La guerra continúa

Más allá del soez y furioso ruido mediático emitido desde la Casa Blanca, dirigido a manipular y/o confundir a las audiencias y ensuciar la cancha para difuminar la realidad sobre la guerra de agresión a Irán (la política como espectáculo), ante el acelerado declive de la hegemonía imperial, Trump sigue una estrategia de preservación radical del mundo unipolar.
Tras su aparente comportamiento irracional se oculta una lógica perfectamente comprensible: se trata de una guerra total contra el mundo multipolar, con China como enemigo principal, Rusia como contradicción secundaria e Irán como adversario a vencer en la coyuntura. En su desesperada carrera contra el tiempo, Trump ha traicionado y/o dinamitado compromisos, líneas rojas, reglas, normas.
Sin embargo, en su agonía, la esencia del imperialismo estadounidense no ha cambiado nada. Trump sigue la misma política agresiva hegemónica de sus predecesores. Simplemente, ya no hay tiempo para las mentiras liberales y las envolturas democráticas, y el narcisista Trump ha renunciado al disfraz diplomático y al velo humanitario. Sus ultimátums, métodos y formas de ejecución a veces histéricas y de una agresividad despiadada, no difieren en nada de las acciones de sus antecesores. Sólo que las presenta de manera más brutal, salvaje, burda; no propia del ámbito diplomático y extremadamente peligrosas.
Rodeado de sádicos mafiosos como los sionistas Jared Kushner y Steve Witkoff; aventureros fanáticos como el delirante secretario de Guerra, Pete Hegseth, y extremistas y fundamentalistas cristianos que lo veneran como el nuevo mesías, para Trump no hay aliados, sino vasallos y “besa culos”. Si no, que le pregunten a Pamela Bondi, Kristi Noem, la decena de generales purgados y a los súbditos europeos de la OTAN y los petroemiratos del Golfo. Aunque al fin y al cabo, él es un instrumento.
Sigue un plan detrás del cual se esconde un Estado aún más profundo que aquel contra el que prometió luchar. Lo pusieron para llevar a cabo una misión sucia y violenta en el último y desesperado intento por salvar una hegemonía que se desmorona.
En el corto plazo, Irán libró con bastante éxito una dolorosa guerra defensiva asimétrica de desgaste contra el aparato militar imperialista y erosionó el monopolio discursivo trumpiano. En principio, logró reordenar la narrativa de la contienda; EEUU ya no puede imponer de manera unilateral las categorías mediante las cuales el conflicto se interpreta, jerarquiza y traduce en decisiones.
A pesar del negacionismo de Washington, con la presión sostenida sobre el estrecho de Ormuz, que derivó en la interrupción parcial de flujos de hidrocarburos y otros insumos críticos, impactando la economía mundial, las estériles conversaciones de Islamabad no se estructuraron a partir de la propuesta estadounidense de 15 puntos, sino de un esquema alternativo –los 10 puntos de Irán canalizados a través de la mediación paquistaní con el aval de China− que no actúa como contrapropuesta diplomática convencional, sino como condición previa de inteligibilidad del propio acuerdo.
Como dice Xavier Villar en hispantv.com, en ese encadenamiento (que opera como un sistema integrado que articula lo nuclear, energético, militar y regional) no se produce sólo una variación de la correlación de fuerzas, sino una inversión en la jerarquía de producción del marco del conflicto, en la medida en que Irán no sólo resiste la presión, sino que define las condiciones bajo las cuales esa coerción puede traducirse en lenguaje negociador.
Los 10 puntos iraníes establecían un reordenamiento material del conflicto. La prohibición efectiva de cualquier acción militar directa o indirecta contra territorio iraní, ligada con una reducción progresiva de las bases logísticas del Pentágono en el golfo Pérsico, redefine el principio de disuasión estadounidense; lógica que se extiende a la esfera de influencia regional iraní, particularmente a actores no estatales (HAMAS en Palestina ocupada, Hezbolá en Líbano, Yemen y las milicias iraquíes) integrados en su arquitectura de seguridad estratégica, y que limita la intervención indirecta (de Israel) en escenarios regionales secundarios, especialmente en Líbano.
Ormuz deja de ser un punto de estrangulamiento (chokepoint) susceptible de control externo, para convertirse en una variable estructural regulada por Irán, donde la continuidad del flujo energético global no depende de la superioridad naval de EEUU sino de la negociación permanente.
En cuanto al enriquecimiento de uranio, no se legitima su expansión pero se acepta como infraestructura estable del Estado iraní, no eliminable por presión externa y sujeto a dispositivos de vigilancia no coercitivos. A la vez, la liberación de los activos iraníes congelados y el desmantelamiento del sistema de sanciones buscan romper el aislamiento y poner límites a la extraterritorialidad de EEUU, mientras la compensación por daños de guerra acumulados desplaza el conflicto desde la sanción a la reparación.
Así, términos como escalada, contención o disuasión dejaron de operar como vocabulario cerrado y no derivan ya de la narrativa totalitaria de Trump. Ormuz −la “bomba atómica” iraní, Dmitri Medvédev dixit− condensa esta transformación al pasar de punto de control a variable sistémica del orden energético global.
El otro punto de disenso es el uranio enriquecido. Si el equilibrio se mantiene, el conflicto se estabiliza como gestión prolongada bajo condiciones no unilaterales; si colapsa, la reescalada no reproduce patrones anteriores porque los umbrales operan conjuntamente, generando efectos no lineales. En virtud de sus capacidades militares asimétricas y sus ventajas estratégicas disuasorias, Irán parece no tener prisa. ¿Intentará Trump bloquear de verdad el estrecho de Ormuz?
La Jornada







