Elecciones primarias: ¡Al pueblo sólo nos queda la lucha!
Este “Sendero” comienza a circular en las calles de nuestro país en medio de las resoluciones de nuevas elecciones. Ya pasaron las de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la de Santa Fe, y ya se moldean los datos definitivos de las elecciones primarias, en las que se “deciden” los candidatos.
Las elecciones, esa “fiesta de la democracia”, ese “sano ejercicio del pueblo”, no es tal. Esconde, tras esa aparente elección popular, la forma de legitimar la dominación y la explotación sobre el pueblo, manteniendo la miseria, la injusticia, los altos niveles de subocupación, de trabajo precarizado, los déficits en salud y educación, la falta de viviendas para miles de compatriotas… Aunque no se diga, lo que sucede cada vez que hay elecciones es una falsa ilusión de que las cosas cambian. Pero, en realidad, lo único que cambia es el nombre de aquel que lleva adelante los intereses de los grupos monopolistas y hegemónicos, verdaderos electores cada domingo que se abren las urnas.
Las elecciones de Capital, al igual que las de Santa Fe, dieron renovadas esperanzas para que los opositores levanten la consigna “Cristina no gana”. Y todos se montaron tras los elevados números del PRO, con el fin de que los favoreciera en las elecciones presidenciales.
Pero lo que no pudieron observar, al igual que no lo hicieron en Santa Fe, es que los “oficialismos” de ambos lugares muestran, claramente, una tendencia: cuando los monopolios tienen que optar, lo hacen por aquello que conocen y que garantiza sus ganancias y una relativa estabilidad. Por más que el estilo de unos y otros no sea el más bonito, por más que prefirieran que los macristas fueran más lúcidos, que los kirchneristas menos confrontativos, hay algo que queda claro: unos y otros, hoy, garantizan sus negocios. Y así está bien.
Sin embargo, esto no debe ocultar que, aún siendo así, el sector dominante no se encuentra unido como clase. Ninguno de los candidatos cuestionan el “modelo”: todos, y cada uno de ellos, han señalado, en más de una oportunidad, que el problema son ciertos “detalles” del mismo. Duhalde cuestiona “la espalda para gobernar”, Carrió hace hincapié en la extensión de la corrupción, Alfonsín que intenta hacer de Argentina un Brasil, un Chile o un Uruguay… Ninguno cuestiona la raíz del modelo. Ninguno habla de la explotación, ninguno menciona que el 24% de la población se apropia del 65% de los ingresos del país, ninguno discute la injerencia de los monopolios en la vida cotidiana de millones de compatriotas.
En cada uno de los debates televisivos, en las entrevistas radiales, en los comunicados, en las propagandas, cada uno se propone como “el mejor conductor”, aquel que garantizará aún mejor que el Frente para la Victoria la seguridad de las inversiones. Sin embargo, hasta hoy, esas propuestas han caído en saco roto. Aún no ha sido levantado ninguno por sobre la actual gestión kirchnerista, y hasta los más optimistas dentro de los opositores no pueden negar que se encuentran a más de 20 puntos de cara a octubre. Ni Schoklender, ni Fito Páez, ni los muertos de Jujuy, ni las acusaciones cruzadas con cualquiera que señale un defecto del gobierno hasta hoy han revertido esa tendencia de cara a las presidenciales.
Comencemos por considerar la farsa que se monta en relación a la representatividad que otorgan las elecciones: se dice que estas presentan la “oportunidad de cambiar el rumbo”, “modificar el modelo”, “elegir entre varias alternativas”, y mentiras parecidas. Pero, en realidad, se opta (aquellos que lo hacen por voluntad propia, sin abiertas presiones) por cantidad de avisos publicitarios, por el mal menor o contra el gobierno saliente. Y, dentro de la izquierda, se pretende utilizar la campaña electoral como… ¡tribuna de discusión y denuncia! ¡Como si eso fuera posible en las condiciones actuales, como si los espacios de campaña electoral fueran similares para todos los candidatos, como si esa fuera la panacea cada cuatro años, en las cuales se desgastan a los militantes para obtener unos magros resultados electorales (salvo contadísimas excepciones)! Y, en definitiva, ¡como si todo el trabajo de los meses previos de los partidos “revolucionarios” consistiera en juntar firmas para ser reconocidos por la legalidad burguesa! ¡Esa misma legalidad burguesa que se combate en sus expresiones más reaccionarias, que ataca a los pobres y defiende los intereses de las patronales! Nosotros estamos de acuerdo que, en determinadas condiciones, se debe participar en las elecciones. Pero no para hacer el triste papel que realiza la izquierda electoralera cada dos años sacando apenas un puñado de votos y despojada de toda vocación de poder. Participar en determinadas condiciones, también prepara, para este frente táctico, a las fuerzas de la clase trabajadora y antimonopólicas en el camino estratégico revolucionario.
