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Estado español :: 02/08/2026

La libertad de especular

Txema García Paredes
El lenguaje recuerda sospechosamente al de las iglesias evangélicas de autoayuda o a las estafas piramidales que prometen prosperidad espiritual mientras vacían bolsillos muy reales

Existen palabras que deberían llevar un precinto de seguridad. «Democracia». «Solidaridad». «Justicia». «Libertad». Palabras demasiado importantes como para dejarlas abandonadas en manos del primer vendedor de crecepelo financiero que aparece en YouTube prometiendo riqueza pasiva, independencia económica y apartamentos «trabajando para ti» mientras sonríe delante de una pantalla con gráficos ascendentes y fotografías de Dubái.

«Libertad Inmobiliaria». El nombre ya es una obra maestra involuntaria de la época. No porque describa lo que realmente hacen, sino porque revela el talento extraordinario del neoliberalismo contemporáneo para prostituir el lenguaje hasta vaciarlo por completo de significado.

Llaman «libertad» a convertir la vivienda en una máquina de extracción de rentas. Llaman «independencia» a hipotecarse hasta las cejas para comprar pisos que otros no podrán comprar jamás. Llaman «democratización» a extender la fiebre especulativa como quien reparte estampitas en una secta financiera.

Y lo más fascinante -y también lo más inquietante- no es el gurú. Gurús ha habido siempre. Lo verdaderamente perturbador es el coro de fieles que le siguen. Y no es uno en concreto: son muchos. Una plaga de perfiles sonrientes que ocupan Facebook, Instagram, TikTok o YouTube como si fueran una nueva flota de destructores norteamericanos bloqueando el Estrecho de Ormuz.

Porque uno empieza a leer los comentarios, las preguntas, las dudas de los aspirantes a rentista en todos estos foros y descubre algo mucho más profundo que un simple negocio inmobiliario: descubre una «espiritualidad del pelotazo». Una religión de la renta pasiva. Una liturgia neoliberal donde el piso ya no es un hogar sino un «activo», el inquilino una fuente de «cashflow», y la deuda una especie de sacramento iniciático que hay que abrazar con fe.

Para muestra un botón: «¿Puedo comprar cinco pisos en cinco años?». «¿Es mejor usar distintos bancos para que no detecten el apalancamiento?». «¿Cómo escalar más rápido?». «¿Es posible dejar mi trabajo si consigo suficientes alquileres?». «¿Qué hago si en mi ciudad los precios ya son muy altos?». «Aléjate de tu zona y busca rentabilidad donde la haya», responde el oráculo. Es decir: si los vecinos de tu ciudad ya no pueden vivir en ella, enhorabuena, vas por buen camino.

Pero las reseñas de los alumnos añaden otra dimensión todavía más reveladora. Porque ya no hablan como inversores. Hablan como conversos: «Me ha cambiado la vida». «Ahora veo oportunidades». «Gracias a esta formación estoy construyendo mi libertad». «He recuperado con creces lo invertido». «Por fin he dado el paso».

El lenguaje recuerda sospechosamente al de las iglesias evangélicas de autoayuda, a las terapias de liderazgo o a las estafas piramidales que prometen prosperidad espiritual mientras vacían bolsillos muy reales. El negocio ya no consiste solamente en vender pisos. Consiste en vender identidad. Y ahí reside la genialidad oscura del sistema: lograr que la especulación se perciba como crecimiento personal.

La avaricia ya no se presenta como avaricia. Ahora adopta el aspecto de «desarrollo», «mentalidad», «superación», «emprendimiento», «educación financiera». El rentista ya no es un rentista. Es un «alumno». Un «inversor». Un «emprendedor consciente». Casi un explorador moral.

Uno lee esas reseñas y tiene la sensación de asistir a una mezcla entre un seminario de criptomonedas, un retiro espiritual y una academia acelerada para aprender a convertir el derecho ajeno a la vivienda en ingreso pasivo propio. Y sin embargo, bajo toda esa retórica motivacional, asoma constantemente el mismo paisaje emocional: miedo.

