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19/10/2019 :: Mundo

Ecuador: la punta del iceberg de la podredumbre del capitalismo neoliberal

x Adrián Sotelo Valencia
En una época de crisis del capitalismo y del imperialismo y de su intensa y profunda decadencia, las clases dominantes duplican sus fauces represivas

Las movilizaciones y protestas del pueblo ecuatoriano contra la imposición de las medidas neoliberales del FMI y contra la fuerte represión del traidor Lenín Moreno que impuso, primero el “estado de excepción” en todo el país y después la militarización y el toque de queda en la capital para contener y reprimir las protestas; la crisis político-institucional del Perú; las protestas y demandas del pueblo haitiano y la exigencia de la renuncia del presidente; la grave crisis estructural y financiera de la Argentina del empresario Macri y las intensas movilizaciones populares en Brasil contra los recortes a la educación pública y la imposición de un programa neoliberal que afecta a los jubilados y pensionados impulsado por el gobierno de Bolsonaro; las constantes denuncias y movilizaciones del pueblo colombiano contra la desaparición forzada, el asesinato institucional de líderes y luchadores sociales, de los estudiantes contra los intentos de privatización de la educación, así como en general frente a la crisis económica que lacera los ingresos y salarios de los trabajadores; la lucha del pueblo mapuche contra el Estado chileno y su reconocimiento como nación entre otras, solamente reciben el silencio cómplice del esperpento de la OEA, el sr. Almagro; de la ONU, del Grupo de Lima y del gobierno imperialista de Donald Trump.

Entes que sólo tienen voces de reclamo y críticas hacia Venezuela. Esconden la profunda crisis y agotamiento del patrón capitalista neoliberal dependiente prevaleciente en América Latina, al mismo tiempo que las luchas y protestas populares los denuncian y ponen al desnudo.

Estos regímenes neoliberales utilizan todo tipo de artilugios desde la guerra de baja intensidad —aplicada, entre otros países, contra Nicaragua durante la década de los setenta y ochenta del siglo pasado— el uso de los medios de comunicación públicos y privados, hasta la violencia, la represión abierta y el genocidio contra la población.

Mucho se había discutido el tema del “ciclo progresista” — para unos, existente; para otros, no — y se aventuraron juicios, a veces sin argumentos sólidos, en el sentido de su agotamiento frente al arribo de los gobiernos y partidos políticos francamente de derecha y ultraderecha afines a las oligarquías retardatarias subordinadas a Washington.

Este “ciclo” comenzó con la destitución del presidente Hondureño, Manuel Zelaya, en 2009 y del presidente paraguayo Fernando Lugo tres años después [además del intento de golpe contra Correa en Ecuador en 2010]. La asonada continuó el 6 de diciembre de 2015 cuando la ultraderecha venezolana se hizo de la Asamblea Nacional donde se atrincheró para intentar, hasta la fecha infructuosamente y bajo la conducción del gobierno norteamericano, derrocar al gobierno constitucional, bolivariano y legítimo de Nicolás Maduro. Siguió el triunfo electoral, en segunda vuelta y por un estrecho margen de no más de 3 puntos, del empresario neoliberal Mauricio Macri (el 22 de noviembre de 2015), ahora en franco declive, y la destitución [ilegítima] de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, el 31 de agosto de 2016 seguida de la imposición del presidente de facto, Michel Temer (31 de agosto de 2916-31 de diciembre de 2018); el posterior encarcelamiento del ex-presidente Lula y el triunfo electoral, con fraude y todo en segunda vuelta, de Jair Bolsonaro, el 28 de octubre de 2018.

El último "golpe blando" ocurrió en Honduras mediante fraude electoral (26 de noviembre de 2017) y se impuso la reelección del actual presidente acusado de narcotráfico en EEUU, Juan Orlando Hernández. Estos hechos auguraban el “fin del ciclo progresista latinoamericano” celebrado con bombo y platillo y difundido ampliamente por la prensa burguesa y conservadora de todo el mundo [y por buena parte de la prensa izquierdista].

