El Robi Santucho: todo el hidalgo valor de la vida

Juguetes perdidos
Corría el año 1996 y en la sede de Unione e Benevolenza se realizó el primer homenaje público a Mario Roberto Santucho. Para quienes asistimos a ese acto --jóvenes que apenas arañábamos los 18 o 19 años-- era el Robi, uno de los principales referentes de aquella generación de los setenta que oficiaba de mito en el sentido mariateguista: nos conmovía y estimulaba a la acción, su aureola mística y romántica rodeaba a todo lo referido a esos años de amor y de guerra, de violencia y revolución a la vuelta de la esquina, de contracultura, luchas callejeras y un enorme proceso de politización de masas, del que el Cordobazo acaso haya sido su punto más álgido. Si la memoria no me falla, ese "secreto compromiso de encuentro" fue en julio, en un subsuelo atestado de gente, y entre los pocos recuerdos que me marcaron, el más bello es haber escuchado a un jocoso Envar El Kadri narrar un partido de fútbol entre presos políticos, y cómo el compañero que fungía de improvisado árbitro en el patio del penal no cobró una falta imperdonable, en aras de inclinar el juego a favor de uno de los bandos guerrilleros con el que era afín. Esa desacralización de la lucha armada fue un guiño imprescindible para (re)humanizar a aquella militancia tan estigmatizada por el poder dominante, escamoteando a la vez la tentación de confinarla en el triste papel de ser meras "víctimas" del Estado terrorista.
El 96 fue un año bisagra en múltiples sentidos. Arriesgamos a decir que resultó un momento constitutivo --un sustrato y catalizador profundo-- de la subjetividad insumisa, audaz y combativa que, cual viejo topo, fue horadando el consenso neoliberal e hizo posible la rebelión popular de diciembre de 2001. Los emblemáticos 20 años del golpe y una atestada Plaza de Mayo desbordante de música e indignación con las Madres despotricando a grito pelado contra el capitalismo, los milicos y la deuda externa; la irrupción de H.I.J.O.S. y el relevo generacional que ocasionó; la emergencia de un crisol de agrupaciones independientes e iniciativas autónomas en universidades y barrios, el apoyo escolar en villas, la educación popular, la comunicación alternativa y los centros culturales autogestivos; Cutral-Co y las primeras puebladas, con los fogoneros y piqueteros cuyos rostros cubiertos se hermanaban con los pasamontañas y el ¡Ya Basta! zapatista en Chiapas; las tomas de tierras y ollas comunitarias que se multiplican como hongos en las periferias; revistas como Los '70, que revitalizaron la memoria histórica a partir de un sinfín de hitos y proyectos revolucionarios de esos tiempos sinuosos; los Redondos, la Renga y (para quienes vivíamos en la zona sur del conurbano) 2 Minutos, con su contracultura contestataria y sus cánticos antipolicía; los casetes que circulábamos de mano en mano y nos permitían escuchar desde discursos del Che, Fidel y les sandinistas, a canciones inéditas de Silvio, Santiago Feliu, Víctor Jara, Violeta Parra o Mejía Godoy; películas como Buenos Aires viceversa, que tendían puentes y diálogos intergeneracionales con ese pasado ardiente.
El año siguiente tendría un significado similar para un sector de la juventud cada vez más politizada: 1997 fue el 30 aniversario de la caída del Che y dio lugar a variadas y complementarias instancias de conmemoración y homenaje, no desde la mera exégesis sino en clave formativa e irreverente. Actos y recitales masivos, fanzines y cuadernillos artesanales, biografías, cátedras libres y seminarios itinerantes, hicieron de Ernesto Guevara uno de los nuestros, distante del bronce y menos impoluto, más próximo, de carne y hueso y sin que pierda estatura histórica ni radicalidad política.
