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14/05/2021 :: Estado español

¡¡Porota y Carmen Castellote heroínas de la libertad!!

x Maité Campillo
¡Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía ¡sino justicia!!!

 Cuando marcha ese barco triste y embarca el puerto de las lágrimas se despide de aquella ciudad eterna. Empieza aquél viaje largo hacia un mundo ignorado, aquí tiemblan los labios corren las lágrimas para que laven aquellas caras coloradas (Weiss Al Alí, estudiante de ingeniería sirio).

 ¡Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía ¡sino justicia!!!

A Porota y Carmen donde aún crece la vida` heroínas de la libertad. A cada uno de sus pasos camino y piedra forjando sus vidas resplandecientes, amapolas rojas, raíz y árbol, hoja tras hoja engrosando llama revolucionaria de liberación. Leo hoy bajo el árbol de la flor del almendro donde me reafirmo y digo en reconocimiento a su bravo saber vencer y morir: Ni olvido Ni perdón; piedra filosofal sobre la que inserto vuestros nombres contra el olvido. No hay otra que enfrentar la doble barrera, el tren del tiempo gira, nuestro vagón no se detiene. A Porota y Carmen, en recuerdo de dos niñas vascas que tras el golpe militar contra la República tomaron rumbos distintos y diferentes alternativas de vida encuadradas en una misma historia de lucha compartida entre culturas de otras tierras, memorando lo que apuntaló en su escritura el poeta Blas de Otero en respuesta al holocausto vivido: “Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre aquel que amó, vivió, murió por dentro y un buen día bajó a la calle: entonces comprendió: y rompió todos su versos. Así es, así fue. Salió una noche echando espuma por los ojos, ebrio de amor, huyendo sin saber adónde: a donde el aire no apestase a muerto. Tiendas de paz, brizados pabellones, eran sus brazos, como llama al viento; olas de sangre contra el pecho, enormes olas de odio, ved, por todo el cuerpo”.

 En el caso de Mercedes Colás Irisarri “Porota”, sufrió dos dictaduras, como dos tragedias encadenadas una en la otra marcada de por vida. En 1931 su familia volvió a Euskal Herria, a Nafarroa (Lodosa) desde Argentina; pensando que con el avenimiento de la República vivirían con más libertad pero el destino llegaba con un cruel puñal impreso de muerte, afectando a cientos de miles de familias, entre ellas la de Porota. En Nafarroa no hubo guerra, ni nada que se le parezca, ya que los fascistas desde el principio tomaron todo el territorio sin resistencia exceptuando algún que otro foco como en Lodosa, donde vivía su familia, el padre era albañil de profesión afiliado a la CNT, posiblemente uno de los que resistieron, sin duda, este pueblo como escarmiento tuvo tantos fusilamientos: “Porque vivir se ha puesto al rojo vivo. Digo vivir, vivir como si nada hubiese de quedar de lo que escribo. Porque escribir es viento fugitivo, y publicar, columna arrinconada. Digo vivir, vivir a pulso, airadamente morir, citar desde el estribo. Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro, abominando cuanto he escrito: escombro del hombre aquel que fui cuando callaba. Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra más inmortal `aquella fiesta´ brava del vivir y el morir. Lo demás sobra” (Escribe el bilbotarra Blas de Otero en breves palabras; en ellas se puede interpretar su aguda visión político internacionalista que sintetizó el sentido antiimperialista de la revolución cubana 'Patria o muerte' en palabras de Fidel, comandante de la revolución).

