Seleccionado "blanco", racismos existentes o supuestos e itinerario de les afroargentines

De paso algo sobre 'Made in Argentina', la Yoli y El Negro, que tiene todo que ver.
En estos días circularon declaraciones que aseveran que la carencia de jugadores de ascendencia africana en la selección argentina de fútbol denotaba el racismo extremo imperante en nuestra sociedad.
No entraré en las estimaciones sobre qué grado de discriminación racial profesamos. La que muchas y muchos padecen dentro de nuestras fronteras.
Pese a abstenerme en ese aspecto sí manifiesto mi convicción de que tales afirmaciones parten del desconocimiento acerca de la escasa presencia o visibilidad de población afro en nuestro país.
Reconozco que cabe la salvedad de que muches afros argentines no son perceptibles por dos razones como mínimo:
A) El alto grado de mezcla en un país de migrantes y sin segregación estricta hace que gran parte se vean más o menos “blancos”.
Yo mismo tengo una hija con mi compañera brasileña, que si no se las ve juntas y a sabiendas de que son madre e hija no puede siquiera intuirse esa ascendencia. En la docencia universitaria y la investigación me he topado con por lo menos tres jóvenes que me comentaron su ascendencia afro. Ni lo había sospechado por la sola percepción visual.
B) He leído investigaciones serias acerca de que por la mayor presencia de descendientes de pueblos originarios y de migrantes de países cercanos de parecidas características, la piel oscura suele acarrear prima facie el supuesto de que sus antepasados son indígenas. Lo que en muchos casos es erróneo. Son, en alguna proporción, afros.
Caras y caretas. Foto publicada con motivo de la inclusión por primera vez de la percepción de raza en el Censo Nacional.
Además por fortuna todas y todos se misturan en nuestra sociedad. Algo parecido a lo que en Brasil se llama “miscigenacao”. Y recibió atención y estudio concienzudo sobre todo de las brillantes primeras generaciones de les antropólogos y cientistas sociales del país hermano.
Lo que en Argentina se conoce aunque sea a través de las novelas de Jorge Amado, un apasionado amateur por ese tema.
Mi primera compañera tenía un abuelo ranquel. También un bello pelo ensortijado. Y labios atrayentes que hacían suponer que algún descendiente de africanos habitó en su árbol genealógico.
Además tengo una amiga con antepasados en parte alemanes y escandinavos que tiene rasgos nada europeos de procedencia difícil de precisar. Se lo toma un poco a risa. No disimula bien el orgullo por la paradójica belleza que bien sabe que ostenta aunque nunca lo diga.
Nos hallamos ante una suposición que proviene sobre todo de la ignorancia o las malas intenciones.
Por supuesto que todo eso no conlleva la subestimación y menos la negativa a aceptar que los afro fueron carne de cañón en la infantería en las guerras de independencia, civiles e internacionales. En paralelo iban las posiciones de menor peligro y hasta de relativo privilegio en sitios de retaguardia de los ricos, “patricios” y/o poseedores de elevados niveles de educación. Mayormente descendientes de españoles en aquellos tiempos.
Los afro sufrieron la peor parte por la desprotección a causa de la pobreza y las carencias de prevención, higiene y sanidad de la época durante las grandes epidemias del siglo XIX (tal vez también, de la “gripe española” que fue un azote en las primeras décadas del XX).
Los cadáveres de piel morena se acumularon en las viviendas precarias que coexistían con palacetes en el sur de “la reina del Plata”.
Son factores relacionados con la fuerte disminución de los antiguos esclavizados y de los descendientes de los mismos. Si se conoce un poco la comunidad afro, al menos la de Buenos Aires y el conurbano, se sabe que nos encontramos con caboverdeanos, senegaleses, nigerianos.
Uruguayos, brasileños, cubanos, dominicanos. Haitianos, puertorriqueños, estadounidenses. Hasta me he cruzado con oriundos de Liberia y Burkina Faso residentes en nuestro país.
