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Europa :: 07/04/2026

¿Qué es un «gatekeeper»?

Andrea Zhok
Al desviar el blanco de la indignación colectiva hacia objetivos ficticios, se prepara el terreno para la próxima ronda electoral, en la que se servirá la misma sopa podrida con un moño de otro color

Un «gatekeeper» (literalmente, «guardián de la puerta» un custodio) es quien canaliza las energías de protesta o revuelta de una comunidad y las dirige hacia objetivos inofensivos o ficticios. Esta definición me vino a la mente al observar la manifestación «No Kings» en Italia (pero no solo allí, en otros lugares también).

Digo de inmediato que es muy importante que muchas personas hayan tomado la iniciativa de hacerse oír y salir a la calle para expresar su desacuerdo, su malestar, su protesta. Sé con certeza que muchos han participado movidos por una indignación sacrosanta contra el genocidio palestino, contra la difusión de un espíritu belicista y los horizontes de guerra. Me parece algo hermoso y, por lo tanto, estoy a años luz de criticarlos. Pero es necesario ser cauteloso

La manifestación se mueve bajo un lema guía, una consigna: «No Kings». ¿Qué diablos significa eso? ¿Por qué se eligió este eslogan, esta consigna?

Se trata de una consigna importada de las protestas contra Trump que tuvieron lugar en EEUU. Y la primera pregunta que surge es: ¿por qué tenemos que sumarnos a una protesta que, legítimamente, algunos ciudadanos estadounidenses han dirigido contra su presidente? ¿No se podía usar un eslogan en italiano y dirigido a un objetivo italiano?

Y aquí surge una circunstancia agravante.

Si se hubiera protestado por algo concreto: contra el rearme forzoso, contra nuestra participación a regañadientes en guerras que no nos incumben (pero de las que pagamos las consecuencias), contra la agresión unilateral de Israel y EEUU a Irán, o cualquier otra cosa, un montón de títeres disfrazados de oposición parlamentaria no se habrían podido presentar en la plaza ni salir a las calles

No podrían haberlo hecho porque casi todas las decisiones internacionales del ejecutivo italiano (en línea con las directrices israelíes y estadounidenses) han sido acogidas y respaldadas por la oposición. Y esto, por cierto, viene sucediendo desde hace años y años, con cualquier ejecutivo y cualquier oposición. Han respaldado todos los cambios de régimen, han aplaudido el ataque a la Libia progresista, las sanciones a Rusia, el sabotaje del Nord Stream 2, han aceptado sin problemas (o con disensiones de pura forma) el genocidio palestino, etc.

El lema « ¡NO KINGS!», «¡No a los reyes!» fue concebido para ser engañoso e inofensivo.

En primer lugar, el eslogan apunta literalmente a un títere: ¿quién podría estar en desacuerdo con dispararle a la monarquía desde dentro de una democracia liberal? ¿Por qué no salir a la calle contra el fascismo o contra los tribunales de la Santa Inquisición? (Sí, lo sé, no debía darles ideas para las próximas manifestaciones.)

En segundo lugar, el eslogan sirve para desviar el objetivo hacia una dirección que se puede instrumentalizar libremente y se puede utilizar fácilmente. Precisamente porque «¡No a los reyes!» no tiene ningún significado literal, hay que recurrir a una interpretación metafórica.

¿Y cuál es?

Sencillo: nos oponemos a quienes, según nos dicen, son ajenos a la democracia liberal. Metiendo en una misma bolsa a todos los «malos» denunciados por los periódicos financiados por los mismos que apoyan el Rearme de Europa, que conceden bases militares a los estadounidenses para sus bombardeos, que condenan a Europa a la desindustrialización al romper las relaciones con Rusia, etc.

Así, « ¡No a los reyes!» es un eslogan que sirve para encubrir el hecho de que figuras como Trump y Netanyahu NO SON EN ABSOLUTO REYES; son los hijos predilectos del sistema democrático-liberal. (Y, por cierto, tampoco son «reyes» Putin o Jamenei; mientras que, fíjate, sí lo son Bin Salman de Arabia Saudita o el heredero al trono persa Reza Pahlavi, nuestros grandes aliados...).

Al desviar el blanco de la indignación colectiva hacia objetivos ficticios y libremente reinterpretables, se prepara el terreno para la próxima ronda electoral, en la que se servirá exactamente la misma sopa podrida, solo que envuelta con un moño de otro color.

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