 El padre de Porota fue uno de los fusilados, a ella con once años, la raparon el pelo en la plaza del pueblo como hicieron con miles de niñas y mujeres en todo el Estado como escarnio público por ser hija de un rojo. Decide junto a su madre y hermano la salida y vuelta a Argentina. Pero el 24 de marzo de 1976, Videla, encabeza un golpe de Estado e implanta las desapariciones, el terror y la muerte. El 5 de enero 1978, los militares secuestran a su única hija, Alicia Meroño de 31 años, aún sigue desaparecida. Mercedes Colás Irisarri “Porota” ha sido la vicepresidenta de Madres de Plaza de Mayo; fallecida recientemente en febrero de éste año a los 95 años, en su domicilio argentino de Villa Devoto. En testimonios grabados por la asociación, Porota, resalta una dignidad asombrante con una gran conciencia de clase: <<Los hijos que parimos, a su vez ellos nos parieron en la lucha. En nuestra época, las mujeres lavábamos, planchábamos, cocinábamos… Por suerte aprendimos a hacer política, lo que se llama política verdaderamente, no la mala palabra de la política. De la política de no venderse, de la política de tener las ideas claras y de la política de saber que el otro soy yo. Cuando se la llevaron me quedé seis meses mirando por la ventana esperando que mi hija volviera, si mi marido y yo salíamos juntos, dejábamos una nota diciendo dónde estábamos porque siempre esperábamos que volviera. Se me vino encima todo lo que pasé en España. Allá fusilaron a mi papá, me cortaron el pelo al cero y pensé ¡¡No puede ser, el fascismo dos veces! ¡Y fue!. Un día, mi marido, que había estado en el centro me dijo: ‘Poro, las madres están marchando’. Fuimos a la plaza. Me compré un pañuelo, uno de esos que se utilizan en las fiestas, un triángulo. Estaba en un banco. Vino una madre que luego nunca más la volví a ver: ‘Y a vos, ¿qué te pasa?’, dijo, porque yo lloraba. Entonces me dijo: ‘Acá, no se viene a llorar, se viene a luchar’. Me levantó y desde entonces hasta hoy estoy en la Asociación. Estoy orgullosa del viejo (padre) y de la hija que tuve. No les puedo fallar a ninguno de los dos>>.

 'Cartas a mí misma' es una obra autobiográfica en prosa poética escrita por Carmen Castellote (que a los 89 años de su vida hoy la convierten en la última poeta viva del exilio republicano). Obra publicada en México país que la acogió desde 1958: <<La vida está esparcida por todas partes. Tengo que recogerla de muchos lugares, de diferentes dibujos y cuadernos>>. Carmen niña no podía entender que pudieran existir monstruos, tan monstruos, monstruos que habían bombardeado un pueblo no lejos de su casa en Bilbo (Bizkaia), aviones llenos de bombas descargando sobre Gernika, bombardeando calles destruyendo casas asesinado niños, niñas, madres, padres, abuelos... Hubo que dejar de jugar y esconderse del malo, muy malo, que se acercaba acorralando la ciudad donde vivía. Llegó el día nunca olvidado, en que el juego se detuvo y se convirtió en un largo muy largo viaje sin retorno. Carmen nace en la capital de Bizkaia (la que tras la ofensiva aérea nazi italo-alemana, por reconocimiento histórico, debería ser Gernika). Tenía cinco años cuando en 1937, ya iniciada la ofensiva fascista, las tropas franquistas preparaban el asalto final a la ciudad pocas semanas después del genocidio sobre Gernika. Para protegerla sus padres decidieron embarcarla en una campaña de evacuación organizada por la República, destinada hacia Francia, Bélgica, y afortunadamente para muchos niñxs hacia el ejemplar asilo político de México y Unión Soviética. Carmen entró en este último grupo, cuando llegó a Leningrado con otros 1500 niñxs más, acogidos calurosamente y alojadxs en las llamadas Casas de los niños. Creían, incluso sus propios padres, que iban por unos meses pero la ofensiva duró otros dos años más. Por lo que en 1941, frente a la antesala de la II Guerra Mundial, vuelve a ser evacuada lejos del frente a un pueblo de Siberia llamado Tundrija -por lo que para muchos hijxs de la República, como Carmen, la II Guerra Mundial se convirtió en otro eje biográfico sobre el que escribe:

 Caminos, kilómetros de tiempo,

nada puede apartarme de la guerra,

de sus muertos escondidos en mi infancia.

Y la vida nada sabe de este hoyo,

abierto aquí, en mi corazón.

Beben tierra los ríos como antes,

las estrellas se persiguen en el mar,

el monte se hace altar para la nieve

y el sol deja que la sombra juegue contra el árbol.

Todavía los niños juegan a la guerra

y la flor es asombro y soledad.

