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10/08/2019 :: Venezuela

Radiografía sentimental del chavismo (XIX): Marchar, marcharse

x Reinaldo Iturriza
Todavía hoy, algunas movilizaciones chavistas semejan ríos desbordados: flujos humanos con una energía tan grande que es imposible encauzarlos

Una fuerza bulliciosa, entusiasta y multicolor que pareciera concebida para no dejar de fluir, más allá de sus nacientes, afluentes y destinos. Poco importa el océano donde van a desembocar.

En las manifestaciones más bien modestas, el panorama puede ser muy distinto: con frecuencia, el flujo popular se tropieza, sin poder arroparlos, con algunos puntos de concentración donde reposan gentes muy bien uniformadas, casi siempre vestidas de impecable rojo, provenientes de alguna institución pública. Son gentes que ven pasar la movilización, pero que no expresan ninguna intención de mezclarse con ella. Con frecuencia puede notarse incluso el distinto origen de clase: por regla general, los que avanzan pertenecen a las clases populares, mientras que el estamento funcionarial permanece estático y silente.

La mayor presencia de unos y otros permite establecer cuándo se trata de movilizaciones extraordinarias o de rutina: en las primeras, el funcionariado está presente, por supuesto, pero se ve arrastrado por la fuerza popular, y es muy difícil distinguirlo; en las segundas, en cambio, su presencia es más visible, y eventualmente logra imponer su ritmo pausado, como de río bañado por una leve llovizna que no moja y tampoco empapa, que transcurre como si no tuviera ambición de alcanzar océano alguno. Como un flujo ambivalente, que está y no está al mismo tiempo, o que marcha sin querer marchar.

Están también los que ya quisieran marchar, pero por distintas razones no alcanzan a hacerlo, y están los que se marchan del país, aunque quisieran permanecer en él, y seguir formando parte del rio desbordado que puede llegar a ser el chavismo en la calle.

Que aún a estas alturas haya que precisar que muchos de los millones que han decidido marcharse del país se identifican con el chavismo, habla de lo difícil que nos resulta lidiar con un tema por demás sensible, porque involucra los afectos y pone a prueba nuestras convicciones más profundas.

Estoy convencido de que, en las actuales circunstancias, lo que corresponde es permanecer en el país y luchar por él. Pero mi convicción personalísima no tiene por qué ser la convicción de nadie más, ni considero que nadie está traicionando nada por marcharse. Hace mucho tiempo que no comulgo con éticas impuestas, y no tengo intenciones de comenzar a hacerlo a partir de este momento.

Estoy igualmente convencido, porque hay sobradas pruebas de ello, de que el grueso de quienes se marchan son migrantes económicos. Olvidémonos por un momento del discurso de la maquinaria propagandística imperial, el mismo que repite el antichavismo, y sus engañosas cifras sobre refugiados y asilados. La migración económica es un hecho incontrovertible, y la causa principal es la guerra híbrida que pesa contra Venezuela. Es en este último punto en el que hay que hacer énfasis, en lugar de perder el tiempo con discursos salpicados de moralina, que ve traidores o enemigos donde realmente hay bajas de una confrontación bélica de nuevo tipo.

Es también un hecho indiscutible que una de las consecuencias de la guerra híbrida es la destrucción parcial de la economía nacional. De hecho, el objetivo central de los enemigos de la República es minar las bases del Estado-Nación, hacerlo inviable, y por eso emplean tanta energía en estimular la corrupción dentro de los estamentos funcionarial y militar.

A propósito de esto último, recuerdo el relato de un amigo que fue retenido injustamente en una alcabala policial, en la Circunvalación Norte de Barquisimeto. No le permitían continuar su camino hasta tanto no pagara al funcionario corrupto. En algún momento logró entablar conversación aparte con una policía, quien reconoció, avergonzada, que se estaba cometiendo un atropello, y le manifestó que no estaba de acuerdo. Le contó que aquello sucedía con tanta frecuencia que se sentía desalentada, frustrada, y que solo pensaba en irse del país con su familia.

A todo lo anterior habrá que sumarle los errores gubernamentales en materia de política económica. En tales circunstancias, ¿cómo no iba a producirse un fenómeno masivo de migración económica?

Insisto, cosa muy distinta es la versión de los hechos que intenta imponer la maquinaria propagandística antinacional: tanto sus agentes como el antichavista promedio se sienten a sus anchas retratando un país infernal puesto que la Venezuela en revolución siempre les pareció un infierno, no importa si a partir de 2004, una vez superados los gravísimos daños causados por el paro-sabotaje petrolero de 2002, el pueblo venezolano vivió la mejor década de su historia.

La autodenigración los define: solo en Venezuela pueden ocurrir las peores cosas. La revolución bolivariana es la más clara demostración de ello. Al pueblo bolivariano lo desprecian, tanto como al país en el que puede ser protagonista. Añoran solo el país donde eran amos y señores o aspirantes a serlo, y en el que las grandes mayorías nacionales permanecían aletargadas y al margen. Ahora que la guerra híbrida hace estragos en las clases populares, actúan como si el tiempo les hubiera dado la razón.

La lógica es más o menos como sigue: si usted es chavista, ahora pague las consecuencias. Si lo fue, es culpable de haberlo sido. Venezuela es un infierno tal que hasta los chavistas o quienes lo fueron huyen del país. Si usted es o fue chavista, no tiene derecho a escapar. Solo al infierno.

Pero está claro que una cosa es decidir marcharse y otra muy distinta huir o escaparse. Tan cierto como que Venezuela no es un infierno, ni el chavista es culpable de nada, incluso cuando debe marcharse, por la razón que sea.

Si al caso vamos, también hay quienes deciden permanecer en el país que desprecian, y los hay incluso quienes asisten a movilizaciones chavistas, pero sin intenciones de mezclarse con el pueblo. Su alma habita en otra parte. De igual forma, fuera del país hay gente de pueblo por cuyas venas fluye un torrente que puede que desemboque en mares que no son los de la patria, pero que hacen parte del mismo río indomable de quienes luchamos por ella, sea desde el lugar que sea.

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