Para muches, el Robi y el PRT-ERP (imposible de concebir el uno sin el otro) encarnaban la mayor expresión de ese guevarismo en nuestro país. Y si bien en tanto dupla organizativa había tenido una existencia efímera (apenas arañó una década), no por ello resultaba menos intensa, atractiva y potente. Por lo reciente, aún destellaba admiración y respeto. Así, distanciándonos de todo "exitismo", leyendo su derrota en una clave transitoria, es decir, no concluyente ni definitiva, en tanto experiencia colectiva era vista como un valioso legado que requería ser asumido como propio sin miramientos. Claro que no estaban exentas las discusiones y lecturas en torno a sus posibles errores y limitaciones. Sin embargo, su debacle la enmarcábamos en el plan de exterminio y desaparición masiva de gran parte de sus integrantes y cuadros más abnegados a manos de la dictadura. Frente a ese genocidio atroz y sin precedentes es que exigíamos precisamente "memoria, verdad y justicia". Es en este marco que hicieron su aparición los escraches populares, combinando la denuncia y el anuncio, el artivismo y la recuperación del espacio público y del territorio barrial desde una praxis que anudaba protesta callejera, performatividad, prefiguración e identidad colectiva.
A través de la atenta escucha y del testimonio de sobrevivientes, de hurgar en materiales y folletos traspapelados, en audios, registros fotográficos y publicaciones perdidas de la época, esa epopeya todavía latía como tizón encendido en la atmósfera tejida en común durante aquellos tiempos de naufragio, por lo que requería ser atizada sobre nuevas bases sin renegar de su desmesura. No para endiosar al Robi y a esa generación aguerrida, sino en tanto "heterodoxia de la tradición", raíz o linaje más que programa a levantar, tal como nos sugería el Amauta peruano José Carlos Mariátegui. Rechazábamos el tradicionalismo y la falta de imaginación, y por eso la tarea consistía en inventar o errar, aunque por supuesto ello no equivalía jamás a recomenzar de cero.
La herencia setentista no nos resultaba para nada pesada. Más bien aprendimos de ella y nos orientó cual brújula en tiempos donde la noche parecía más oscura. Dentro de ese variado inventario del que nos nutrimos para el combate y el andar colectivo, uno de los más potentes fue el que nos brindó la figura mítica de Mario Roberto Santucho. Para quienes nos iniciamos en la militancia durante la segunda mitad de los 90, pero también para les que al calor del 2001 nacieron a la lucha, constituyó una referencia ineludible en ese entonces y hoy vale la pena traerla al presente, más allá de toda efeméride o fecha redonda.
Con los puños en alto deseando al final hacer la revolución
El Robi fue el mayor exponente de lo que podríamos definir como un marxismo no eurocéntrico y guevarista en Argentina, que amalgamó la lucha frontal contra el sistema capitalista, la importancia del antiimperialismo y la identidad latinoamericanista, sin omitir la necesidad de una estrategia propia y situada acorde al territorio específico donde se pretendía dar inicio a la lucha armada. Ya desde su temprana militancia en el Frente Revolucionario Indoamericanista Popular (FRIP), con incidencia entre los trabajadores azucareros y sectores estudiantiles del norte del país, Santucho tuvo una particular lectura de la realidad nacional y de lo que define como Indoamérica, tal como se evidencia en su folleto El proletariado rural detonante de la revolución argentina, aprobado en el Congreso del FRIP que se realiza en Tucumán en enero de 1964.
Si bien el PRT es forjado en 1965 a partir de la confluencia de dos organizaciones disímiles, pero con intereses y perspectivas comunes, en un contexto donde lo prioritario para ellas era ante todo la unidad (el FRIP y Palabra Obrera), lo cierto es que luego de unos años de caminar juntas, en 1968 las diferencias se tornan irreconciliables. Esto lleva a que, bajo la denominación de El Combatiente, el sector liderado por Mario Roberto Santucho rompa con el trotskista encabezado por Nahuel Moreno, bautizado de ahí en más como La Verdad. El PRT El Combatiente pasará al poco tiempo a ser conocido como PRT a secas. En los documentos que va forjando al calor de los debates y querellas estratégicas, el Robi apela desde ya a Marx, Engels y Lenin, pero también a Trotsky, Mao, Fidel Castro y el Che, sin desestimar otras actualizaciones como las formuladas por los dirigentes del comunismo vietnamita Nguyen Giap, Ho Chi Minh, Truong Chinh y Le Duan. De todos ellos tomará aquellos retazos más subversivos y complementarios, con el propósito de amalgamar de manera certera conocimiento y transformación de la realidad, en plena sintonía con la célebre Tesis XI.