Es tarde y quiero dormir,

pero la noche está llena de muertos.

Iza el miedo sus alas nocturnas.

¿Acaso es la guerra?

Quiero ser manos, muchas manos,

para matar la obscuridad.

Un rocío de luz entra en mi mañana.

Los árboles se embriagan de aurora,

los hombres cruzan el pasto húmedo de la noche,

madrugan los caminos, bosteza la calle.

Una mujer quiere barrer el nuevo día

con su vieja escoba,

y en la orilla de un colegio dos niños luchan

mientras los otros ríen.

Ya nadie habla de la guerra.

¿Qué hago con los muertos?

 Se vio arrojada al abismo insondable entre otros varios miles de niños y niñas de la República, alejados de sus casas, de sus pueblos, ciudades y familias desde la más tierna infancia. Carmen convirtió su tren metafórico como “biografía de realidad y de sueño”; unió todos los paisajes a su escritura para ir recuperando su tierra perdida a los cinco años, su infancia arrebatada a lo largo y ancho del mundo en kilómetros de tiempo. Estudió historia en Moscú donde ganó la medalla Pushkin, un ensayo sobre la literatura rusa y contrajo matrimonio con un combatiente polaco, en 1956; se trasladan a Polonia ese mismo año, pero añora cada vez más aquella familia que había dejado con cinco años, seguían siendo parte de ella misma, su raíz su orgullo su vida. Un nuevo viaje cambió una vez más sus cimientos; dos años después en 1958, viaja a México, para reencontrarse con su padre exiliado desde el final de la contienda. Final tan falso como las democracias que nos gobiernan, más de un siglo alejado de la “paz”; final sin alto al fuego donde hubo tantos o más muertos como ocurrió tras la muerte del dictador; final de hacinadas mazmorras, consejos de guerra decenas de años de cárcel, penas de muerte, sacas nocturnas entre amaneceres tempranos, pelotones de fusilamiento sembrando ríos de sangre, multiplicando todo tipo de miseria y calamidades, hambruna, exilio y un reguero interminable de emigración escalofriante sobre la que la dictadura se favoreció enriqueciéndose económicamente en millones de divisas, junto con el turismo de sol, toros, charanga y pandereta riendo a baba suelta en toneles de alcohol y prostitución; final donde aparecen las potencias de guerra a rehacer sus vidas al sol fomentando burdeles, donde EEUU plaga la miseria de bases militares; final de dependencia absoluta extranjera trampeando la miseria que jamás pudieron ocultar. Sería el último gran viaje de Carmen; estableció su residencia en México, al lado de su padre, donde trabajó más de veinte años dirigiendo el departamento de geografía e historia de la editorial UTEHA (Cosa que no hubiera ocurrido ni en Francia ni Bélgica ni Inglaterra donde muchos niños fueron adoptados a sabiendas, los propios gobiernos, que muchos de sus padres no solo no habían muerto sino que les tenían retenidos en campos de exterminio en condiciones de explotación infrahumana).

 “Escribo para enhebrar las cosas que viví y hacer con ellas memoria...”. Fue en México donde empieza a escribir poesía; toda su vida cabe en su obra, tal fue su empeño y añoranza, dando a su infancia amor revolucionario y pasión contra el olvido al runrún de míticos trenes de historia. Su verso fresco sensible y preciso, su riqueza en imágenes alberga la nostalgia inseparable del exiliado; nuestra poetisa se define a sí misma como “francotiradora alejada de los medios literarios”. Circunstancia unida al exilio que para nada debería justificar, sin embargo han contribuido, al olvido, al olvido conscientemente que la ha condenado la España franquista agazapada en la Europa de las democracias. Su amplia obra divulgada en México (no existe, o apenas existe alguna pequeña muestra en la Biblioteca Nacional hermanada a la España “iguales ante la constitución”, menos si cabe en las universidades y demás centros de enseñanza). Y es que las grandes poetas, escritoras y científicas, guerrilleras heroicas, luchadoras incansables por altivas e insumisas nunca han sido bien vistas por la ignorancia que estomaga e impera impuesta desde 1939, obligando arrastrar los pies e inclinar la rodilla para ser reconocido, postrandolxs ante la monarquía impuesta legada por el genocida a sabiendas de lo que eso significa en la historia vivida. Su desgaste patológico, en democracia, pretende hacernos menos gente en trinchera más mudos y parcos en conciencia para vivir de todos nuestros muertos, asesinados por ellos. Así es como engrandecen sus libros de texto e historia, de sus museos (viéndose las bibliotecas empobrecidas de arte intelectual tanto como de ciencia pese a ello pues como diría aquella niña de cinco años que se convirtió en escritora y poeta): “No logrará el sol con su ronda de diestros girasoles, ni el mar con su manía de ahogarlo todo, dormir lo que despierto está en el corazón. Que no se puede matar el tiempo ni la vida sepultando todos los relojes”.

