El pueblo unido (y en la calle) jamás será vencido

Se van los sindicatos. Es la señal. Lxs que nos quedamos lo sabemos. Lo sentimos en el cuerpo. Lo olfateamos. La plaza empieza a cambiar de fisonomía. La tensión se instala. Los pañuelos comienzan a cubrir los rostros. Las postas de salud se activan.
Las fuerzas del cielo hoy le enviaron al gobierno lluvia, frio y viento para impedir lo que se veía venir hace días que era imparable. Pero la fuerza del pueblo es más poderosa y llenó la plaza a pesar de todo.
“Que se vayan todos”. “La patria no se vende”. “Paredón, paredón a todos los traidores que vendieron la nación”. “A donde vayan, los iremos a buscar”.
Entonces aparecen ellos. Los robocops. Tienen que vaciar la plaza. Avanzan deshumanizados, enfundados en sus armaduras, exhibiendo el poder que les fue concedido. No parecen tener dudas ni límites. Imparten miedo con la tranquilidad de quien sabe que goza de impunidad. La crueldad convertida en espectáculo. Y quieren que los veamos. Quieren que quede registrado. Quieren que nos acostumbremos.
¿Quién podía imaginar que en el país modelo de lucha y defensa de los DDHH volveríamos a ver tanques hidrantes circulando a contramano del tránsito, persiguiendo manifestantes y disparando a su paso? ¿Quién podía imaginar gases arrojados dentro de locales donde la gente buscaba refugio?
¿Quién podía imaginar decenas de policías de todos los colores, armados hasta los dientes, escoltados por motoasesinos lanzados a la cacería, corriendo manifestantes por la avenida Corrientes de Buenos Aires en plena hora pico ante la mirada absorta y espantada de turistas que disfrutaban de la “ciudad más linda del mundo” de pronto convertida en escenario de una persecución?
Y en los alrededores, el tránsito detenido. Caos. Gases, corridas, policías por todos lados. Hay algo deliberado en esta violencia. No alcanza con reprimir. Hay que mostrar que se reprime. No alcanza con golpear. Hay que exhibir que se puede golpear. No alcanza con sembrar miedo. Hay que conseguir que el miedo se vuelva paisaje. Ejercen la crueldad y quieren que se naturalice, que se registre y se viralice, sembrar el terror, mostrar de qué son capaces. Quieren disciplinar, domesticar, paralizar. Enseñarnos, a fuerza de gases, agua, motos y armaduras, cuál es el lugar que pretenden asignarnos.
El lugar de lxs que obedecen. El lugar de lxs que trabajan sin derechos. El lugar de lxs que miran cómo les quitan lo conquistado. El lugar de lxs jubiladxs condenados al hambre, el de las personas con discapacidad abandonadas, el de lxs trabajadorxs desocupadxs.
Necesitan allanar el camino de quienes odian al pueblo, quienes quieren destruirlo todo, quienes entregan nuestra soberanía; de quienes están dispuestos a cualquier cosa con tal de convertirse en los cipayos estrella de este siglo.
Pero adentro del Congreso, los gestores de esta falsa democracia también huelen. En los pasillos sienten el indicio de los gases que afuera torturan al pueblo, pero también perciben la certeza de que el horno ya no está para bollos. Guardan en su memoria los momentos en que tuvieron miedo de salir de sus casas, de caminar por la calle, de encontrarse con el mismo pueblo que alguna vez los llevó hasta esas bancas y que después aprendió a reconocerlos.
Por eso algunxs, con ese instinto político de supervivencia que aparece cuando empiezan a sentir que el piso tiembla, voltean la ley de manejo del fuego. Fuego que viene arrasando territorios, vidas, ecosistemas, comunidades. El fuego que avanza mientras los grandes propietarios, los especuladores y los dueños del mundo miran el territorio como una mercancía.
Esta vez no pudieron. Porque hay algo que todavía no pueden comprar. La conciencia colectiva de lucha y la calle. Y en la calle está el pueblo. Un pueblo que podrá estar cansado, desesperanzado, golpeado, fragmentado, mojado, gaseado, perseguido, pero que vuelve, siempre vuelve. Porque el pueblo en la calle es implacable. Lo ha sido siempre. Acá y en cualquier lugar donde la injusticia, el hambre, el sufrimiento y la crueldad intenten convertirse en destino resiste.
Ellos lo saben. Saben que pueden tener las armas, los gases, los hidrantes, las motos, las leyes, los despachos, los medios. Pueden tenerlo casi todo. Pero la calle es nuestra. Es cuestión de tiempo y de organización. Ellos también lo saben.







