La gran mentira de la guerra de Ucrania: ¿Podrá Kiev llegar a vencer en algún momento?
Se ha convertido en una especie de ritual estacional. Todos los veranos, Bruselas lanza una nueva ofensiva propagandística sobre Ucrania, y este año no es una excepción
«La marea está cambiando», declaró hace unas semanas la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en las redes sociales, afirmando que Ucrania, con la ayuda de Europa y la OTAN, ha tomado la iniciativa, mientras que Rusia se ha visto obligada a pasar a la defensiva.
Desde entonces, de la misma frase se han hecho eco palabra por palabra políticos y gente de la que marca la agenda de todo el ecosistema transatlántico, en lo que es claramente una campaña narrativa coordinada. Mientras tanto, se nos dice que la economía rusa está --una vez más-- al borde del colapso, y que hasta podría ser inminente la caída del presidente Putin.
Ya hemos pasado antes por esto. A intervalos regulares desde el inicio de la guerra de la OTAN contra Rusia, el complejo político-mediático occidental se ha esforzado por convencer a la opinión pública de que la victoria de Ucrania estaba a la vuelta de la esquina y de que la propia Rusia estaba al borde del colapso. En 2023, por ejemplo, periodistas y líderes de opinión occidentales pasaron meses exagerando la contraofensiva de Ucrania, que iba a «cambiar el rumbo» a favor de Kiev. La campaña fue un fracaso catastrófico, que provocó numerosas víctimas y retrocesos territoriales.
El último supuesto punto de inflexión es la campaña de ataques con drones de Ucrania en territorio ruso --que ha llegado hasta San Petersburgo y Moscú-- dirigida contra infraestructuras logísticas, depósitos de combustible, refinerías y líneas de suministro. Pero sobre todo se han alcanzado objetivos civiles, lo que ha provocado numerosas víctimas. El lunes, Moscú sufrió el mayor ataque con drones hasta la fecha. El dictador Zelenski ha anunciado ahora una operación de cuarenta días contra objetivos rusos para «influir en el Estado agresor con el fin de presionar para que se ponga fin a la guerra», lo que probablemente signifique muchos más ataques de este tipo. Estas medidas coinciden con el desembolso por parte de la UE del primer tramo, de 3.200 millones de euros, de su préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania.
El momento no es casual. El martes comenzó en Ankara una cumbre crucial de la OTAN, en la que el grupo de presión belicista --tanto en Europa como en Washington-- está desesperado por defender que Ucrania va ganando. Es un relato que el propio Trump parece dispuesto a alimentar, probablemente para compensar el fiasco de Irán: firmó incluso la reciente declaración de los líderes del G7 en la que se comprometen a «aumentar el suministro de capacidades de defensa aérea, sistemas e interceptores adicionales y capacidades de largo alcance»; a considerar la ampliación de las licencias de producción a Ucrania; y a «reforzar nuestras sanciones, incluidas las dirigidas a los sectores del petróleo y el gas».
Además, con toda probabilidad, se trata de una respuesta al creciente cansancio de la guerra en Occidente, confirmado por la negativa de la República Checa, Eslovaquia y Hungría a financiar el préstamo mencionado --una decisión de no participar que, sorprendentemente, el nuevo Gobierno húngaro proeuropeo no ha revocado hasta ahora--, seguida de la decisión del nuevo Gobierno búlgaro de prohibir el suministro de armas a Ucrania.
La campaña con drones de Kiev está teniendo, sin duda, su impacto. La producción petrolera rusa se ha visto ligeramente afectada; se han producido escaseces de combustible en todo el país, tal como ha admitido hasta el propio presidente Putin. Ucrania también ha interrumpido parcialmente las rutas de suministro rusas al norte del mar de Azov, provocando algunos cortes de electricidad en Crimea y en la parte de la región ucraniana de Jersón, cercana a la zona controlada por Rusia.
Pero es poco probable que estos ataques cambien el curso de la guerra. La economía rusa no se está tambaleando, más bien sigue estando en mejor situación que gran parte de la UE. De hecho, alegando el aumento de los precios del petróleo --en gran medida consecuencia de la guerra contra Irán--, el Fondo Monetario Internacional elevó en abril su previsión de crecimiento del PIB de Rusia para 2026 en 0,3 puntos, hasta el 1,1 %. Al mismo tiempo, revisó a la baja las previsiones para las tres principales economías de la UE --Alemania, Francia e Italia-- hasta el 0,8 %, el 0,9 % y el 0,2 %, respectivamente.