 Abro paso a la poetisa vasca que una vez salió en un barco con el testigo del amor entre sus manos, el que como a Porota, las convirtió en guerrilleras de la vida. No hay nada como la buena educación, la que marcó sus vidas haciendo puente entre la historia que dio forma a lo recibido, como legado en el calor de la raíz vinculada en la evolución científica de un mundo floreciendo cultas caracolas contra el crimen, contra la incultura y ambición que lo alimenta: <<Nací en una región donde crecen globos y fantasmas, en una casa imaginada por mí, con balcones al césped y cuartos que iluminaba con mis manos. Creía que la noche la construyeron los dioses para que yo soñara, que en la honda oscuridad habitaban otros seres que me mostraban sus árboles, más humanos que los nuestros, ríos donde los peces jugaban a ser sombras y unas ardillas hablaban mi idioma, mundo encantado donde volar de cumbre en cumbre era ejercicio hacedero […] Cuando crezca seré niña, salvaré mi encantamiento, insistiré en los milagros, creeré en la envoltura interior de las leyendas. Quiero salir de nuevo a los caminos, eternizarlos. Cumplir con mi destino de soñadora de mundos>>. Tenía cinco años cuando escapó del nazismo franquista, nueve cuando Hitler invade la Unión Soviética, las catástrofes históricas se repiten de la mano de los mismos genocidas; uno de sus poemas '1941' nos lo recuerda:

“…Son nuestras todas las horas de la calle.

Gotean las estrellas sobre los cuerpos fríos.

La noche tiembla bajo la piel, en el costado,

como un reloj que se bate con el tiempo.

¿Por qué nadie me dijo que había una muerte

que es mía y no conozco?

No sé si llegaré a crecer.

Es mil novecientos cuarenta y uno

y en este año solo crece la muerte”

(...)

¿Habrá sol en algún sitio de la tierra?

Nosotros somos el frío de una escuela de Siberia,

que detiene la calle con su alfabeto mudo.

¿Cómo cabemos en tal cerrado frío?

Sin colchones, huérfanos cuerpo y cuerpo,

buscamos la última gota de calor,

que se duerme en la sombra vecina.

Quizá en alguna parte el hombre duerma,

nosotros somos esta terca medida del frío.

Lloran aquí y allá, y no sé cuál es mi llanto.

No hay comida; hay agua, manjar largo,

cuando los frutos duermen bajo la guerra.

Es nuestro plato, al que no llega el pan,

porque el invierno mata los caminos.

La novedad en la aldea es incendio.

(...)

Hablan de los niños que vinieron de lejos

y que duermen en el suelo de su escuela.

Algunos nos asaltan con sus ojos mayores,

rompen el hielo que se asombra en los vasos,

nos ofrecen pepitas de girasol,

y nos preguntan si hay pan en nuestro idioma.

Las clases regresan a la escuela,

las viejas aulas despiertan su alfabeto,

junto a las camas que llegan, crecen los pupitres,

se despiertan los gritos de los pasillos.

¿Se ha escapado la nieve? ¿Qué ha sido de la escuela,

de los niños ausentes, que enredaron mi nombre?

¿Y del pequeño, que el primer día de clases

dijo, al aún secuestrado en el asombro,

qué miras, es que nunca has visto a la gente?

Desde las mesas tropiezan nuestros ojos.

No hay extraños.

El frío esconde por un tiempo su derrota.

