del Perú, agrupación dedicada a la recuperación de las tierras usurpadas. Se lo acusó en su momento de “atacar la seguridad del Estado”. Y tuvo que seguir más de una vez el camino del exilio. Las novelas dedicadas a las epopeyas serranas aparecieron con posterioridad al ejercicio de su rol como dirigente social. Comenzó a escribirlas en París y desde allí fue encumbrado por la crítica como una de las grandes figuras de la nueva narrativa latinoamericana. Murió en un accidente [de aviación, cuando un piloto borracho estrelló el avión de Avianca cerca de Madrid. En la caja negra se escucha que el indicador de altura demasiado baja pitaba y el piloto le decía "calla, gringo"], con sólo 55 años.

Como escribimos al comienzo, en estas horas en que un campesino, indígena, “rondero” y maestro de la Sierra peruana se apresta a ocupar la presidencia del Perú, la gesta de Agapito nos invita a recorrer sus páginas luminosas.

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