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18/01/2016 :: Argentina, Pensamiento, Mundo

Soltar lastres y preparar la resistencia

x Jorge Falcone
Contra algunos mitos aceptados acríticamente por buena parte del campo popular

Quienes tuvimos oportunidad de aportar in situ nuestro granito de arena a la incipiente Revolución Bolivariana manteniendo un espíritu crítico respecto al modelo neo desarrollista que simultáneamente despuntaba en la Argentina, fuimos testigos de cómo se iba instalando un relato continental de mutua conveniencia (en Venezuela para evitar el aislamiento y en nuestro país para barnizar de progresismo el proceso de acumulación por desposesión en curso) tendiente a igualar los propósitos de fenómenos políticos claramente diferentes. En efecto, así como en la Patria de Bolívar germinaba un verdadero poder popular crecido desde las bases insurrectas durante el Caracazo – y en Bolivia las mayorías indias y mestizas protagonizaban un ascenso semejante al cabo de siglos de humillación y castigo -, aquí el sistema colapsaba asediado por un nuevo y brioso movimiento social que no tardó en ser asimilado por un reciclaje institucional destinado a restaurar la gobernabilidad arrebatando muchas de sus banderas para neutralizar aquel potencial subversivo. Hoy la perspectiva histórica permite objetivar que si en los últimos años se vivió un auge de conquistas populares en la región, la proa de dicha nave fue indudablemente ese patriota visionario llamado Hugo Rafael Chávez Frías, acaso el estadista que más bregó por el todo trascendiendo su parte, infrecuente cualidad que cada vez torna más verosímil la posibilidad de su eliminación por parte del Imperio.

Contra el mito del desarrollo

“El desarrollo es un barco con más náufragos que tripulantes”
Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”

Curiosamente, pese a los litros de tinta vertidos al respecto por los más lúcidos y escarmentados analistas del mundo periférico, una nueva generación de jóvenes argentinos enamorados de la política durante la última década quedó atrapada en las redes de un discurso que llegó a la histórica disyuntiva de nuestro primer ballotage presidencial afrontando falazmente la confrontación entre dos modelos supuestamente contrapuestos, cuya opción “más popular” enarboló desembozadamente la alternativa del “desarrollo” como bandera del cambio necesario: Sólo la aniquilación de una conciencia crítica acumulada durante años de lucha, perpetrada por los genocidas y resignada por adultos renegados de las grandes utopías humanas explica que no haya podido evitarse tamaña estafa. Nunca está de más recordar que, mientras los neoliberales y keynesianos centran sus análisis en temas unilaterales o concretos, el pensamiento crítico asume que hay estructuras internacionales que llevan a la desigualdad social. Como se sabe, según la Teoría de la Dependencia existe un norte o centro que acumula riquezas e innova en tecnología pero a costa de explotar al sur o periferia que carece de tales posibilidades por imposición de los países ricos, perpetuando así un desarrollo asimétrico. La filosofía desarrollista se sustenta pues en la ilusión de un progreso ilimitado basado en la explotación suicida de los recursos naturales. Cabe pues a los pueblos echar mano a su inventiva para ensayar vías diferentes a la del capitalismo. Dichos postulados constituyen la principal crítica a la Globalización Imperial.

