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26/12/2009 :: Estado español

Reflexiones acerca del libro "Me llaman el solitario"

x Acción Vegana
El libro editado por Txalaparta viene a reafirmar mi postura en cuanto a que la forma de vida de Jaime es la de un anarquista en cuanto desafía a la autoridad.

ME LLAMAN EL SOLITARIO
Autobiografía de un expropiador de bancos

En el número 7 de Insurrección Animal escribí un texto en el que exponía mi opinión sobre lo que era ser anarquista. Expliqué que para mí no es tanto una cuestión ideológica como una cuestión actitudinal. En este sentido escogí el ejemplo de Jaime Jiménez Árbe, más conocido por el apodo, con el que le bautizaron las fuerzas policiales, de “El Solitario”.

Opté por mencionar a Jaime porque en sí mismo representaba el debate sobre anarquismo como ideología versus anarquía como actitud (aunque ahora sé que su ideario también es ácrata). Afirmé que, para mí sí es anarquista, ya que, su forma de vida se basaba en el desafío a la autoridad. El libro que ha escrito desde el centro penitenciario de Monsanto no hace sino reafirmar mi postura (editado por Txalaparta, noviembre 2009).

Dicho libro es una obra magistral en todos los aspectos, tanto en cuanto la forma en la que está narrado, como a nivel personal del autor. Jaime es un individuo fascinante, no solo como luchador, sino como persona; aunque ambos aspectos se funden, y se hace imposible distinguirlos. Llama la atención su sinceridad al relatar los principales acontecimientos de su vida, así como sus ideas y sentimientos. Evita omitir hechos, a pesar de ser consciente de que el público que va a leer el libro no va a dar su visto bueno.

“Aquel otoño participé en dos acciones. Del dinero, como siempre, se encargaba Henry. Una parte muy importante de lo expropiado era para el movimiento anarquista italiano, pero el resto iría a Francia, donde nos lo repartiríamos. Sé que esto que cuento no parecerá muy colectivista, pero la realidad es la que es. El que diga que todo lo obtenido en las recaudaciones va a la acción revolucionaria, no sabe bien de lo que habla. Los activistas comemos, viajamos, tenemos una vida personal como todo el mundo, y también necesitamos dinero. No somos santos ni pretendemos serlo. Que algún purista pueda definirnos como bandidos es algo que no me interesa.”

Con demasiada frecuencia, los anarquistas están convencidos de que los expropiadores de bancos deben entregar todo el dinero a causas sociales. Esto se debe a que abundan los moralistas y fanáticos de lo políticamente correcto, intelectuales e hipócritas que cuando expropian algo en un supermercado se lo quedan íntegramente para ellos, pero que exigen la totalidad de lo expropiado en bancos. Como dije en el número 7, yo creo que los expropiadores son quienes deben decidir qué hacer con el dinero, y como bien dice el propio autor, no tienen porqué dar explicaciones a nadie.

En lo referente al dinero, Jaime también señala:

“Esporádicamente, enviaba ciertas cantidades de dinero a Jean y Jean-Marc para que lo entregaran en nuestro nombre a colectivos anarquistas franceses, así como a los movimientos okupas francés e italiano. A este respecto tengo que aclarar, pues es una pregunta recurrente, el destino que yo daba a los fondos expropiados. No tengo que justificarme ante nadie, pero quiero que se sepa que mis contribuciones eran siempre anónimas y las realizaba por medio de intermediarios. Yo operaba en la más absoluta clandestinidad y no podía ir dejándome ver por los medios anarquistas distribuyendo dinero como si fuera el rey del Burger King practicando “carterismo invertido”, pues no solo habría despertado sospechas ciudadanas sino también el interés policial. “

En otra página, haciendo referencia sobre otra expropiación realizada en Europa, explica:

“Se había entregado dinero al movimiento okupa italiano y se había pagado las minutas de los abogados que defendían a los luchadores presos en Italia. Incluso el Animal Liberation Front (ALF) recibió una importante partida para que pudiera seguir defendiendo a los animales de la violencia de la explotación a las que les somete el ser humano, sobre todo contra la “utilización científica” que se hace de ellos a fin de crear medicinas y cosméticos. El ALF utiliza la violencia para liberar animales de granjas en las que los asesinan para comerciar con sus pieles, o destruir laboratorios en los que se les tortura sin piedad hasta la muerte.”

Personalmente, me alegra que entregasen parte del dinero expropiado al ALF. En aquella época había varias células activas en Italia, y, como bien explica, centraban sus esfuerzos en la lucha contra la vivisección. Pero considero contradictorio apoyar al ALF mientras se comen animales o se participa en cacerías, como hacían los miembros de su célula. La lucha contra el especismo siempre ha estado relegada a un plano muy secundario, en torno a ella hay una gran ignorancia y desinformación, tal ignorancia hace que sea una lucha menospreciada. El que el grupo de anarquistas expropiadores entregase dinero al ALF es una muestra más de la confusión que existe (y perdura) sobre la lucha por la liberación animal. Pero hay que destacar que refleja el compañerismo y el respeto que sentían los anarquistas expropiadores por otros grupos antiautoritarios activos.

