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EE.UU. :: 13/10/2005

Las lecciones del Katrina para la clase trabajadora

Manuel Otero
Ahí está escrito el libreto de cómo la burguesía va a reaccionar a cualquier reto a su dominio de clase, como una huelga debilitante, una protesta masiva, o una resistencia organizada a sus desmanes.

Bush y su comparsa reaccionaria quisieran que las noticias de Katrina desaparecieran ya de la prensa. Desde el punto de vista de la clase obrera, sin embargo, no se trata tanto de un problema de incompetencia de un presidente incapacitado para dirigir, sino de una clase que hace rato que abandonó cualquier pretensión de gobernar con el bien común en mente. La burguesía norteamericana es una clase en plena en descomposición. Como toda clase dominante que se degenera, sólo es capaz de gobernar para sus propios y estrechos intereses. Cuando se llega a ese punto, sólo opera el más despreciable egoísmo de clase. En Nueva Orleáns esa burguesía, con su vileza, nos da una lección sobre la visión del mundo que quiere imponernos.

Un amigo boricua empleado en un hotel de clase alta en Nueva Orleáns -quien me pide que no lo identifique- me cuenta que, según se aproximaba el huracán, la gerencia del hotel hizo transportar en limosina a todos sus huéspedes al aeropuerto. A los empleados los obligó a quedarse para que protegieran la propiedad. Después de la catástrofe, esa comunidad incidental contaba con generadores de electricidad, con suficiente combustible para varios meses, neveras llenas de comida de primera calidad, reservas inmensas de agua potable, y techos y camas limpias para todos.

Me cuenta el amigo que desde afuera, la gente hambrienta y sedienta exigía comida y agua, las familias con bebés y con niños exigían refugio, pero la gerencia se negó a abrir las puertas. Desde ese momento, me dice, fue a tiro limpio contra el hotel. Él ahora está en Texas, pero me dice que todos tuvieron que ser evacuados bajo fuego con la protección de la Guardia Nacional fuertemente armada. La lección es que las p
olíticas de la podrida burguesía que dirige a Estados Unidos va a llegar a crear las condiciones de una confrontación armada entre las masas y el Estado -¿cómo es que se le llama a eso?- una insurrección.

Si hay dudas, esto es lo que dicen los que dirigen la ocupación militar de lo que era Nueva Orleáns. "Es una pequeña Somalia", le dijo el General de Brigada Garry Jones, Comandante del Joint Task Force de la Guardia Nacional de Luisiana al Army Times. "Vamos a ir y vamos a recobrar la ciudad. Estamos tratando este asunto como una operación militar, necesaria para retomar el control de la ciudad’. Como si estuviera hablando de Bagdad, el escritor del Army Times añade: "Mientras unos combaten la insurrección en la ciudad, otro atienden las operaciones de rescate y evacuación".

Los abusos de la una clase gobernante que abandona el interés común provocan situaciones en las que cada vez más personas sienten que "no tienen nada más que perder, excepto sus cadenas". Nueva Orleáns nos llena de rabia, y eso es natural. Pero también nos debe enfocar en la lección de que la burguesía siempre crea sus propios sepultureros, y sus abusos no van a perdurar para siempre. Las primeras manifestaciones de rebeldía nunca son bonitas, y la prensa oficial -siempre al servicio de la burguesía- va a resaltar con sensacionalismo el componente criminal dentro de la erupción rebelde. Pero están asustados. Han destapado una olla de grillos y ahora la pueden cerrar solamente con violencia extrema.

Naturalmente, toda acción potencialmente liberadora de las masas va a encontrar una reacción más fuerte del aparato de represión. La insurrección de Nueva Orleáns se ha desenvuelto ante nuestros ojos como una operación militar que nos descubre los planes que tiene instalados la burguesía en caso de que pierdan el control social y político. Ese descontrol puede ser ocasionado por un acto terrorista de gran envergadura, o por una catástrofe natural. Pero ahí está escrito también el libreto de cómo la burguesía va a reaccionar a cualquier reto a su dominio de clase, como una huelga debilitante, una protesta masiva, o una resistencia organizada a sus desmanes.

Esta operación militar, sobre una población pobre y mayormente afroamericana, contiene unos elementos espeluznantes. El primer paso fue acordonar la ciudad para que no entrara ni saliera nadie, ni la prensa ni la Cruz Roja ni nadie, mientras los militares tomaban control de toda la infraestructura, privada o pública, incluyendo las comunicaciones. El segundo paso fue una operación de rastreo, fuertemente armada, casa por casa, y el acorralamiento de toda la población civil. El tercer paso fue transportar esa población civil a puntos determinados solamente por el comando militar. Las personas se enteraban a dónde los llevaban sólo cuando ya estaban de camino, y no se les permitía comunicación con otras personas fuera del grupo transportado.

Pasaron los días, y los cadáveres permanecían en las calles, pudriéndose en el calor infernal, comidos por animales hambrientos, ya que nadie se ocupó de ellos mientras se efectuaba la evacuación forzada de la ciudad. Hoy, Nueva Orleáns es una ciudad militar.

¿Qué será mañana? Difícilmente será lo que era antes. No van a querer que una población con memorias y experiencias de abusos y rebeldías se reagrupe. Con el control militar de la situación, con la población nativa dispersa y desamparada, la burguesía tratará de recrear la antigua ciudad a su imagen y semejanza.

Artículo tomado del periódico obrero puertorriqueño Aballarde Rojo. Refundación Comunista de Puerto Rico

 

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