Casi cualquier procedencia se halla en mayor o similar proporción que la del pasado colonial. A esto también contribuyeron bastante las mezclas, claro. En el aspecto físico y hasta en el desconocimiento o la falta de certeza de muches acerca de sus ancestros.
Debe abarcarse entre las causas de esto último que a muchas familias con esos orígenes les fueron impuestos o adoptaron de modo más o menos “voluntario” los apellidos de sus antiguos “amos”. El nombre que portan no suele contribuir a la develación de un pasado semiolvidado.
También sembró la semilla de la no percepción ni autopercepción de “negros” la invisibilización a conciencia que tuvieron como práctica al menos una parte de las clases dominantes. Más una porción predominante de las elites intelectuales y académicas.
Es más que conocido el cuasi fanatismo por la europeización de la población que profesaron desde Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi hasta José Ingenieros. Y aún un poco más tarde Aníbal Ponce, que a diferencia del anterior mantuvo sus posiciones de izquierda radical hasta su temprana muerte.
Es mas o menos sabido que el autor de Humanismo burgués y humanismo proletario. De Erasmo a Romain Rolland confesó que abandonó sus anteriores prejuicios raciales recién en su exilio mexicano. La última estación de su paso por este mundo.
Ocurrió cuando el intelectual argentino forjó una cálida amistad con el poeta cubano Nicolás Guillén. En una carta, Ponce confiesa que tuvo que “castigar” sus preconceptos. Aprendió a querer al escritor como a un hermano. Lo habían cautivado las virtudes literarias, éticas, políticas e intelectuales de esa gran figura de la literatura caribeña.
No vivió lo suficiente para el disfrute de la isla de Guillén convulsionada por el avance imparable de campesinos bronceados por el sol y negros de físicos imbatibles.
El ejército irregular que derrotó a la sanguinaria riada de mercenarios que les lanzó encima el abyecto dictador Fulgencio Batista. Y en años sucesivos conjuró con eficacia los múltiples intentos de desplazarlos y retrotraer la revolución teledirigidos por el poderío yanqui
Y terminó aprendiendo a querer al escritor como a un hermano. Lo habían cautivado las virtudes literarias, éticas, políticas e intelectuales de esa gran figura de la literatura caribeña.
Los residuos de aquellos ninguneos llegaron hasta nuestros días. Hace unos pocos años asistimos a cómo un presidente “nacional y popular” como Alberto Fernández repetía la gansada de antigua data “los argentinos venimos de los barcos”. Una exageración extendida y persistente a través del tiempo.
La que contiene una evidente negación de un porcentaje muy significativo de nuestro pueblo. O de población establecida con carácter permanente en nuestra tierra. A algunes podrá parecerles aventurada la conjetura de que compartir una superstición como esa tiene algo que ver con las sucesivas decantaciones hacia la derecha del ex jefe de Estado. Estamos casi convencidos de que esa relación existió.
El cuadro empeoró mucho luego, como sabemos.
El desenfado discriminador de las “fuerzas del cielo” y otras luminarias del firmamento pseudolibertario campea hoy desde las redes y los “medios amigos” del actual gobierno.
El recién terminado mundial de fútbol sirvió de plataforma propicia para acciones en el mismo sentido de reaccionarios “de a pie”. Y de quienes a veces distan de serlo sin que eso los prevenga de la repetición de cualquier barbaridad que se les atraviesa en el camino.
Los “negros” en el cine nacional y estadounidense de tema histórico o social
Dirijámonos al mundo del espectáculo para seguirle el rastro a ciertos destratos de larga data.
Recuerdo con claridad una escena de la hagiográfica película Su mejor alumno.
Aquella en la que Ángel Magaña, intérprete con inhabitual solvencia para lo regular en él del hijo adoptivo (o biológico y no reconocido) de Sarmiento se dirige con sus compañeros en la guerra del Paraguay a reclamarle a los mandos de su batallón o regimiento.