Esta constelación se combinaba con los aportes a la guerra revolucionaria extraídos de las gestas insurgentes y las luchas independentistas sudamericanas encabezadas por Bolívar, San Martín, Belgrano, José Artigas, Juana Azurduy y otras figuras destacadas de aquella primera independencia conquistada con las armas (y donde la guerra de guerrillas tuvo un papel preponderante) en las primeras décadas del siglo XIX. Marxistas heterodoxos de Argentina, entre los que se destacan Silvio Frondizi y Milcíades Peña, fungen también como referencia teórico-analítica para la lectura de la historia reciente del país y una interpretación no ortodoxa de su formación económico-social. Profundamente crítico del etapismo stalinista y de las posibilidades de disociar la lucha antiimperialista de la apuesta por la revolución socialista, el mayor referente del PRT-ERP asume como principio epistemológico a la lucha de clases y atiende a las particularidades de nuestra sociedad, aunque sin descuidar el papel del imperialismo, el subdesarrollo inducido y los condicionamientos impuestos por el capitalismo como sistema mundial.
Aquella solitaria vaca cubana
Como trasfondo, resulta difícil disociar el triunfo de la revolución cubana en enero de 1959 y lo que esa gesta insurgente abrió a nivel continental y mundial, de la dinámica de radicalización política que viven las juventudes en Argentina, la región y el por entonces llamado Tercer Mundo. De hecho, no es ocioso recordar que Mario Roberto Santucho viaja por primera vez a la isla en 1961. Allí traba relaciones con cuadros del Movimiento 26 de Julio y llega a escuchar, junto a una multitud enfervorizada, a Fidel Castro proclamar el carácter socialista de la revolución. Durante su estancia, se suma a las brigadas de trabajo voluntario en la zafra y recibe el primer entrenamiento guerrillero.
No obstante, sería un error reducir la creación de organizaciones político-militares como el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), votada a mediados de 1970 en el V Congreso del PRT realizado en el Delta del Paraná, exclusivamente a la influencia y convicción que transmite la experiencia triunfante de la guerra de guerrillas en Cuba. Factores como las recurrentes dictaduras y golpes de Estado sufridos (en particular el Onganiato), la proscripción y enconada resistencia peronista, el cierre de prácticamente todas las vías democráticas de expresión y participación política, y la dinámica de creciente confrontación obrera vivida en los ingenios azucareros del norte del país, entre otros factores, operaron como catalizadores endógenos de una apuesta que, de todos modos, tuvo como referencia ineludible al pensamiento irreverente y la praxis rebelde del Che, caído en combate --en sentido estricto, fusilado-- en La Higuera. Un temprano escrito elaborado por él tras el triunfo de la revolución, sintetizó la disyuntiva ante la que se encontraban los pueblos del sur global. Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia de la lucha anticolonialista?, más que un interrogante, fue una interpelación a las nuevas generaciones para multiplicar esa herejía.
Su mensaje a la Tricontinental, bajo el lema "revolución socialista o caricatura de revolución", vino a quebrar aún más la inercia de las izquierdas vetustas y etapistas en América Latina. De acuerdo a su lectura, no era necesario esperar que se dieran todas las condiciones para iniciar la guerra revolucionaria, ya que la voluntad y decisión colectiva de un núcleo organizado y activo podía crearlas (o bien acelerarlas). A su vez, Cuba brindaba la certeza de que era posible vencer en la guerra al ejército enemigo. El Che supo ejercitar el internacionalismo como pocos ("crear dos, tres, muchos Vietnam" fue una consigna que acompañó con el cuerpo hasta sus días finales en la selva boliviana), y producir textos e hipótesis de una enorme hondura intelectual y política, que renovaron el marxismo desde un prisma heterodoxo, sin dejar de apostar por el socialismo y de denunciar la actitud imperialista en el continente con igual rabia que a las formas neocolonialistas que asumía la realidad del Tercer Mundo. Su extrema abnegación y la precoz muerte en combate que sufre en la selva boliviana, lejos de aplacar las perspectivas de la lucha armada, aportan a nutrir un imaginario que lo concibe como mito movilizador para esta nueva generación que ansiaba revolucionarlo todo.