Muchos de quienes participan ahí no son magnates ni tiburones financieros. Son trabajadores normales, matrimonios de clase media, pequeños ahorradores aterrorizados por un futuro cada vez más precario. Gente que ha entendido perfectamente el mensaje que este sistema lleva décadas inoculando: tu salario no bastará jamás. Tu pensión probablemente tampoco. Estás solo. Sálvate como puedas. Y algunos intentan salvarse comprando la posibilidad de que otros no puedan hacerlo.

Todo el discurso está construido sobre una operación moral prodigiosa: lograr que miles de personas precarizadas sueñen no con abolir el sistema que las ahoga, sino con ascender unos centímetros dentro de él para convertirse, a su vez, en pequeños extractores de renta. No quieren dinamitar el casino. Quieren una mesa propia dentro del casino. Y ahí reside la gran victoria ideológica de nuestra época.

Hace décadas, un-a joven soñaba con ser carpintero, maestra, escribir novelas, viajar, tocar jazz o cambiar el mundo. Hoy sueña con «generar ingresos pasivos» mediante estudios de treinta metros cuadrados subdivididos en habitaciones con cerradura. La imaginación ha sido ocupada militarmente por un Excel.

El capitalismo contemporáneo ya no necesita convencerte de que el sistema es justo. Le basta con hacerte creer que tú también puedes especular un poco. La vivienda, mientras tanto, desaparece. Desaparece como derecho, como refugio, como espacio afectivo, como lugar donde construir una vida.

En toda esta retórica inmobiliaria apenas existe la palabra «hogar». Hay «operaciones», «rentabilidades», «apalancamiento», «escalabilidad», «cashflow», «libertad financiera». El lenguaje del broker colonizando el último espacio íntimo que le quedaba a la sociedad.

Y entonces ocurre algo extraordinario: el especulador deja de verse a sí mismo como especulador. Pasa a considerarse un «emprendedor». Un «generador de valor». Incluso una víctima incomprendida de las regulaciones públicas que intentan impedir que convierta un derecho básico en una centrifugadora de beneficios.

La víctima ya no es quien dedica el 70% de su sueldo a un alquiler. Es quien no puede comprar su sexto piso con suficiente rapidez. Y eso requiere un grado de ingeniería ideológica digno de estudio clínico.

La tragedia moral del neoliberalismo no consiste solo en producir desigualdad. Consiste en convertir esa desigualdad en horizonte aspiracional. El propietario de hoy fue ayer un asalariado angustiado. El pequeño rentista es muchas veces un antiguo precario que ha interiorizado hasta tal punto la lógica del sistema que cree haberse emancipado cuando simplemente ha cambiado de lugar dentro de la cadena depredatoria.

Por eso resulta tan grotesca la palabra «libertad» utilizada en este contexto. Porque ¿qué clase de libertad es esa que depende de que otro no pueda acceder a una vivienda digna? ¿Qué libertad florece exactamente cuando miles de jóvenes no pueden emanciparse, cuando familias enteras son expulsadas de los barrios donde crecieron, cuando trabajadores con empleo estable comparten piso a los cuarenta años o cuando la vivienda pública se convierte en una reliquia arqueológica?

La respuesta es sencilla: no hablan de libertad. Hablan de privilegio. Solo que en nuestra época el privilegio ya no se presenta vestido de frac ni de aristocracia. Ahora lleva sudadera, micrófono de podcast y vocabulario de emprendedor digital.

El nuevo rentista no se siente heredero de un sistema injusto. Se siente un rebelde. Un inconformista. Un estratega financiero que «ha entendido las reglas del juego». Y quizá esa sea la frase más sincera de todas: el juego.

Porque efectivamente se ha convertido en eso. Un Monopoly gigantesco donde la vivienda dejó de ser una necesidad humana para transformarse en fichas de acumulación. La diferencia es que en el Monopoly, cuando alguien arruina a todos los demás, la partida termina. Aquí no. Aquí empieza la siguiente promoción inmobiliaria.

Mientras tanto, las ciudades se vacían de vecinos y se llenan de inversores. Los barrios dejan de ser comunidades para convertirse en activos tensionados. Y la palabra «hogar» se extingue lentamente bajo toneladas de lenguaje financiero. Todo en nombre de la «libertad».

Naiz

 

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