 NOTA

¿Quién el rayo retiene prisionero en una jaula? Oí los llamamientos a la organización de todas las columnas miles de personas en ellas avanzan preparativos toman camiones, bicicletas, banderas, pancartas, estandartes, desfilan con sus cantos a tomar pueblos y ciudades, maltratadas, expoliadas, exprimida su cultura propia su aborigen sin miramiento ni respeto (sin que ninguno de los gobiernos de la “democracia” DIMITAN). Es la respuesta a la “libertad” del monstruo a su libertad especulativa. Los llamamientos desfilan entre las columnas peinando un estilo propio reivindicativo sobre la otra libertad que alcanzar jamás podrá el fascismo, parte decisiva de nuestra historia revolucionaria con su antiimperialismo, marco donde se ganan las batallas peleando la otra libertad secuestrada. Me pregunto por dónde llegará la luz, la persigo con ahínco, quiero que de la cara a estas tres flores resplandecientes, a los rubís de sus ojos hambrientos de vida. La cobardía debe morir para que las vidas de los desaparecidxs prevalezcan; la dignidad de los nadie debe dar la cara, alumbrar sobre el planeta la siniestra oscuridad que está copando siglos de historia. En mi mente conservo la imagen de ellas con sus rubís implorando justicia, las que fueron y murieron más inmaculadas que caparazón alguno en farsa Papal. Tres, eran tres hermanas hijas de una misma madre de golpe sepultadas ¿Las recuerdan? Tres, eran tres niñas indefensas de 6, 9 y 11 años, violadas, asesinadas y arrojadas a un pozo por alacranes y ciempiés esbirros del sable del coronel de la tiránica que genera las hambrunas y valora el crimen con sus leyes legales. Sucedió en el oeste de India, un 14 de febrero de 2013; donde hoy la “pandemia” supuestamente está haciendo estragos de lesa humanidad: estragos de cientos de años de sometimiento a los imperios. Desaparecieron a la vez al finalizar las clases en el colegio, fueron encontradas dos días más tarde en un pozo a medio kilómetro de su casa en el pueblo de Murmadi, en el Estado de Maharastra (El abuelo explicó que las niñas fueron atraídas con comida por unos desconocidos). Las pequeñas vivían con su madre en condiciones de extrema pobreza y al parecer por no tener “ni nombre tenían”.

 Sólo eran tres hermanas pobres, muy pobres, que querían aprender y abrirse camino en un país pobre pero también muy rico para los ricos, de esos otros países donde el buitre humano ocupa y se asienta en el rincón que se le antoje del planeta y no por pobre sino por sus vienes y riquezas naturales. Tres niñas sin nombre sus números eran 6, 9, y 11 del país de la meditación que tanto gusta a los alemanes del yoga de la paz aislándose de toda realidad y contexto, del país de los monjes, entregado a los buitres que fomentan un turismo descabellado encandilado en sus rezos más allá de la miseria que devora a sus seres, de un turismo babeando sus rituales su fanático respeto a las vacas que no sean mujer ni niñas pobres tan miserables, de los baños purificadores para colmar criminalidades, de héroes de la independencia y también de Mahatma Gandhi... Tres mirlos, tres, donde en sueños dormían el hambre y también el canto del ruiseñor bajo la lluvia en el valle y con ella el arrollo y rayo de luz donde un llamamiento encabezó las cimas de las barriadas contra la sumisión y la esclavitud que se perpetúa criminalmente. Son mujeres en su mayoría, es el corazón contra el crimen y violación de todo derecho, contra el puñal del diente de la serpiente y el macho impotente descerebrado. Los residentes del pueblo de estas tres cimas humanas ya históricas, desafiaron y denunciaron que las fuerzas del orden trataron de registrar el caso como un accidente, y que solo tras protestas en las calles se aceptó la “investigación” del triple crimen infecto de torturas, humillación, abuso del macho otorgado por las leyes del poder dando rienda suelta a la violación, odio y desprecio a la mujer a cualquier edad de sus vidas (desgraciadamente ninguna de las tres habían descubierto su derecho a ser y sentirse MUJER).

 Maité Campillo (actriz y directora d` Teatro Indoamericano Hatuey)

 

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