A nivel general, para las y los militantes del PRT-ERP su figura encarnaba a ese hombre nuevo de plena coherencia ético-política entre el decir y el hacer, al que debía aspirar cualquier combatiente que se precie de tal. Recordemos que un porcentaje importante de quienes componían esta nueva organización no llegaba a tener 25 años. No es casual que su agrupación juvenil se haya bautizado Juventud Guevarista, ni que el símbolo elegido por la Junta de Coordinación Revolucionaria (instancia de articulación sudamericana gestada por el MIR chileno, el ELN boliviano, Tupamaros de Uruguay y el PRT-ERP de Argentina) fuera el rostro icónico del guerrillero argentino-cubano. La revista editada por esta "pequeña Zimmerwald" tuvo por nombre nada menos que Che Guevara, y en sus páginas se reprodujeron varias de sus proclamas y documentos. Frente a una izquierda de "mentalidad tímida" que en todo veía "grandes peligros" y retrocedía "ante los riesgos", el principio revolucionario defendido por el Robi era que "no se puede destruir el capitalismo sin audacia y más audacia".
Un corazón no se endurece porque sí
El PRT-ERP se propuso impulsar un proyecto de ruptura y transformación radical de la realidad, en sintonía con los cataclismos que se vivían en los años sesenta y setenta en América Latina y el Tercer Mundo. De la Cuba insurgente al Vietnam liberado, pasando por un sinfín de experiencias en Asia, África y nuestro continente en ebullición, que serían resignificadas por el PRT-ERP para construir una apuesta política definida como nueva izquierda en el país. A contramano de la línea timorata y gradualista de los partidos tradicionales (centralmente el PC y el PS) y en franca polémica con las corrientes populistas en boga, el Robi tuvo el arrojo de proponer un proyecto de lucha armada (siguiendo la estela de las Fuerzas Armadas Peronistas) y construcción de poder revolucionario asentado en la clase trabajadora y el bajo pueblo ("los pobres del campo y la ciudad", como les llamaría Miguel Enríquez), que requería desplegarse desde una temporalidad de más largo aliento, para dar pelea en múltiples territorios de forma creciente y coordinada (fábricas, ingenios, barrios, universidades, escuelas, villas, comunidades rurales). Todo ello teniendo como horizonte un socialismo no burocrático, basado en el protagonismo de las masas y sin reconocer frontera alguna.
Un aporte en este sentido fue la importancia estratégica otorgada a los llamados frentes de masas y su política en favor de una disputa revolucionaria unitaria e integral, construida desde abajo y ajena tanto a las lógicas sectarias como al posibilismo. Esta actitud frentista incluyó, por parte del PRT, en primer lugar, la creación durante julio de 1973 del Movimiento Sindical de Base en el seno del activismo obrero, que buscó reagrupar comisiones internas, sindicatos combativos, comités de lucha, listas opositoras y células de fábrica de buena parte del país. Entre sus principales referentes se incluyeron dirigentes de Sitrac-Sitram y del clasismo cordobés, de los ingenios azucareros tucumanos y de los cordones industriales de los principales centros urbanos. En abierta confrontación con el "Pacto Social", la patronal y el sindicalismo conciliador, propició uno antiburocrático y contó con figuras afines como Agustín Tosco.
Pero quizás la apuesta más interesante haya sido el Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS), una plataforma amplia y de articulación que llegó a congregar miles de militantes, decenas de organizaciones, grupos y movimientos, así como variados referentes intelectuales y políticos de la talla de Alicia Eguren, Silvio Frondizi, Armando Jaime y Manuel Gaggero. A diferencia de las propuestas del peronismo burgués y el comunismo stalinista --quienes también apelaban a una vocación de tipo "frentista"--, en esta iniciativa no cabían sectores capitalistas ni explotadores, sino las masas populares en toda su vasta y diversa composición. Teniendo como antecedente a los comités de base (impulsados en 1972 a nivel territorial y barrial) y el Frente Antiimperialista Antidictatorial, el FAS vivió un crecimiento acelerado que se evidenció en sus sucesivos congresos, el último de los cuales se realizó en Rosario en junio de 1974 y logró convocar a casi 30 mil activistas.