Quieren que los traspasen desde su cómodo puesto en la retaguardia, apodado con sorna “el regimiento de las señoritas” a la primera línea del frente. El regreso del cadáver de Dominguito ante la dolorida presencia de su padre busca atestiguar la patriótica nobleza del singular gesto de valentía.
Toda esa subtrama busca el convencimiento del espectador acerca del heroísmo de la elite de la época.
En el film aparecen actores afrodescendientes. Sólo en los roles de soldados reverentes hacia sus jefes. O de sirvientes caracterizados por la deferencia frente a los miembros de la “juventud dorada”.
Historiadores y críticos del cine argentino remarcan que esa presencia como “nota de color” y parte de una pretensión de realismo y verosimilitud de subalternos de fenotipo afro fue habitual en las producciones nacionales de la “época de oro” de la filmografía local.
El guion fue escrito por la frecuente dupla integrada por Homero Manzi y Ulises Petit de Murat. En principio Insospechados ambos de identificación con opiniones conservadoras o entusiasmo por la historiografía de raíz liberal.
En años más recientes, al principio de la década de 1970, fue exitosa otra producción cinematográfica nacional, Argentino hasta la muerte. Su trama tenía no pocos puntos de contacto con la de la obra anterior, dirigida por Lucas Demare. Allí era protagonista el cantante folklórico de impronta “revisionista” Roberto Rimoldi Fraga. También estaba ambientada en la condenable guerra de la Triple Alianza.
A diferencia de la precedente, se deslizaban críticas explícitas al rol del país en esa contienda. El personaje del cantante se oponía al principio a la guerra.
Estudiante de medicina transa a medias enrolándose en el servicio sanitario. Una vez en tierra de guaraníes entabla una relación amorosa con una bella, inteligente y muy patriota nativa del país hermano.
Arrasado por el desproporcionado poderío de sus rivales brasileños y rioplatenses.
Allí también aparecen personajes de rasgos africanos.
En una escena un soldado “de color”, llamado Saturnino, cochero y asistente del protagonista, cura un más bien jocoso padecimiento físico de uno de los oficiales. Interpretado por el cuasi olvidado actor José Luis Mazza.
Después de la muerte en combate de su mejor amigo, el “practicante” del servicio sanitario troca las vendas y el bisturí por el sable y el uniforme médico por la chaqueta y kepis de oficial de infantería.
A poco andar asistimos a la previsible muerte heroica del joven. Ésta se produce en el infructuoso avance ante la fortaleza de Curupaytí. En las imágenes unos desharrapados paraguayos de piel morena o atezada por el sol, parapetados en los muros, diezman sin piedad a los atacantes.
De nuevo, la muerte heroica “al servicio de la patria”. Un opositor al conflicto, perece en el desenlace del argumento.
El que arranca con la presencia en escena del poeta Carlos Guido Spano, uno de los más notables críticos del atropello contra el pueblo paraguayo. Un verso suyo dio el título a la película.
La gallarda presencia, física y en su porte y elegancia del joven contrasta con claridad con el de los defensores de la posición paraguaya. Ellos de apariencia “mestiza” y uniformes de aspecto poco marcial.
En esa ocasión el autor del guion fue Félix Luna. Agudo observador y analista del advenimiento del primer peronismo, Luna era un eficaz divulgador cuando se trataba de hechos sucedidos en el siglo XIX.
Aunque no dedicó ningún libro al conflicto que nos ocupa la trató con cierta extensión en sus libros de divulgación en torno al conjunto del pasado nacional. Los vaivenes del argumento son característicos de Luna. Así el que se da respecto al cuestionable y cuestionado supuesto vínculo entre la sañuda devastación de un vecino sudamericano y el ejercicio del patriotismo.
El historiador tenía rasgos de “revisionismo”. Junto con una prosapia radical que estaba entre los motivos de su impronta “moderada” en cuanto a posiciones nacionalistas. No profesaba una identificación más neta con la corriente revisionista.
