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Asia :: 12/10/2007

Tres tristes tigres pierden en Afganistán

Alberto Cruz
El régimen de Bush ha pedido 198.000 millones de dólares para sufragar las guerras de Irak y Afganistán durante 2008. No para la reconstrucción, ni para fomentar las instituciones democráticas, ni para reforzar la seguridad como se ha venido diciendo hasta ahora en la neolengua de Orwell, sino para la guerra.

Directamente, ya sin subterfugios léxicos. Es un reconocimiento expreso de que las cosas le van mal, muy mal. Pero si en Irak la vocación es de permanencia para asegurar el control del petróleo, como lo atestigua la construcción de cuatro superbases y lo ratificó Bush en su más reciente discurso equiparando a ese país árabe con Corea del Sur, en Afganistán la cuestión no es tan clara. Con la invasión no se entreveían ventajas energéticas a medio-largo plazo y principalmente era una cuestión geoestratégica para molestar a China y debilitar a Rusia por su flanco sur, ya prácticamente rodeada por la expansión de la OTAN hasta sus fronteras europeas y con bases militares estadounidenses en países pertenecientes a la ex URSS como Georgia, Azerbaiyán o Tayikistán. De ahí que requiriese la participación de la OTAN en la supuesta "pacificación y reconstrucción" del país. Y los europeos, nuevos y viejos, como diría Rumsfield, se prestaron raudos y veloces a secundar a su patrón en una nueva y patética muestra de falta de política exterior independiente y no sumisa a los intereses del imperio.

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