Contra el mito de un Estado garante del empoderamiento popular

Las primeras organizaciones sociales co protagonistas del “Argentinazo” de 2001 que sucumbieron al espejismo de una “segunda oportunidad histórica para la Generación del 70” se dejaron cooptar bajo el justificativo de que a partir de 2003 había un “Estado en disputa” y proponiéndose jugar el rol de una izquierda dispuesta a radicalizar las propuestas del gobierno en ciernes. Visto que alguna vez hicieron gala de su poder de movilización bajo la denominación de Unidos y Organizados, y considerando la pobreza política franciscana expresada por la disyuntiva terminal Scioli o Macri, tenemos derecho a pensar que no pusieron demasiado énfasis en su objetivo original… o resolvieron cortar camino hacia un bienestar individual dedicándose a forrarse para cuando volviese el tiempo de las vacas flacas. Hoy más que nunca cobra vigencia entonces la sentencia de Evita cuando afirmaba que “sólo el pueblo salvará al pueblo”, idea que obliga a revisar profundamente ese lugar común entre numerosas fuerzas del campo popular propensas a sufrir cierto complejo de inferioridad cuando no cuentan con sustantivas porciones de poder institucional en los estamentos del Estado, toda vez que sobran experiencias exitosas de autogobierno popular – comisiones internas independientes de las burocracias sindicales o empresas gestionadas por sus trabajadores – capaces de demostrar que el mentado poder no depende exclusivamente de hacerse con las herramientas creadas por el propio sistema a fin de perpetuarse.

Contra el mito de que el bienestar de una sociedad depende del consumo

“Qué consumo queremos es una gran pregunta, y creo que podemos decir a la gente: miren, no estamos en contra del consumo, estamos a favor del buen consumo: comida limpia, sana y buena en lugar de comida chatarra, menos tiempo de transporte, mayor proximidad del trabajo a la residencia, rediseño urbano”
David Harvey, http://lahaine.org/eV5w

La posmodernidad ha generado un espacio complejo en el devenir de la existencia humana, básicamente por la desmedida valoración del consumo, acarreando con ello insatisfacción en términos políticos, sociales y filosóficos, lo que ha conducido a una puesta en cuestión de la búsqueda del bienestar y la felicidad. Ambos términos representan una condición indudablemente positiva y deseada por la humanidad. El mundo globalizado ha tenido como estandarte del bienestar de las naciones un parámetro macroeconómico conocido como Producto Bruto Interno (PBI), el cual cada vez resulta más obsoleto, dando paso a nuevos paradigmas, en mayor armonía con el planeta, como el estatuto del Buen Vivir de los pueblos andinos.

En Argentina, durante la llamada “Década ganada” se ha repetido hasta el cansancio que el “círculo virtuoso” de la producción y el consumo garantiza el bienestar social… sin embargo el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz – alguna vez referente de la dirigencia que sostuvo el postulado en cuestión – afirma que “El Producto Bruto Interno (PBI) sólo compensa a los gobiernos que aumentan la producción material. […] No mide adecuadamente los cambios que afectan al bienestar, ni permite comparar correctamente el bienestar de diferentes países […] no toma en cuenta la degradación del medio ambiente ni la desaparición de los recursos naturales a la hora de cuantificar el crecimiento. […] esto se verifica particularmente en Estados Unidos, donde el PBI ha aumentado más, pero en realidad gran número de personas no tienen la impresión de vivir mejor ya que sufren la constante caída de sus ingresos”.

Contra el mito de la unidad del peronismo

En un país signado desde hace 70 años por el fenómeno político-social que emergió a la vida pública el 17 de octubre de 1945 proporcionando una identidad al movimiento obrero organizado, cuyas dos últimas incursiones en el gobierno – una de corte neo liberal y otra neo desarrollista – parecen constituir las excrecencias y estertores de aquel potencial subversivo original, una visión en perspectiva parecería indicar que, cualesquiera que vayan a ser sus posibles reciclajes de ahora en más, el ciclo histórico de su mayor capacidad de producir transformaciones profundas se ha cumplido, y sólo cabría esperar la confluencia de su más cara tradición plebeya de lucha en la nueva alternativa que en adelante sean capaces de forjar los trabajadores y el pueblo en general. De constatarse tal hipótesis, la trajinada unidad del peronismo (alguna vez compuesto por su tronco ortodoxo, el liberal-socialdemócrata, y el combativo… blanco de las más salvajes represalias desde adentro y de afuera) terminará reduciéndose a la utopía corporativa y reaccionaria de una burocracia política y gremial acostumbrada – como el resto de nuestra clase dirigente – a vivir de rentas a expensas del Estado. Constituye pues una responsabilidad indelegable de las mejores experiencias del campo popular canalizar generosamente el desencanto de multitud de jóvenes que durante los últimos años aspiraron genuinamente a protagonizar un cambio social de fondo, para que dicho caudal no sucumba a los pies de una dirigencia ajena a toda capacidad de autocrítica que, disfrazada de progresista, ya viene urdiendo la nueva encerrona conducente a bregar por el “retorno triunfal” de un modelo a todas luces fracasado: En todo caso, deberán afrontar su responsabilidad ante la historia quienes en las actuales circunstancias sacrifiquen a su militancia tras el espejismo neo desarrollista.