Mientras tanto, en la “patria de la libertad y la democracia…”
La escena en nuestro país se emparentaba con la presencia muy frecuente de actores con esas facciones en el cine de Hollywood. De modo casi invariable aparecían como queribles pero también algo ridículos.
Sirvientes, lustrabotas, carteros, mucamas, guardas de tren, peones en algún trabajo manual o de servicios, encargadas de la crianza de niñas y niños ricos.
Sin olvidarse del “Tío Tom” de la “cinta” inspirada en la novela de Harriet Beecher Stowe. Desde su origen tomado como arquetipo de la entusiasta subordinación hacia los patrones de piel clara por parte de la comunidad negra estadounidense. También por los partidarios de los derechos civiles que no eran de ese origen y reivindicaban la emancipación plena de sus conciudadanos de piel oscura.
Hubo que esperar la década de 1950 para ver en pantalla a personajes de pandilleros, “rebeldes sin causa” que exhibían su resentimiento de pobres y marginales durante buena parte de la narración para “redimirse” hacia el final. El título en castellano de la producción más recordada que desplegó esa líne resultaba sugestivo Semillas de maldad.
Recién en la segunda mitad del decenio siguiente se estrenó ¿Sabes quién viene a cenar?. Allí Sidney Poitier se pone en la piel de un “negro bueno”.
También es mucho más que eso. Su figura es la de un joven y brillante médico, apenas treintañero, egresado de la más que respetable universidad John Hopkins.
En un pasaje el padre, a cargo de Spencer Tracy, le manifiesta a su esposa que recabó referencias acerca del recién presentado prometido de su hija. Éstas resultaron intachables en cualquier aspecto, académico, laboral y de vida privada.
El mensaje, voluntario o no, resulta claro. Un negro se puede casar con la hija de “gente como uno”. A condición de que sea un joven irreprochable. Por añadidura en rápido ascenso hacia una posición económica, social y cultural impensable para la generación que lo precedió.
El cuadro se completa por dos carriles secundarios y a la vez significativos.
El principal es el perfil de los padres de la enamorada y feliz novia. Se hallan delineados con los rasgos más típicos de la élite blanca, intelectual de EEUU. De una clase media próspera para arriba.
Con mucha mayor precisión, la acción se radica en San Francisco, California. La que fue una de las locaciones principales de la lucha por los derechos civiles. Las que no escatimaron boicot, huelga, toma de edificios. Además de concentraciones callejeras dispuestas a enfrentarse con la represión, la oficial o la “espontánea” por parte civiles racistas.
El culto y liberal matrimonio vive una contradicción para ellos lacerante: Sus teorías y prácticas hasta ese momento muy consecuentes conviven por un tiempo con la incomodidad con la por entonces desacostumbrada elección de su hija única. A la que por supuesto adoran y le brindan una esmerada, complaciente y amorosa atención.
El otro camino hacia la amable solución del conflicto es la visita de los progenitores del virtuoso muchacho. Son ambos trabajadores de modales humildes. Cartero jubilado él, ama de casa de religiosidad arraigada, devoción por su marido e ilimitado amor por su hijo ella. Sus perfiles no pueden ser más acordes con el de afroamericanos honestos y personas excelentes. No han tenido oportunidades mayores a causa de la segregación que sin duda sufrieron.
Lo mismo han consolidado un ascenso inobjetable, muy meritorio a través del hijo, máximo sujeto de sus virtuosos afanes.
Difícil imaginarse un diseño más redondo al servicio de la imagen de una sociedad en trance hacia un humanismo y progresismo que la rehace de ciertas rémoras que deshonraban su nobilísima tradición.
La sociedad norteamericana marcha hacia un promisorio futuro de integración democrática. Y de mayor equidad social. A la vez que retoma el glorioso sendero jalonado desde los peregrinos del Mayflower a los padres fundadores de la nación.
Era esperable, y ocurrió casi al mismo tiempo, que la algo mentirosa “gran sociedad”. La que predicaba el entonces presidente Lyndon Johnson fuera cuestionada desde variadas direcciones.