Sin embargo, lo más importante es que el ejército ruso sigue avanzando en el campo de batalla. Se está acercando cada vez más a su objetivo de conquistar todo el Donbás. Hace apenas unos días, Moscú anunció la toma completa de Kostiantynivka, una importante localidad de Donetsk y el mayor asentamiento militar que ha conquistado desde Mariúpol. La ciudad era uno de los últimos bastiones en el camino hacia dos importantes ciudades controladas por Ucrania, Kramatorsk y Sloviansk, cuya toma es el objetivo final del Kremlin en el Donbás.
Las tropas rusas también están avanzando en los alrededores de Chasiv Yar y Toretsk, logrando victorias en los combates urbanos y en posiciones elevadas, y continúan avanzando en los alrededores de Lyman y Rai-Oleksandrivka. Todo esto contradice rotundamente el relato predominante de que «Ucrania ha cambiado el rumbo de la guerra».
Si hiciera falta alguna prueba más de que las cosas van mal para Ucrania, basta con fijarse en la política de «busificación», cada vez más extendida --el secuestro en la calle de hombres en edad de reclutamiento para enviarlos al frente, lo que está avivando la creciente oposición interna a la guerra-- o en la propuesta de la UE de excluir a los hombres ucranianos en edad militar --en la práctica, todos los hombres de entre 23 y 60 años-- del régimen de protección temporal del bloque.
En este contexto, la campaña con drones parece menos un giro decisivo que un signo de desesperación: dada la incapacidad de Ucrania para cambiar el rumbo de la batalla, Kiev y la OTAN han decidido «llevar la guerra a Rusia». Sin embargo, no hay pruebas de que la campaña de drones de Ucrania --la mayoría de los cuales son derribados por las defensas rusas-- vaya a cambiar el rumbo de la guerra, y mucho menos a obligar al presidente Putin a capitular. De hecho, en los últimos días, las fuerzas rusas han lanzado algunos de los mayores ataques con drones y misiles contra Kiev hasta la fecha, causando la muerte de cientos de soldados y la destrucción de decenas de fábricas militares.
Es difícil determinar en qué medida está afectando la campaña de Ucrania al apoyo popular a Putin. Es cierto que está afectando en alguna medida a la moral de los rusos, pero, tal como ha escrito Leonid Ragozin, la situación en el país sigue siendo relativamente estable: a pesar de las dramáticas imágenes de refinerías en llamas y colas en las gasolineras, la mayoría de los rusos han vivido situaciones peores a lo largo de su vida, y la gran mayoría sigue disfrutando de un nivel de vida comparable al de los países medios de la UE, muy lejos de lo que padecieron durante los malos tiempos de los años 90.
La «encuesta» más fiable llegará el 20 de septiembre, cuando Rusia celebre elecciones a la Duma Estatal; algunos analistas occidentales predicen que el partido gobernante, Rusia Unida, sufrirá un resultado humillante a manos de los comunistas, a su izquierda, y del (confusamente denominado) Partido Liberal Democrático, a su derecha. Pero cualquiera que espere que esto pueda presionar a Putin para que ponga fin a la guerra se llevará una decepción: ambos partidos han adoptado respecto al conflicto una postura aún más intransigente que el partido «Rusia Unida» del presidente Putin.
Los ataques ucranianos, en todo caso, están envalentonando a las voces más belicistas del Kremlin, que acusan a Putin de gestionar mal el conflicto y exigen una respuesta mucho más contundente. Al fin y al cabo, la historia sugiere que, cuando los rusos se sienten acorralados, no capitulan, sino que se endurecen. Por lo tanto, cuanto mayor sea la presión sobre Rusia, más probable será que Putin se vea obligado a intensificar la guerra.
Independientemente de los efectos a corto plazo, la campaña de drones de Ucrania es un ejemplo paradigmático de cómo los drones están reescribiendo las reglas de la guerra en tiempo real. Los ataques estratégicos en profundidad --la capacidad de alcanzar las ciudades, las industrias y los mandos del enemigo muy por detrás del frente-- eran hasta hace poco privilegio de los países con poderosas fuerzas aéreas y arsenales de misiles. Pero los drones de bajo coste y fabricados en serie han democratizado esta capacidad.
Un país que está perdiendo la guerra de desgaste sobre el terreno --como es claramente el caso de Ucrania, que es muy inferior a Rusia en términos de material y efectivos-- puede ahora infligir daño en lo más profundo del territorio de la potencia más fuerte. Y una vez que la parte más débil ejerce esa opción, se desvanece cualquier incentivo que la parte más fuerte pudiera haber tenido para actuar con moderación.