Hay infinidad de comentarios de Jaime que despertarán el ataque de los más estrictos moralistas, por ejemplo, durante una época de su vida se vio forzado a huir a EE.UU. Ahí, creo una identidad falsa, y logró ser contratado como chofer. El autor del libro conducía un coche de lujo y los ricos le pedían que le llevase de un sitio a otro de la ciudad de Miami. En una ocasión, un policía-mafioso español le pidió que le llevase a las salas de alterne. A pesar del rechazo y la repugnancia que le suponía, se vio obligado a llevarle a un prostíbulo e incluso a hacer de intérprete entre la prostituta y el putero. Obviamente, el relato de este desagradable acontecimiento no es algo que vaya a despertar la simpatía de los lectores, tampoco a mí me ha agradado. Pero, hay que ser justos con Jaime, es muy fácil demonizar al débil, y Jaime se encuentra en una situación de gran vulnerabilidad; ha sido machacado por la prensa, estado y carceleros. Resultaría penoso que también sus compañeros anarquistas le maltratasen.

La necesidad económica nos ha llevado a todos a realizar cosas que no nos gustan, y que rechazamos. En mi puesto de trabajo he participado en actividades que detesto, y creo que, como yo, todos. Opino que si hubiésemos vivido la situación en la que se encontraba Jaime, huyendo de la policía, en un país extranjero, alejado de sus seres queridos y necesitando el puesto de trabajo desesperadamente, muchos hubiésemos actuado como el lo hizo. Que quede claro que no lo estoy justificando, simplemente pido que, aquellos que lean el libro (algo que recomiendo), procuren ponerse en su situación, y sean comprensivos en todo momento. Que no se le exija una coherencia absoluta, porque nadie somos completamente coherentes, y Jaime y sus compañeros eran plenamente conscientes de ello, por eso afirma “no somos santos, ni pretendíamos serlo”.

El fragmento en el que relata la mala experiencia que vivió cuando se vio forzado a entrar en el prostíbulo suscitará rechazo. Pero quiero puntualizar algo que, a mí me parece importante, puesto que deja patente la discriminación que frecuentemente se hace entre individuos, únicamente en función de la especie a la que pertenecen. Pocas páginas después, aparece otro fragmento en el que Jaime comenta que llevó a ese mismo policía a comer a un restaurante (no vegano). Seguro que esto no despierta la antipatía de tantos lectores. Aprovecho para plantear la pregunta de ¿en qué lugar hay más dominación, en una sala donde se prostituyen individuos, o en un restaurante donde se cocinan vacas (también individuos)? Y sobretodo, repito, me gustaría que quienes sean tan exigentes con Jaime, quienes le pidan una coherencia absoluta, quienes demanden que haya sido el “perfecto anarquista”, que se miren a sí mismos. Posiblemente ellos nunca pondrán en jaque al estado como lo ha hecho y sigue haciendo Jaime, nunca supondrán una amenaza a los bancos ni a las fuerzas del orden, ni romperán la tranquilidad de una prisión. Pero lo más importante, desde mi punto de vista, Jaime es anarquista porque jamás ha reconocido ninguna autoridad, ni siquiera cuando era pequeño y no conocía el significado de la palabra anarquía. Y muchos de nosotros agachamos la cabeza de manera rutinaria y continua, y somos tan mezquinos y arrogantes de creernos con derecho de juzgar la vida de Jaime y crucificarlo por haber tenido ciertas contradicciones. Mientras obviamos las nuestras.

Otra cosa por la que hay quien le ataca, es por su gran seguridad personal. Lo cierto es que la confianza en el individuo es algo que brilla por su ausencia en nuestra sociedad, y la gran seguridad de Jaime en sí mismo, resulta chocante. En este sentido Jaime tampoco es mediocre. Mientras que hay quien le tacha de ególatra, yo pienso que creer en uno mismo es fundamental para no dejarse pisar, para ser un insumiso y un rebelde activo, combativo y con iniciativa. Creer en uno mismo, sentirse a gusto con el propio cuerpo, o tener una alta autoestima, no es algo que deba avergonzarnos.

Como he comentado, la autoconfianza, y el rechazo a la autoridad han ido con Jaime desde tempranas edades, mostrándola repetidamente. Con apenas doce años el director de su colegio, una figura sumamente autoritaria, conservadora y de ideología fascista, sintió que el orden de la escuela peligraba como consecuencia del pelo largo de Jaime. Su respuesta, ante tan gran “amenaza” fue cortarle un mechón. El alumno reaccionó ante el ataque, y optó por golpearle donde más le doliese a su enemigo: en sus testículos. Esto le supuso ser expulsado, sin embargo esta dinámica, la de escoger golpear donde más le doliese al enemigo la siguió practicando en la edad adulta. Así, más tarde encontró que sus enemigos eran el estado y el capitalismo, y también quiso -y consiguió- golpearle donde más le dolía: en el bolsillo; es decir, los bancos:

“…Pretenden reducir así mi rebeldía social y política. El Ministro de interior me ha colgado el infame sambenito de “persona extremdadamente peligrosa”, jueces sin escrúpulos me han condenado en la práctica a cadena perpetua… pero mi crimen execrable es únicamente haber sido yo mismo, haber decidido en todo momento mi forma de vida y (lo más grave por lo que tiene de mal ejemplo para la sociedad adocenada) haber conseguido eludir el abrazo del oso del sistema, que habría hecho de mí un sometido más, sin criterio ni horizonte. Pero tuve la suerte de ver con claridad y lucidez, desde muy joven, el verdadero rostro del Estado, y supe defenderme y combatirlo. Siempre he sido libre, incluso ahora. Y si naciera de nuevo, volvería a vivir como lo hice.”

Pasada una década, tras el incidente con el director, ingresó en una prisión sueca, donde sus pensamientos antiautoritarios se consolidaron, además conoció el poder de la acción directa y el sabotaje:

“El centro penitenciario de Norrtälje era un complejo enorme […] allí hacíamos piezas de madera para la empresa Ikea […] el trabajo era horriblemente monótono y yo me sentía en aquella cadena como Charlot en Tiempos modernos. Los listones me llegaban uno por uno por mi derecha y pasaban a la máquina lijadora, donde trabajaba un joven fracés de mi misma edad. Se llamaba Jean-Pierre, era de París y tendría una una importancia decisiva en mi vida futura.

Jean-Pierre hablaba español como yo chapurreaba el francés. También era anarquista, y como yo, exceptuando algunas acciones violentas contra policías y fascistas, siempre había seguido fielmente la consigna de “haz el amor y no la guerra”. Sin embargo, él estaba convencido de la necesidad de emplear la acción directa contra el Estado, no importaba cuál. Jean-Pierre era extremadamente simpático y yo me reía mucho con él. A ninguno de los dos nos gustaba el alienante trabajo en cadena que realizábamos, y nos aptecía aún menos beneficial al Estado con el fruto de nuestro esfuerzo, por lo que decidimos dedicarnos al sabotaje. Ralentizábamos la producción hasta que se formaban “cuellos de botella” y manipulábamos sutilmente las máquinas para que fallaran. Perforábamos las gomas de aire comprimido, descentrábamos los carriles de guiado y colocábamos guantes de cuero en un lateral de la superficie de prensado provocando la detención de la máquina.”

Poco tiempo después ingresaría por segunda vez en la prisión de Carabanchel, entonces se unió a la lucha que la CO.P.E.L. (Cordinadora de Presos En Lucha) estaba realizando.

Entre los innumerables ataques que ha sufrido Jaime, también ha sido calificado de pesetero, amante del dinero. Crítica muy ligada a la de Rubalcaba y su séquito, entre el que se incluye la prensa. Sin embargo, cualquiera que sea medianamente objetivo comprenderá el desprecio que Jaime siente hacia el dinero, la opulencia y hacia lo ostentoso:

“Como un corazón que bombea insurgencia. La libertad no se mendiga ni se nos tiene que conceder. Es nuestra, nos pertenece, y cuando se nos priva de ella, estamos obligados a luchar para recuperarla como sea. Es una cuestión de dignidad.

Estos fueron los motivos íntimos y personales que me llevaron a ser un insurgente contra el capitalismo. No lo fue el dinero en sí, como algunos adoradores del becerro de oro han querido hacer creer a la opinión pública para desprestigiar mi lucha revolucionaria. A mí no me ha interesado nunca el dinero. Si lo he tenido, lo he usado. Si no lo he tenido, he trabajado para vivir. Lo que nunca he hecho es vivir para trabajar. Yo soy un espíritu libre e indomable. Jamás me he rendido y jamás lo haré. Podrán acabar conmigo físicamente, pero no lograrán que renuncie a mis ideas. El deseo de liberta es como una llama eterna, y los miserables siervos del Estado jamás podrán constreñirla.”

En estos momentos Jaime se encuentra preso, pero sigue siendo libre. Ha escrito un libro no para saltar a la fama, ni para ganar un solo céntimo, sino para dar su versión de quién es realmente. Para desenmascarar todas las mentiras del Estado, y para contagiarnos a todos con sus deseos de libertad; para sacar a la luz todos los escondrijos del sistema carcelario, policial, político y judicial.

Jaime es un individuo inteligente, que narra su vida de una manera amena, la trama sigue una estructura que hace que la lectura sea adictiva. Conforme avanzas en el libro Jaime enternece, aprendes a verle como una persona completa, no sólo como un expropiador de bancos, no como un anarquista. Sino como alguien con sus pensamientos y contradicciones, como alguien como cualquiera de nosotros, pero con la particularidad de que su vida ha sido, es y será una lucha continua por la libertad.

“Habrá quien diga que mi ética revolucionaria deja mucho que desear. Yo sólo puedo decir, humildemente, que he hecho lo que he podido”.

Fdo: Insurrección Animal


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