Los “panteras negras” estaban recién fundados. El movimiento de la Nación del Islam había llegado a su radicalizado auge tras un largo camino. No querían saber nada con visiones seráficas del progresismo. Tales como las de la película dirigida por Stanley Kramer, de impolutas credenciales antirracistas.
Tampoco tardó en masificarse el movimiento contra la cruenta intervención y guerra en Vietnam. El declamado paraíso de la democracia político social y la integración no sufrió el hundimiento total que se temió en esos años. Pese a eso los sueños reflejados en la película fueron sacudidos desde los cimientos.
A modo de (provisoria) conclusión
Nuestro sucinto recorrido por la trayectoria del problema “racial” en nuestro país puede llevarnos a la reflexión acerca de algunos problemas a la hora de poner en alto la orgullosa “argentinidad al palo”. No se trata para nada del arreo de banderas.
Menos aún de consuelos triviales.
Sabemos que es difícil la admisión de la para muchos insospechada o repudiada cercanía entre los entrañables relatos familiares y la discriminación por pobreza y color de piel. Las que demasiado seguido coinciden en los mismos individuos o grupos.
Muches se aferran por buenas y no tan puras razones a las narraciones familiares. Las que versan alrededor del “gringo” fundador o el matrimonio que llegó “con una mano atrás y otra adelante”. Y la prole, con frecuencia luminosa. Y después se hizo un lugar y hasta una “buena posición”. A miles de kilómetros de su puerto de partida a fuerza de trabajo, acendrados valores morales, inquebrantable amor filial.
También con el deseo empeñoso de un mejor destino para sus descendientes. Expresado en prosperidad económica y “distinción” sí. Tuvieron además objetivos más nobles. Como la elevación cultural y moral, la voluntad de que la mejora no sólo sea individual. Ni del grupo de referencia. Sino de ámbitos más numerosos.
Los referidos relatos pueden ser de rigurosa verdad.
Otras veces disfrutan de una razonable verosimilitud, compatible con alguna licencia o una que otra omisión conveniente. No ignoremos que no son escasos los que son inventados en gran parte o en todo.
Los que suelen ser la cobertura mentirosa de inmorales artimañas y traiciones.
En la fábrica, oficina, boliche o de entrecasa. Las que cimentaron reprochables “trepadas”. Que para peor muchas veces dejaron en un “abajo” injusto a quienes se merecían mucho más una mejora de su suerte y la de sus seres queridos. O también de la “comunidad imaginada” que eligieron como vocación y destino.
Aquí podría venir la parte reflexiva de pretensión sentenciosa acerca de que “los argentinos también somos eso”. Por fortuna no habitamos las páginas digitales o en papel de La Nación. Ni en algún estudio conservador de radios o canales.
No “somos” así “los argentinos y argentinas. “Son” así los egoístas, ultraconservadores, aparofóbicos y sí, también racistas, que habitan nuestra sociedad en mayor número que lo que sería deseable.
Los mismos que hace veinte años que votan PRO en la ínclita y “racional” ciudad autónoma. Quienes desde la riqueza de propietarios de la “zona núcleo” sojera respaldan a todo el que proclame las bondades de “sacarle de encima la pata del Estado al campo” o de las más genéricas “ideas de la libertad”. Aquellos abogados y abogadas que amasan fortunas a fuerza de trampas y/o servilismo hacia el capital o los nutridos patrimonios personales.
Pueden agregarse los “tiranuelos” locales que menosprecian al grueso de sus “súbtidos”. Al “colla” en Jujuy, al “toba” del Chaco y demás.
Descendientes directos, en su mentalidad y apetencias indignas, de Manuel Quintana. Aquel que desde su banca de senador nacional auspició con empeño el bombardeo del puerto de Rosario por buques británicos.
