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Asturies :: 25/10/2005

Quieren que los asturianos nos extingamos

Carlos J. Blanco
Una lengua propia es el tesoro más precioso que un pueblo puede conservar.

Cuando los vientos de la historia soplan contra ese patrimonio, y aun así el monumento de la lengua se mantiene en pie, como un roble centenario que te brinda su sombra y su verdor y hace frente al hacha de los verdugos, entonces la lengua acosada se convierte en cosa heroica, y su defensa constituirá para siempre una nobilísima causa.

En diversas partes del mundo hay lenguas minoradas por motivos ideológicos y políticos. Todas ellas tienen derecho a la existencia, y sus hablantes cuentan con derechos inalienables relativos a su uso, cultivo literario, oral y oficial. Las disposiciones constitucionales de los estados no siempre protegen e incluso a veces acorralan a dichas lenguas, y a sus hablantes se les somete a un verdadero acoso.

En la península ibérica el asturiano sufre una situación que, como se suele decir, clama al cielo. Tras un proceso de fuerte e imperativa castellanización a partir de la baja Edad Media, muchos castellanos o españoles de hoy en día se niegan a reconocer el hecho evidente de que el "bable" sigue siendo usado de forma ininterrumpida en la historia por amplias capas de población, y ningún lingüista o sociolingüista podrá negar su frescura, su resistencia a la desaparición tras las (re)presiones borbónicas de todo el siglo XIX y el XX, y las más recientes y feroces persecuciones del franquismo. Genéticamente, el asturiano es dialecto del latín, y no del castellano, como algunos curas y maestros ignorantes, torcidos y no asturianos muchos de ellos, querían enseñarnos, diciendo que el bable no era otra cosa que "castellano mal hablado". Así, en pie de igualdad genética, junto con el gallego, catalán y castellano, además del aragonés, el asturiano fue producto de una evolución medieval del latín, una lengua romance que, precisamente con la hegemonía castellana en la península a partir de la Baja Edad Media, así como con el triunfo del Imperialismo castellano, en la Moderna, cobra paradójicamente una verdadera identidad como lengua diferenciada y así, tanto hablantes como escritores parecen ser crecientemente auto-conscientes de los rasgos diferenciadores de su sistema lingüístico propio.

Poco a poco el siglo XXI parece enseñarnos la peor cara de la Globalización. La democracia formal surgida en el estado a partir de 1978 fue defraudando las expectativas de los nacionalistas y los entonces llamados "bablistas". En cierto sentido ha habido una labor de construcción de guetos para estos sectores reivindicativos. La política de la subvención y la cooptación fue más eficaz que la simple y llana represión, pero sigue siendo igualmente represiva en el fondo, pues su objetivo no es otro que la eliminación o neutralización de la disidencia. El uso de un lenguaje político calcado del conflicto vasco o de otras realidades todavía más ajenas a nosotros (Yugoslavia, Irlanda del Norte) para insultar a los colectivos nacionalistas o asturianistas, y masacrar con ello las reivindicaciones de orden lingüístico e identitario, que aquí siempre han sido pacíficas, refleja la escasa conciencia asturiana que realmente poseen los políticos de las sucursales de los partidos oficiales de España. Pues igual que un Mc Donald's es muy parecido en Londres, Gijón o Pekín, un político que trabaja para una sucursal del PSOE, PP e IU, es muy parecido a cualquier otro en los que se refiere a las cosas que tienen que decir y pensar. Y lo que tienen que decir y pensar es: que España es una unidad indivisible, y que en ella sólo hay tres lenguas (como tope máximo e inamovible) que gozan de reconocimiento oficial. Entre ellas no figura el asturiano. La Constitución lo dice y no se rechista. La realidad social tiene que acatar esa Carta Magna. Magna prisión de pueblos.

Si los asturianos aceptamos este techo, este límite inamovible, corremos el peligro de quedarnos por detrás de nuestra propia realidad. Y es que con gobiernos y regímenes supuestamente menos democráticos que el actual (que tanto gusta de definirse como "plural" y "plurinacional"), el asturiano de a pie demostró amar a su lengua del mejor modo posible, usándola, incluso sin contar con apoyos académicos ni administrativos de carácter oficial ni de ningún otro tipo.

Y ahora precisamente que en el estado se está rompiendo la Caja de Pandora del plurinacionalismo, en un proceso centrífugo irreversible, nuestros representantes en la "sucursal" se aferran a la entelequia española justo en el momento en que, ideológicamente, hace aguas. Los directores de sucursal dependen del "visto bueno" de Madrid, y a Madrid quieren reírles las gracias. Se suman al consenso tácito de las fuerzas del orden, fuerzas que niegan un mayor desarrollo de su conciencia nacional incluso a las autonomías que, extrañamente, llaman "históricas", como si Asturias y otras no tuvieran su identidad histórica, y nos meten a empujones en un proceso de castellanización. Si nuestra gente sigue emigrando y nuestras mujeres no lo tienen fácil para tener más hijos, poco nos faltará para solicitar nuestra adhesión como "reserva natural" integrada en León, Galicia o donde nos quisieran acoger.

A estos jefes de sucursal, ya que a algunos el término "colonia" les resulta excesivo, no se les ocurre otra cosa que incentivar la emigración de asturianos, en un momento en que prácticamente todo el estado es más bien receptor que emisor de emigrantes. La llamada "leyenda urbana" de Areces no fue una simple metedura de pata. Formó parte de una estrategia incentivadora para que los jóvenes, verdadera garantía de identidad nacional astur cara al futuro, se dispersen por ahí, y se terminen de españolizar en Castilla, Madrid, Levante, o donde sea. La prensa ayuda no poco a Areces y a la sucursal emisora de fuerza laboral que él dirige. Entre la negación de la realidad sangrante, y la machacona difusión de una imagen positiva del emigrado, ofreciendo una idea del mismo como "triunfador", "emprendedor", etc., políticos y periodistas están, al unísono, cometiendo un crimen miserable contra la nación asturiana. Ayudan a su despoblación, y en última instancia lo hacen para así convertirla en (aún más) dócil y gobernable. Cuantas menos almas, menos díscolos.

Carlos J. Blanco * El Fielatu. Envís de clas.


Fuente: La Haine.

 

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