En este sentido, no podemos dejar de valorar diferentes expresiones en la participación electoral, incluso en las actuales primarias y hacia octubre, que aportan a la construcción de las fuerzas populares antimonopólicas y al fortalecimiento de la lucha de todo nuestro pueblo. De estas experiencias, de características fundamentalmente locales, iremos extrayendo experiencias para futuras condiciones favorables en la intervención electoral. Estos casos, aún aislados, dan muestras claras de las posibles combinaciones de todas las formas y métodos de lucha, incluso en el escenario electoral.
JUJUY, FITO Y…
Julio fue un mes por demás movido. Comenzó con las elecciones de la Ciudad de Buenos Aires y casi un 50% de votos para el PRO, lo que provocó el asco de Fito Páez. Posteriormente, el discurso retrógrado y provocador de Biolcati en la inauguración de la exposición rural, reivindicando a un (perdón por el anacronismo) fascista como Sarmiento. Continuó con la presentación de La Alameda por trata de personas en propiedades del juez Zaffaroni, y, casi simultáneamente, las elecciones de Santa Fe. Y, casi al cierre del mes, la segunda vuelta en Capital, que ratificaron el triunfo del macrismo con casi dos tercios de los votos.
Más allá de todo lo que se dijo, de la utilización oportunista de los comentarios y de la denuncia de La Alameda, lo que se manifestó, a las claras, fue el intento de sacar provecho de cualquier forma: endilgarle al kichnerismo los dichos de Fito, pedir la renuncia de Zaffaroni por “ser simpatizante” del gobierno nacional, festejar como triunfo propio (más allá de las pruebas), y, sobre todo, montarse a los votos del macrismo para ver si pueden ser beneficiados cuando toque el turno de las presidenciales. Pero lo que no se dijo, lo que se ocultó, es el carácter de clase de cada una de esas manifestaciones.
En el caso de Fito, no es otra cosa que la manifestación del espontaneísmo pequeñoburgués que pretende que, teniendo en cuenta la evidente inoperancia del PRO en la ciudad de Buenos Aires en términos sociales, la gente debería votar por aquellos que realizarían una gestión “popular”, “social”, que “beneficie a los vecinos de Buenos Aires”. Entonces, una pregunta: ¿Qué candidato es ese, que, con un verdadero respaldo popular, garantizaría todo eso? Que nos lo diga Fito, que le da asco que voten a Macri y nunca le dio asco que votaran a Menem, que lo reeligieran, que votaran a De la Rúa… eso por no hablar de otras tantas cosas que no le dan asco como los miles de niños que mueren de hambre por año, los casos de gatillo fácil, los muertos en represión, las miles de familias sin vivienda, los trabajadores precarizados…
El caso de Zaffaroni es aún más escandaloso. Los opositores lo señalan como aliado del gobierno y por eso piden su renuncia, los kirchneristas contraatacan señalando su oportunismo y denunciando que es una campaña armada “justo en vísperas de las elecciones primarias”… Sin embargo, nadie habla de la trata de personas, de las decenas y centenares de familias que aún buscan a sus hijas que, con la promesa de un trabajo, con la esperanza de abandonar la miseria, desaparecían en manos de una de estas redes de trata que, en connivencia con la policía, se extienden por todo el territorio nacional, y radican especialmente en la Ciudad de Buenos Aires. De hecho, se ha llegado a acusar a La Alameda (entidad que, contra todas las dificultades, viene denunciando desde hace años la trata y el trabajo esclavo con pruebas contundentes) de armar esta campaña esperando obtener un rédito político… Surge, naturalmente, una pregunta: ¿Cuál es la lista de la Alameda? ¿Quiénes van como candidatos? ¿O será que el rédito político que esperan obtener es por parte de alguno de los gobiernos o de las instituciones que han venido denunciando? ¿O será que, levantando la bandera de “así se le hace el juego a la derecha” no se puede denunciar a nadie?
Por último, pero no menos importante, las elecciones que pasaron. Los resultados marcan lo que ya se podía observar como tendencia, más allá de que los que perdieran lo hicieran por mucho. Pero no debemos olvidar, como lo mencionamos al principio, quienes son los que garantizan, hoy, los negocios de los monopolios. En tanto los opositores no garanticen mejor que el kirchnerismo los negocios, la balanza se inclinará hacia un lado solo. Y en tanto las fuerzas revolucionarias no presenten una alternativa de poder al pueblo, la balanza va a ir sólo para un lado: para aquel minúsculo grupo que, mantiene las condiciones de vida de millones de compatriotas al límite de lo tolerable: algunos podrán ser más simpáticos, “redistribuir” un poco más que otros… pero, en definitiva, el modelo es el mismo. Quienes trabajan siguen siendo los mismos. Y quienes se llenan los bolsillos, también siguen siendo los mismos.