A estas iniciativas habría que sumar el Frente Antiimperialista de Trabajadores de la Cultura (FATRAC), el grupo Cine de la Base, así como la edición de varios periódicos y revistas de gran tiraje: El Combatiente (que en su mayor esplendor ascendía a más de 20 mil ejemplares), Estrella Roja (con una tirada de alrededor de 55 mil copias), Nuevo Hombre, Juventud Rebelde y el diario El Mundo (que salía por las tardes cotidianamente y los domingos vendía cerca de 100 mil ejemplares), además de diferentes publicaciones provinciales o locales, como Posición y Nueva Patria en Córdoba o Luchar y los Cuadernos de Información Popular en Buenos Aires.
Por todo ello, en las antípodas de quienes interpretan al PRT-ERP meramente como una variante "foquista" abocada tan solo a desplegar acciones armadas, es posible afirmar que, en sus pocos pero intensos años de existencia, buscó combinar las más diversas formas de lucha y dar batalla política también en el plano cultural y de las ideas, aún en coyunturas donde los resquicios de legalidad se acortaron al mínimo y la violencia parapolicial arreciaba.
Fijate de qué lado de la mecha te encontrás
Sería incorrecto catalogar al Robi como un "obrerista" que desmereció a otros grupos y sectores subalternos en lucha. Desde ya que en el contexto en el que desplegó su militancia, el proletariado fabril tenía una centralidad ineludible, tanto por su posición estratégica en el proceso productivo y al interior del complejo industrial constituido en vastas regiones del país, como debido a su experiencia, memoria histórica de resistencia y tradición organizativa, que abrevaba en lo que Adolfo Gilly definió como "anomalía argentina" (una enorme combatividad y capacidad de decisión en el seno de la fábrica, por parte de cuerpos de delegados y comisiones internas, que tendían a desafiar la soberanía y el poder empresarial).
No obstante, supo identificar con lucidez el potencial emancipatorio de otros sujetos populares, por lo general subestimados por el marxismo más dogmático y las izquierdas clásicas: desde trabajadores rurales y comunidades indígenas del norte, hasta un crisol de otros actores disímiles y de condición periférica que, según él, tendían a confluir en una amalgama de intereses que era preciso aunar al interior de un mismo frente con proyección socialista. A modo de ejemplo, en un editorial de El Combatiente difundido en agosto de 1973, llegó a expresar que "el movimiento sindical clasista, las Ligas Agrarias y los Frentes Villeros constituyen excelentes herramientas para el desarrollo de la movilización de las masas obreras, campesinas y de pobres de la ciudad, que tenderán a unirse, a apoyarse mutuamente por la similitud de sus problemas, ante el enemigo común".
Claro que el proyecto encabezado por Santucho no estuvo exento de cierta rigidez teórica y voluntarismo revolucionario. Pero en todo caso, ese énfasis debe entenderse como una respuesta frente al quietismo y la inmovilidad en la que se encontraba sumida gran parte de la izquierda tradicional en el país y en nuestro continente. Frente a la coexistencia pacífica y la subordinación absoluta a las directrices que la URSS pretendía imponer al movimiento comunista internacional, esta nueva izquierda propone una estrategia de poder que confronte con este "peso de la inercia" y articule múltiples disputas y tácticas, entre ellas la guerra de guerrillas, aunque sin disociarla de la lucha de masas.
Este último precepto implicaba que un número importante de integrantes del PRT debía abocarse al trabajo político en los diferentes territorios donde la organización estaba presente o aspiraba a intervenir. Si bien no podemos ahondar en cada uno de ellos, en conjunto denotan la vocación de disputa integral que tenía. Ello implicaba que el mayor despliegue de acciones armadas por parte del ERP debía ser acompañado por la creación y el crecimiento de frentes de masas con un similar espíritu de construcción de poder popular, no sin tensiones y recaídas ocasionales --como la ocurrida entre 1971 y 1972-- en lo que el propio PRT denunció a posteriori como una desviación "militarista".
La concepción de lo que el Robi definió bajo el término de poder dual es otra de sus apuestas más originales y osadas. Esbozado ya desde la segunda mitad de 1973, será en Poder burgués y poder revolucionario --uno de los mayores documentos programáticos del PRT-ERP y de la nueva izquierda de los años setenta-- donde formule una caracterización más acabada de él y avance en su dimensión propositiva en términos estratégicos: el documento, publicado por Ediciones El Combatiente el 23 de agosto de 1974, busca ensayar un análisis marxista de la historia política reciente de Argentina, con miras a dilucidar las particularidades de la revolución en el país.