Al fin y al cabo, es un hecho histórico que, hasta ahora, Rusia se ha abstenido de infligir destrucción masiva a Kiev y otras grandes ciudades alejadas de la línea del frente, y que durante la mayor parte de la guerra ha evitado de forma notable atacar los centros de toma de decisiones del Gobierno, a pesar de disponer de los medios para hacerlo.
Durante los primeros ocho meses del conflicto, Moscú también dejó intacta la red energética de Ucrania; los ataques no comenzaron hasta después del atentado contra el puente de Kerch, en octubre de 2022. En este sentido, la guerra con drones sí que iguala las condiciones, pero también invita a la escalada, al privar a la parte más débil de la protección indirecta que la propia asimetría --su incapacidad para infligir daños masivos al enemigo-- le proporcionaba en su momento.
Esto es lo que hace que el momento actual sea tan peligroso. Una superpotencia nuclear está siendo objeto de una campaña sostenida de ataques contra sus principales ciudades, su infraestructura estratégica y, por extensión, sus dirigentes, con el apoyo de los servicios de inteligencia occidentales, llevada a cabo con armas occidentales y respaldada ahora por un compromiso explícito del G7 de «acelerar» el suministro de capacidades de largo alcance.
Tal como ha advertido recientemente Matthew Blackburn, del Instituto Noruego de Asuntos Internacionales, si Moscú decide que su moderación en Ucrania se está aprovechando para infligir daños al corazón de Rusia, podría abandonar los ataques contra la infraestructura ucraniana para centrarse en los centros de abastecimiento y las plantas de fabricación europeos que hacen posible, en primer lugar, la campaña de ataques profundos de Kiev, corrigiendo así la asimetría y restableciendo la disuasión en sus propios términos.
De hecho, Moscú ha señalado en repetidas ocasiones que su paciencia no es ilimitada; cada vez son más las voces dentro de la clase dirigente rusa que hablan de restablecer la disuasión atacando objetivos en la propia Europa. La razón por la que Rusia se ha negado hasta ahora a hacerlo resulta evidente: un ataque de este tipo podría derivar fácilmente en una guerra total que a Rusia no le interesa librar -- tal como señaló recientemente incluso el general Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN en Europa y máximo responsable militar de la Alianza--. En pocas palabras, el coste de la represalia ha superado hasta ahora el coste de la tolerancia. Pero si este último sigue aumentando, el cálculo de Rusia podría muy bien cambiar.
Lo fundamental es que en Occidente nadie sabe dónde están las líneas rojas de Rusia y, de hecho, la política occidental parece partir de la premisa de que no existen en absoluto. Mientras tanto, los europeos siguen argumentando que no hay otra alternativa que seguir apoyando a Ucrania de forma indefinida porque «Rusia se niega a negociar».
Pero, tal como ha escrito recientemente Anatol Lieven, del Instituto Quincy, es la UE --y no Rusia-- la que hasta ahora se ha negado a negociar. Mientras Moscú ha pasado el último año manteniendo conversaciones continuadas con Washington y ha ido abandonando progresivamente varias de sus exigencias fundamentales, los europeos han condicionado las negociaciones a un alto el fuego incondicional que Rusia no puede aceptar sin renunciar a su mejor baza, y han envuelto esta condición previa en «principios» que equivalen a una exigencia de capitulación rusa.
La principal víctima de esta postura ha sido la propia Ucrania, condenada a una agotadora guerra de desgaste que no puede ganar militarmente. Si, entretanto, el agotamiento acabara provocando un alto el fuego sin un acuerdo, esto podría conducir a una situación de inseguridad permanente al estilo de Cachemira, algo que con toda seguridad Rusia no permitirá.
Redunda en interés de Ucrania --y de Europa en su conjunto-- negociar, en cambio, un acuerdo de paz integral. Sabemos, a grandes rasgos, lo que implicaría cualquier acuerdo realista: concesiones territoriales por parte de Ucrania a cambio de garantías de seguridad (sin llegar a la adhesión a la OTAN ni al despliegue de tropas occidentales), desnazificación, elecciones libres (probablemente sin la participación de Zelensky) y cesar el envío de armas occidentales. Nadie puede saber aún si tal oferta bastaría para que el Gobierno ruso se atribuyera su medida de victoria y pusiera fin a la guerra. Pero lo que sí sabemos es el coste del statu quo.
Unherd







