La derecha española frente a Trump, como liebre cegada por los focos

La agresión de EEUU contra Venezuela ha dejado a la derecha y la ultraderecha española en un estado de desconcierto difícil de disimular. No porque haya dudas sobre la ilegalidad del ataque (Washington ni siquiera se molesta en ocultarlo), sino porque esta vez no hay coartada democrática.
El guion es burdo y explícito: asalto, botín y salida cuando proceda. El petróleo va primero y el resto es irrelevante. Un método más cercano a los piratas de la Edad Media que a cualquier discurso de “libertad” o “transición democrática”.
El problema en general para las derechas europeas es que Trump no finge. Reconoce que el objetivo es controlar los recursos estratégicos en Venezuela, y amenaza a Colombia, Cuba, México y hasta a Groenlandia (Dinamarca) para fortalecer su posición geopolítica.
No hay alineamiento ideológico posible cuando el centro del mensaje es el dominio por el dominio. ¿Qué sentido tiene apoyar a quien anuncia que pasará por encima incluso de sus supuestos aliados?
La escena es especialmente patética entre sectores venezolanos pro-Trump, que celebran el secuestro de Nicolás Maduro con un argumento escalofriante: “no importa que se lleven el petróleo si se llevan a Maduro y las cosas mejoran”. Porque la historia reciente demuestra lo contrario.
En Irak, la invasión se justificó con mentiras (armas de destrucción masiva), se destruyó el Estado, se privatizaron recursos, se disparó la violencia sectaria y la vida de la población empeoró estructuralmente, mientras corporaciones occidentales se beneficiaban.
En Afganistán, tras veinte años de ocupación, miles de muertos y billones gastados, EEUU. se retiró (derrotado) dejando el país más pobre, más dependiente y más inestable que antes.
Confiar en las bondades del imperialismo es una apuesta perdida porque cuando el botín manda, la población sobra. Si EEUU controla el crudo venezolano, las condiciones de vida empeorarán y se consolidará una dependencia que impedirá cualquier reorganización del país en favor de su gente.
PP y Vox
Este cuadro explica el silencio incómodo de Vox. Primero celebraron la detención de Maduro, después llegó el mutismo. El problema no fue moral, sino práctico: Trump no respaldó a la oposición preferida por Vox y permitió que Delcy Rodríguez asumiera el mando interino.
A eso hay que sumarle las mencionadas exigencias de EEUU sobre Groenlandia que amenazan la estabilidad de la OTAN. Desde ahí, el discurso de Vox se ha vuelto líquido, adaptativo, hasta desembocar en una excusa reveladora: “no hay que posicionarse en todo”. Esto demuestra que cuando el poder envía órdenes difíciles de asumir, el seguidismo se transforma en silencio.
El Partido Popular tampoco lo tiene fácil. Habla, pero esquiva. Evita decir si la decisión de Trump en Venezuela es correcta y se refugia en generalidades sobre elecciones futuras. Es la confusión de la liebre cegada por los focos: sabe que apoyar el saqueo sin que haya un cambio de estructura política es insostenible, pero enfrentarse a Washington no es una opción por ahora.
La clave ideológica está en la sinceridad de Stephen Miller, asesor central de Trump, expresada hace unos días: "Vivimos en el mundo real... que se gobierna por la fuerza, que se gobierna por el poder" . Traducido: la única alianza posible es arrodillarse, decir “sí bwana”, sonreír y obedecer.
Algunos celebrarán que "por fín ha llegado un líder fuerte". Como el ultra Javier Milei, presidente de Argentina, que ha reafirmado su alineamiento con las políticas de Donald Trump, elogiando su postura sobre Venezuela y afirmando con entusiasmo que Trump está "rediseñando el orden mundial".
Sin embargo los sumisos olvidan que Trump no protege a nadie. Usa, exprime y descarta. Quizá reciban una palmadita en la espalda, pero cuando ya no sean útiles, Trump no tendrá problema en incluirlos en la lista de "siguientes".
La realidad para la derecha española (y europea) es que el saqueo de Venezuela no ofrece un relato salvable y las amenazas al resto de países, en particular a Dinamarca, tampoco. El problema es que el imperio ya no disimula: reduce la política a la piratería medieval y a la ley del más fuerte. Por eso estamos viendo que, en ocasiones, la ideología no alcanza para justificar la sumisión.
Especial para La Haine