Según la lectura de Santucho, las clases dominantes han utilizado de manera reiterada dos formas fundamentales de dominación burguesa: la república parlamentaria y el bonapartismo militar. "Ambos sistemas --dirá-- utilizan combinadamente el engaño y la fuerza para mantener la hegemonía de la burguesía", aunque en rigor lo que se pone en evidencia en esta coyuntura es una profunda inestabilidad y la dificultad de sostener un orden duradero sin apelar a esta alternancia de regímenes políticos.
Luego de describir los rasgos distintivos de cada una de ellas, y de advertir que "una política revolucionaria debe saber utilizar todo tipo de armas, incluso aquellas que han sido creadas y son usadas con ventaja por la burguesía", sin que esto equivalga a pensar que es posible producir cambios importantes meramente a través de la disputa electoral, postula una de las principales hipótesis que será una obsesión del PRT-ERP: "la ausencia hasta el presente de una opción revolucionaria de poder que ofreciera a las masas una salida política fuera de los marcos del sistema capitalista". Entre los factores que han obturado esta necesidad, destaca el rol de las corrientes reformistas y populistas, que tienden a perderse "en el laberinto de la lucha interburguesa" o "difunden falsas esperanzas apoyando sin rubores a uno u otro dirigente de la burguesía pretendidamente 'progresista'".
Tras pasar revista y recuperar tanto a referentes clásicos del marxismo (Marx, Lenin y Trotski) como a experiencias históricas recientes (la España revolucionaria y Vietnam), en el caso concreto de Argentina, la hipótesis que sostiene es que, al menos en un período inicial, el doble poder ha de desarrollarse --en el campo o en las ciudades-- en forma desigual en distintos puntos del país, por lo que han de surgir localmente modalidades y "órganos de poder obrero y popular, ya sea permanentes o transitorios, coexistiendo con el poder capitalista", aunque confrontando con él de manera constante y bajo el influjo de la movilización de masas. Esta perspectiva de construcción de un poder local con anclaje territorial, tanto en ámbitos rurales como en centros urbanos, requería "encarar la solución soberana de los distintos problemas de las masas locales", donde ellas mismas comiencen a tomar la responsabilidad de gobernar su zona, pero dista de concebirse como algo encapsulado y autosuficiente, ya que estos "órganos embriones de poder popular" deben ser resultado de un proceso general, siendo su multiplicidad y extensión un factor que dificultará las posibilidades represivas.
Te prefiero igual, internacional
Otra arista adicional que supo acompañar y apuntalar siempre la praxis militante del Robi --de enorme vigencia en estos días-- es la referida a su vocación internacionalista. Desde su génesis misma, el PRT tuvo una concepción de la liberación que trascendía las fronteras de Argentina. Tanto durante la segunda mitad de los años sesenta como en el devenir político-militar de los años setenta, resultó clave la perspectiva latinoamericanista, la solidaridad activa con las luchas en otras latitudes del planeta, el hermanamiento e incluso el horizonte de confluencia con procesos revolucionarios y movimientos de la región y el Tercer Mundo.
En su Santiago del Estero natal y en Tucumán echó raíces una de las vertientes que marcaron a la propia familia Santucho: la precoz lectura indoamericanista del primer aprismo, que permeó al FRIP y concibió a América entera como un territorio a emancipar de la opresión neocolonial. A ella le sucedió, ya en el caso del PRT como organización de combate, una activa participación en la Tricontinental y la OLAS, la reivindicación de los ejércitos libertadores a nivel continental liderados por San Martín y Bolívar, la adscripción durante varios años a la IV Internacional trotskista (hegemonizada por la corriente de Ernest Mandel), así como la permanente apelación a la revolución cubana, a la vietnamita y al guevarismo. Más allá de los vaivenes, el Robi siempre tendió a priorizar una identidad latinoamericanista, junto con la asunción del carácter mundial del capitalismo como enemigo a combatir (en su fase imperialista) y la convicción de que era necesario construir el socialismo también a escala planetaria.