Estaba transido por la ira frente a un animoso intendente de la ciudad que se rebeló contra el Banco de Londres, llamado Servando Bayo. Y hasta amenazó con cerrarles la sucursal local de la egregia entidad financiera. El “doctor”, orgulloso exponente de la “alta sociedad” porteña hasta renunció a su banca para la elusión de un evidente conflicto de intereses entre la supuesta representación del pueblo y la enfática representación del capital británico.
El diputado, senador, ministro y luego presidente Quintana (murió en ejercicio del cargo), mitrista primero y hombre del P.A.N. más tarde tiene una avenida con su nombre. En el barrio de pretensión más elegante y “aristocrática” de la capital de la nación.
Bayo da nombre a una extensa calle de Rosario y algún recordatorio en otros lugares de su provincia, Santa Fe. Ningún punto de Buenos Aires honra su memoria.
Si practicáramos el “fatalismo de izquierda” aquí correspondería el consabido “así estamos” u otro lugar común indicado para estas ocasiones “El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”.
Nada más alejado de nuestros propósitos para la escritura de estos párrafos.
“Así estamos” pero el futuro puede depararnos un estar en el mundo bien distinto y mejor. Cuando no la completa reversión del predominio de la crápula codiciosa, entreguista y “republicana” de boquilla.
Hasta que se caga a la luz del día en todas las instituciones. Lo hará cada vez que resulte conveniente para la acumulación de la riqueza propia.
También la de sus mandantes, que a su vez derraman una parte en favor de quienes los sirven.
Volvamos un poco a las expresiones del espectáculo. A las que reflejan o acompañan nuestro transcurso por las rutas argentinas hasta el fin.
La llegada emotiva del recordado monólogo de Leonor Manso cuando explica su apego al barrio de Lanús y su desprecio por el gigante norteamericano rozó el alma de millones de argentinas y argentinos. Los identificados con el espíritu expresado en la última parte del párrafo anterior.
No sólo por el ánimo de optimismo misturado con dolor que atraviesa esas palabras. Además por las más concretas referencias a la llegada de la luz, el asfalto y otras conquistas al barrio. Era además significativo que a despecho de su presumible fe peronista, “la Yoli” no traza una línea de arriba hacia abajo entre “los años de felicidad” y las mejoras edilicias.
Las atribuye al aunado esfuerzo de la comunidad de vecinos. Muchas y muchos recordamos la expresiva frase “meta sociedad de fomento”. El guión de Nelly Fernández Tiscornia le pone en esa escena todas las fichas al elogio del logro colectivo, tal vez teñido de militancia.
Nos tocó de lleno a quienes hemos pisado algunas veces el GBA de décadas pasadas o acaso leímos o estudiamos acerca de su historia. Todas y todos nosotros sabemos de los relatos o presenciamos en vivo los tercos petitorios encabezados por el concejal, concejala o “responsable” comunista del municipio.
Acompañados de cerca o por otras calles por las manifestaciones a menudo más contundentes de los peronistas revolucionarios o sólo “combativos” de la zona.
“La Yoli” en esos minutos nos representó a todes. Las manos callosas y los pies torturados por las zapatillas viejas encerraban muchas claves. A Leonor Manso ni siquiera le faltó para el 'phisique du rol' la piel más oscura u oscurecida.
No hubo maquillaje de ese tono. Sí se lució el equipo artístico con la ropa de entrecasa, desgastada y de color terroso que impresionó nuestra memoria en el sentido de que “la Yoli” es una “negra cabeza”.
Suponemos fácil que asistió aterrada en su infancia al bombardeo de Plaza de Mayo o a otras tropelías menos famosas y más cercanas. Las de la época aciaga en la que los “libertadores” civiles y militares se creían la cabeza de la “desperonización” de las clases explotadas.
No puede ser de otro modo. Ojo, el que seguro es “cabeza” es “El Negro” Patricio Contreras. Mecánico de clientela declinante, está arrobado por la perspectiva de mudarse a Nueva York. Para empezar de nuevo en la capital mundial de la riqueza y el consumo.