A todo esto, los hechos de Jujuy marcan otro fenómeno latente, que no se rige por el calendario electoral, por las declaraciones de un artista o por la manipulación de las denuncias. La falta de viviendas, que se hizo evidente este año en términos mediáticos, a partir de las tomas en el sur de la ciudad de Buenos Aires, puso de relieve una situación angustiante por la que atraviesan millones de compatriotas: mientras algunos gastan hasta la mitad de sus ingresos (y a veces más) en alquilar lo que pueden (a veces, incluso, en condiciones poco menos que precarias), otros pocos poseen más de una propiedad, a veces incluso sin ningún fin específico (como en el caso de Jujuy) y sólo vuelven a ocuparse de ellas cuando aquellos que no tienen nada toman esos terrenos desocupados. Y allí se ve, con toda claridad, la unión entre grandes propietarios-fuerzas represivas. Los muertos de Jujuy muestran, con toda claridad y dramatismo, que la solución, para muchos de ellos, no viene luego de las promesas de los gobernantes: viene de la lucha, y muchas veces, de la lucha que tiene como resultado un muerto que no puede ser ocultado por los medios.
NUESTRO COMPROMISO
Supongamos un escenario hipotético: el partido X (de izquierda, claro está), revolucionario, consecuente, triunfa en las elecciones. Después de la algarabía del campo popular y del obvio estupor que produciría en las clases dominantes, viene la hora de implementar medidas de gobierno. Y ese partido X, revolucionario, consecuente, pretende imponer modificaciones estructurales de carácter socialista. ¿Cuál será la reacción de aquellos sectores cuyos intereses se ven perjudicados? Desde luego, el boicot, el sabotaje, la paralización de la comercialización, en definitiva, todas las medidas posibles para entorpecer el tránsito al socialismo y sostener sus privilegios. ¿Cómo hará, entonces, el partido X, revolucionario, consecuente, para arrebatar a las clases dominantes sus privilegios, si estas no lo entregan de manera pacífica?
Es así que, en las actuales condiciones de nuestra patria, en las actuales condiciones de opresión y miseria a la que se encuentra sometida la inmensa mayoría de la población, las transformaciones necesarias no las podremos esperar de la bondad de los gobernantes sometidos a los dictámenes del capital monopolista. Las transformaciones se lograrán solamente a partir de la utilización de la violencia revolucionaria por parte del pueblo contra sus opresores, de la organización de las masas populares y de la edificación del Poder Local y nuevo poder popular revolucionario.
En las actuales condiciones, no es posible lograr las transformaciones sociales estructurales que se muestran como urgentes a partir de círculos de opinión, a partir de elecciones en el marco de la legalidad burguesa, sin su complementario movimiento de lucha revolucionaria.
El sacrificio, en la lucha por la consecución de tales objetivos, es inevitable: la lucha por nuestros derechos no llegará a partir de la espera paciente, a partir de los “sacrificios especulativos” ni de la mezquindad en nuestras acciones y en nuestras vidas. Pero todos estos sacrificios hay que realizarlos para liberar al pueblo de sacrificios mayores en los cuales no verán ninguna satisfacción.
Podrán preguntar algunos ¿no es posible intervenir en las contradicciones que tienen los sectores dominantes, a partir de las disputas coyunturales que tienen? ¿no será posible un desarrollo en el cual la violencia revolucionaria sea “menos violenta”, es decir, un recurso secundario? ¿No se podrá intervenir, desde las mismas entrañas de los aparatos de poder, para encauzarlos en caminos obreros y populares, para quitarles su contenido represivo? La respuesta es sólo una: frente a quienes quieren someternos, destruirnos, no cabe otra posibilidad que la lucha hasta el final por la defensa de nuestros propios intereses.
La lucha inicial de los revolucionarios y revolucionarias se nutre incesantemente de su ligazón con las masas; la lucha revolucionaria de masas se inicia y comienza a desmoralizar a las fuerzas de la represión que no pueden lucir las tácticas que aprenden en las academias militares y policiales. Y llegado el punto culminante, es la lucha de la clase obrera y las masas populares la que decide la batalla.
Pero sólo con el apoyo del pueblo la lucha revolucionaria se hace invencible, que inciden cada vez de manera más decisiva en el combate.
En este sentido, el M-19, nuestra joven organización nacida a comienzos de este año en su histórico Primer Congreso, va consolidando su proyecto, fortaleciendo diferentes expresiones populares de lucha, articulando desde diferentes puntos del país las embrionarias formas de resistencia a las multinacionales. Estas proyecciones, que deben consolidarse y ampliarse, superan ampliamente el cínico triunfalismo de los representantes del poder a partir del conteo de votos y los cálculos electorales. Y reafirman que las elecciones pasan y nuestra trinchera sigue siendo, hasta lograr los cambios necesarios, la lucha incesante y decidida en todos los terrenos y frentes.
Naturalmente, desde la clase obrera industrial, desde la clase trabajadora, desde el estudiantado y el movimiento territorial es preciso avanzar en el fortalecimiento de la dirección revolucionaria, de una verdadera vanguardia que asuma la conducción del proceso de acumulación de fuerzas y de resistencia activa ante los enemigos del pueblo. En ese sendero está el Movimiento 19 de Julio, asumiendo el deber de construir local y nacionalmente para enfrentar y vencer al régimen capitalista imperialista.