Sin desestimar los posibles ensayos de articulación y los puentes edificados previamente, será la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR) la mayor apuesta de internacionalismo militante concretada por el PRT-ERP y otras organizaciones hermanas del Cono Sur. Si bien ya en noviembre de 1972 comienza a materializarse en territorio chileno la idea de una coordinación orgánica permanente, como tal es fundada en 1973 por el MIR, Tupamaros de Uruguay, el ELN boliviano y la guerrilla argentina, y se hace pública su existencia a comienzos del año siguiente. De acuerdo a la declaración constitutiva de la JCR, que inicia con un epígrafe del Mensaje a la Tricontinental redactado por el Che Guevara, estas cuatro organizaciones manifiestan una "sentida necesidad" de "unificar las fuerzas revolucionarias frente al enemigo imperialista" y el sistema capitalista neocolonial.
En esta lucha, y tras pasar revista a las diversas tradiciones latinoamericanistas que les precedieron (desde el legado anticolonial encabezado por Bolívar, San Martín y Artigas a los movimientos de la clase obrera de principios de siglo XX, emparentados con el anarquismo, el socialismo y el comunismo, pasando por la gesta de la revolución cubana y la legendaria figura del comandante Ernesto Guevara), identificarán por un lado un enemigo más sutil, el nacionalismo burgués, en tanto variante demagógica a la que los poderosos apelan cuando la violencia contrarrevolucionaria pierde eficacia, y, por el otro, al reformismo, concepción errónea que anida en el propio seno del pueblo trabajador, y difunde entre las masas ideas pacifistas y liberales, embelleciendo a las burguesías nacionales y al ejército contrarrevolucionario, con la misma pasión con la que "exageran la importancia de la legalidad y el parlamentarismo".
A lo largo de 1974 y hasta 1976 (momento en el que no solo el terrorismo estatal en Argentina, sino también el Plan Cóndor, desarticularon toda posibilidad de coordinación mínima entre las guerrillas y asesinaron a una inmensa cantidad de sus integrantes), en tanto "nueva organización internacionalista del Cono Sur latinoamericano", la JCR realizó diversas acciones, tanto estrictamente militares como de trabajo conjunto, agitación y propaganda. Ideó una Escuela Internacional de Cuadros, gestó una agencia de prensa continental (APAL), editó la revista Che Guevara, de la que llegó a publicar tres números, y hasta logró elaborar un arma de fabricación propia: la subametralladora JCR Modelo 1, "realizada desde la primera a la última pieza" en los talleres del ERP para garantizar "el autoabastecimiento de armamento de las fuerzas populares".
Asimismo, la JCR se propuso ejercitar el internacionalismo y tener presencia más allá del Cono Sur, abriendo oficinas en capitales europeas (entre ellas París y Lisboa) y llegando a proyectar la participación de un contingente propio en la revolución angoleña, que tenía previsto colaborar con el proceso de liberación en el territorio africano brindando profesionales de la salud y científicos, iniciativa que finalmente quedó trunca. Según relatan exintegrantes del PRT, Santucho fue quien más insistió en este punto, retomando la experiencia vietnamita. De hecho, durante su estancia en Francia en pleno mayo parisino, había aprendido acerca del relevante papel de este tipo de solidaridad activa, llevada adelante, entre otras organizaciones hermanas, por la Liga Comunista.
Los golpes de Estado y la brutal represión sufrida en sus respectivos países hicieron que un núcleo de guerrilleros del MIR y Tupamaros se instalara en Argentina tras la instauración de regímenes dictatoriales en 1973 en Uruguay y Chile, a los que se sumó un contingente del ELN boliviano. En este marco, el centro de gravedad de la JCR pasó a ser el territorio donde combatía el PRT-ERP. De acuerdo a su análisis, la JCR era de enorme importancia como "pequeño embrión de organización internacionalista" para "avanzar en la construcción de fuerzas revolucionarias internacionales", aunque las condiciones impuestas en la región, con la instauración de regímenes dictatoriales, restringían la posibilidad de su consolidación, en la medida en que bloqueaba la "necesaria legalidad para poder realizar una tarea más consistente".
La inflexión que marcó el declive de la JCR fue obviamente la derrota político-militar tanto del PRT-ERP en Argentina como del MIR en Chile, aunque en particular su disolución estuvo condicionada por la detención de dos destacados miembros de la coordinación de la JCR en mayo de 1975: el militante mirista Jorge Fuentes Alarcón (quien posteriormente sería desaparecido) y Amílcar Santucho, hermano del Robi e integrante del PRT-ERP, ambos capturados en Paraguay en el marco del llamado Plan Cóndor.