Contra el mito de la humanización del capital

“La furia de la acumulación capitalista ha alcanzado los niveles más altos de su historia. Prácticamente el 1% de la población rica mundial controla cerca del 90% de toda la riqueza. 85 opulentos, según la seria ONG Oxfam Intermón, tenían en 2014 el mismo dinero que 3,5 mil millones de pobres en el mundo. El grado de irracionalidad y también de inhumanidad hablan por sí mismos. Vivimos tiempos de barbarie explícita”.
Leonardo Boff

Otro lugar común en que ha incurrido la dirigencia que rigiera el destino nacional durante los últimos años – no por ridículo indigno de revisión – ha sido el de pretender ejercer un “capitalismo en serio”… cómo si dicho sistema probadamente predador de nuestra especie y su hábitat guardara desde su origen alguna fórmula inaplicada aún y capaz de conducir al bienestar general de la sociedad. La quimera del Comercio Justo como vía para poner fin a la expoliación de los pueblos del mundo periférico tampoco resiste un análisis riguroso. No sólo porque los grandes flujos del comercio internacional continuarían dominados por las grandes empresas transnacionales sino también porque el intercambio desigual entre países tiene una base objetiva que no puede ser modificada con voluntarismo. En realidad es el mismo proceso el que se da entre países que el que ocurre dentro de un país: las ramas y empresas de mayor concentración de capital establecen un intercambio desigual, “injusto”, con los sectores y empresas menos monopolizados, menos concentrados, donde la inversión en mano de obra es comparativamente mucho mayor. Una parte fundamental del excedente generado en estos sectores va a parar a las ramas y empresas con el capital altamente concentrado. Bajo la producción mercantil capitalista no podemos esperar otro resultado. No por repetido resulta ocioso señalar que es este mismo proceso de intercambio desigual el que ocurre entre los países imperialistas del centro y los países dominados de la periferia. Es esta diferencia entre sus estructuras económicas la que provoca la dependencia y el intercambio desigual. Y mientras exista el imperialismo así continuará siendo.

Las fórmulas para “ennoblecer” el sistema y poner fin a sus abusos parecen intentos de oscurecer el océano arrojando un tintero. En la base de su utopismo se encuentra una importante confusión: la de pensar que se puede separar artificialmente el modo de producción y el modo de distribución capitalistas, que puede haber una mejor distribución de la riqueza reformando el capitalismo, es decir, manteniendo su modo de producción, ya que el modo de distribución es consecuencia del modo de producción y que no hay manera alguna de establecer un modo de distribución justo sin suprimir el modo de producción capitalista, lo que nos lleva de lleno al problema del poder político, sin cuya gestación no habrá transformación social.

Durante la transición democrática en nuestro país, el programa televisivo sabatino Función Privada acostumbraba a exhibir cortometrajes antes del largometraje escogido para cada emisión. En uno de ellos, de factura nacional, un sujeto represaliado por la dictadura mantenía a un torturador en cautiverio en un chalet del Tigre, cavilando entre ejecutarlo o no. La decisión de perdonarle la vida sorprende al protagonista siendo reducido por el verdugo, que termina por eliminarlo. La moraleja de dicho relato viene como anillo al dedo para concluir que la acumulación de fuerzas por parte del campo popular debe servir para consolidar irreversiblemente sus conquistas descreyendo aún del más seductor canto de sirena populista emanado de un sistema económico que a lo largo de la historia ha ofrecido sobradas pruebas de conducir a la infelicidad y postración de la humanidad.

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