Esopo. De la Grecia clásica al ecumenismo peligroso del ¡Viva Perón!”
Una vez más, el símil criollo y contemporáneo de una historia de la Grecia clásica. Repasémosla. Esopo, a la sazón esclavizado, posesión de su amo Xanto, es el protagonista. El propietario lo envía un día al mercado con el encargo de que traiga el mejor alimento que allí se consiga. El famoso fabulista (que no fabulador, no es lo mismo) trae lengua.
Ante el asombro del amo, se deshace en elogios al vehículo de la más exquisita oratoria, habitual portadora de las verdades tan valiosas como irrefutables. La mediadora para la difusión del pensamiento más profundo. Trasmisora de las cualidades de los espíritus más exquisitos. Instrumento del diálogo y la paz entre hombres enfrentados.
Unos días después ordena de nuevo el dueño. Tal vez algo mosqueado por la agudeza de quien le está sometido por la fuerza de su brazo. El que puede levantar armas que al otro le están prohibidas. También respaldado por la ley injusta. La que sostiene su poder y su engreído antojo.
Otra vez el esclavo que vale un infinito más que su apropiador marcha al mercado. Tiene ahora el encargo de traerle lo peor que encuentre. De nuevo asombra con su elección. Su carga es una vez más de lengua.
Interpelado, esta vez con dureza, fundamenta la decisión en que se trata del asiento de la calumnia y la maledicencia más sucias. Que sirve para la perpetración de engaños arteros que dañan a los buenos y a los desamparados. Que insulta a menudo a propios y extraños. Incluso con las palabras más injustas y los epítetos peor intencionados.
Si trasladamos la parábola a la sufrida patria argentina de la segunda mitad del siglo anterior y lo que va del actual podemos encontrarnos con alguna miga. Si siituamos al peronismo como ofertado en el mercado (sin alusión a dirigente ni agrupación alguna, por favor) el émulo argento del autor de La zorra y las uvas lo hubiera acarreado las dos veces. Al abstracto conjunto o a las individualidades y las agrupaciones peronistas.
Se nos observará el matiz de que “El Negro” no es lo peor del país, de Lanús ni de ninguna parte. Es sí un ambicioso algo iluso.
Demuestra sin embargo que puede ofender a sus familiares. Echarle en cara a su mujer la apariencia empobrecida, la falta de “finura”, el envejecimiento prematuro. Su desaliño y “fealdad”. Ceñido al gusto hegemónico, por supuesto.
Es capaz de ilusionarse con “peces de colores” cuya persecución puede hacer mucho daño. Si hubiéramos seguido compartiendo sus días tal vez hubiéramos asistido a su entusiasmo con ese muchacho de pelo raro que rugía en la televisión contra “la casta”.
Como contraparte suya y sobre todo de su esposa están el médico brillante que marchó al exilio cercado por la dictadura. Y sobre todo la elegantísima hermana de “El Negro”. La que rezuma satisfacción porque sus hijas sólo hablan inglés. La misma que ahora execra al país en el que nació, se formó y vivió hasta hace pocos años.
Al término de la escena y de la película nos queda la confortante certeza de que preferimos equivocarnos con la yoli que compartir las razones de su cuñada. También estaremos seguros, o deberíamos estarlo, de que no nos consolaremos dándole a probar dulce de leche a las nenas. Mientras nos abstenemos de cantarle las cuarenta a la envanecida que no quiere que pongamos nuestro tozudo hombro una vez más al servicio del lugar y el pueblo que amamos.
Y que encima quiere llevarse para su lado a quienes buscan la perseverancia desde la otra orilla. La que al menos en apariencia es inundable y barrosa.
Volvamos al punto central.
Refuerzo, reitero: No nos enojemos en demasía si nos endilgan un componente de racismo. Una cosa es la refutación de exageraciones o falsedades. Otra hacerse el tonto ante hechos comprobados y no simples impresiones u opiniones.
VENCEREMOS.
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