Cuando el fuego crezca quiero estar ahí
Uno de los motivos por los que el Robi es, hasta el día de hoy, un espectro imposible de digerir --no solamente por parte de las clases dominantes, sino también por el progresismo, el panperonismo y un sector importante de las izquierdas--, es por encarnar el ejercicio colectivo de una contraviolencia de clase, que no se amedrentó ante un enemigo tan poderoso y cruel. Por cierto, Santucho fue un hacedor más que un teórico, aunque por lo general se olvida que produjo más de 600 páginas de documentos políticos, editoriales y notas centradas en el análisis de coyuntura y la estrategia política, por lo que no sería errado definirlo como un intelectual orgánico en el sentido gramsciano del término, esto es, en tanto especialista y organizador. Volcó sin descanso sus conocimientos, experiencia y saberes militantes a un proyecto revolucionario que aspiró a nuclear como fuerza social y político-militar a lo más avanzado del movimiento obrero y los sectores populares del país, orientando la lucha de clases en base a una novedosa propuesta de construcción y disputa del poder, cuyo horizonte último era el socialismo a escala mundial.
Aquel temor y pánico moral que supo generar en élites empresarias, burócratas sindicales, diplomáticos del imperio o políticos arribistas, halló su anclaje en un núcleo de buen sentido que anidaba en una parte sustancial de las clases subalternas: el cuestionamiento al sistema y una perspectiva real de combate e impugnación contra él, que entre 1969 y 1975 se enlazó con --y a la vez aportó a-- una intensificación y confluencia de las luchas populares a niveles inéditos, al punto de abrir tras el Cordobazo una fase de ascenso e insubordinación de masas, delineando una embrionaria guerra civil.
El no haber asumido que, a partir de mediados de 1975, comenzaba a vivirse en el país un parcial pero creciente reflujo de la movilización, combinado con la insistencia por parte del PRT-ERP en realizar ofensivas armadas asentadas en una lectura de la correlación de fuerzas más de tipo técnico-militar, así como el confundir disposición para la lucha o estado de ánimo en los sectores más combativos de las masas con conciencia de clase y convicción estratégica del conjunto del pueblo trabajador, terminó redundando en un mayor aislamiento político. Esto, sumado a la escalada de asesinatos de cientos de cuadros por parte de la Triple A y a la subestimación de la capacidad aniquiladora de la dictadura instaurada el 24 de marzo de 1976, selló la derrota no solamente de la mayor guerrilla marxista del Cono Sur, sino del conjunto del campo popular, ya en franco repliegue.
Con apenas 39 años, Mario Roberto Santucho cayó tempranamente el 19 de julio de 1976, combatiendo contra un Estado terrorista y contrainsurgente que buscaba el desarme moral y político de lo que calificaba como "subversión". No huyó ni se amilanó ante un enemigo tan brutal como desproporcionado, que utilizó todo su arsenal y violencia genocida contra quienes, como él, se animaron a cuestionarlo todo. Su cuerpo aún se encuentra desaparecido, al igual que el de miles de militantes que durante los años setenta osaron exigir lo imposible y tomar el cielo por asalto sin pedir permiso alguno.
Hoy, como en aquellos oscuros años noventa donde la adversidad asediaba sin descanso a las búsquedas de nuevas radicalidades políticas, se torna urgente escamotear el derrotismo y la melancolía de izquierda, pero también la épica de un optimismo porfiado e ingenuo, que, al margen de sus diferencias, suelen rascar donde no pica. En todo caso, se trata de enhebrar esos destellos de memoria ardiente para tejer, una vez más, luminosas utopías y traer al presente experiencias como las del PRT-ERP. No con el afán de calcar y copiar, sino con el ánimo esperanzado de pensar y actuar con audacia en la actual coyuntura, para lograr encender la llama de la rebeldía desde esa frágil y persistente trama intergeneracional que nos sostiene como pueblo. Porque ya lo dijo Walter Benjamin: si el enemigo triunfa, ni siquiera nuestros muertos estarán a salvo. Entre ellos el querido Robi, de cuya siembra se cumple en estos días medio siglo.
huelladelsur.ar