Los presidentes-marioneta de países de Colombia, Argentina, Perú, Chile y Brasil - miembros del llamado Grupo de Lima- entre otros, se congratulaban de que era cuestión de tiempo para que de la región fuera erradicado de raíz el “comunismo” y el “populismo” (dixit Trump) y para que “reinara soberana” la sacrosanta “democracia neoliberal” de corte fondomonetarista aplaudida por EEUU.

Pero los recientes acontecimientos en curso, en particular el descalabro electoral de Macri en las elecciones primarias y el levantamiento del pueblo ecuatoriano contra el paquetazo del régimen morenista, revelan que no existen coordenadas y leyes inamovibles que determinen las luchas de clases ni, por tanto, la permanencia o no de ciclos progresistas, de derecha o de otra índole.

Los regímenes derechistas, lejos de tener un amplio apoyo popular como a veces nos hacen creer los medios corporativos de comunicación, se imponen preferentemente por la fuerza y la represión, aunque se autoproclamen formalmente democráticos y tilden a sus enemigos de “populistas” y “antidemocráticos” [y sobre todo "corruptos"] a quienes acusan de ser los “verdaderos causantes del desorden y del caos”.

Pero el mayor soporte de dichos regímenes es sin duda el gobierno de EEUU, sin el que difícilmente se sostendrían en el poder de manera duradera. La dependencia de los gobernantes oligárquicos mantiene y reproduce este penoso y humillante estado de sumisión a cambio de mantenerse en el poder y gozar de prebendas a costa de la miseria de los pueblos. Los Macri, Bolsonaro, Duque, Piñera o el bufo Guaidó, fueron diseñados por los tanques del pensamiento imperialista para obedecer los mandatos de Washington y ejecutarlos sin cortapisas, en concordancia con sus estrategias y doctrinas intervencionistas (como la Doctrina Monroe y el redivivo macartismo) con el fin de imponer y custodiar los intereses del gran capital nacional y extranjero, así como de las grandes empresas trasnacionales principalmente norteamericanas.

En una época de crisis del capitalismo y del imperialismo y de su intensa y profunda decadencia, las clases dominantes duplican sus fauces represivas y le exigen a los Estados asumir la misma actitud frente a las clases trabajadoras insurrectas en la mayoría de los países capitalistas. Lo que demuestra que la “gobernanza” mediante las “fuerzas del mercado”, es completamente insuficiente para garantizar el orden demo-burgués capitalista. Se requiere cada vez más echar mano de la coerción que aplican y administran los gobiernos neoliberales, junto con el uso de tribunales judiciales a modo (Lawfare), como en Argentina, Brasil y Ecuador, para doblegar la lucha de los pueblos, de los líderes y las organizaciones que se atreven a desafiar a los regímenes de turno y a sus corruptas autoridades.

La actual insurrección indígena, campesina y popular del Ecuador, frente a un gobierno represivo y opresor que ha impuesto uno de los paquetes de austeridad más salvajes y letales del criminal menú de austeridad del Fondo Monetario Internacional, muestra fehacientemente que no existen ciclos o periodos inamovibles que se deban cumplir indefectiblemente para pasar a otros nuevos.

Por el contrario, las verdaderas causas son las luchas de clase, no solamente entre el trabajo y el capital, sino entre éste, su Estado y los movimientos sociales y de los trabajadores que conforman la amplia mayoría de la población. El marco en que ocurren y se despliegan estos conflictos sociales, lo constituyen las profundas contradicciones del capitalismo y, de manera particular, del dependiente y subdesarrollado que, históricamente, es incapaz de solventar las mínimas necesidades de las poblaciones afectadas, en quienes se deposita todo el peso de la crisis capitalista y sus lacerantes consecuencias.

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