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14/02/2018 :: Europa

Los campos como campo de batalla (I)

x Maciek Wisniewski
Los ultranacionalistas combaten obsesivamente las sugerencias de participación polaca en el holocausto, para desviar la atención de nuestro involucramiento

La acción de Ser o no ser (1942), una de las comedias de Ernst Lubitsch (1892-1947), el gran director de cine judío-alemán que en tiempos de Weimar emigró a Hollywood, transcurre en Polonia bajo la ocupación nazi.

Un grupo de actores gracias a sus dones de imitar a diferentes personajes esquiva a los alemanes y –entre otros– desenmascara a uno de los líderes de la resistencia. El también emisario del gobierno polaco en el exilio es un agente que pretende pasarles a los alemanes la lista de familiares de pilotos polacos en la RAF británica.

En una de las escenas el traidor (A. Siletsky) en una falsa sede de la policía secreta (el teatro) habla con uno de los actores (J. Tura), este disfrazado de un alto funcionario nazi, un tal coronel Erhardt:

–Siletsky: “Déjeme decirle mi estimado coronel, ¡qué bueno respirar nuevamente el aire de la Gestapo! Sabe, usted es muy famoso en Londres... Lo llaman ‘campo de concentración Erhardt’”.

–Tura/Erhardt: Ja, ja... Sí, sí... nosotros hacemos la concentración y los polacos hacen la acampada.

La farsa lubitschiana –la mejor comedia de todos los tiempos (Slavoj Žižek dixit)– es de verás excelente, pero al actual gobierno ultranacionalista de Ley y Justicia (PiS) en Varsovia, el defensor de la verdad histórica y la buena imagen de Polonia, seguramente no le haría mucha gracia:

- insinúa que algunos polacos colaboraban con los nazis y/o estuvieron involucrados en algunos de sus crímenes (y ¡esto es imposible!);

- crea la impresión –aunque de modo irónico– que algunos polacos tenían algo que ver con los campos de concentración/exterminio nazis en Polonia (y esto –correctamente– no ha sido así).

La controversia en torno a los campos de concentración polacos, un atajo mental usado a veces por periodistas o algunos gobernantes, que por lo general alude sólo su ubicación geográfica, es vieja. A su mención en Polonia saltan todos los políticos.

El ex premier Donald Tusk la ponía a la par con el negacionismo del holocausto: es como si no hubiera responsabilidad alemana, como si Hitler no existiera. Aun así, su equipo se limitaba a la diplomacia y educación.

Hoy, si Lubitsch viviera –y si alguien del gobierno actual se molestara en ver su joya– ya habría una orden de aprehensión en contra de este director hostil a la gran nación polaca. Su arte degenerado acabaría en el Índex.

¿Parece exagerada ésta aseveración propia del vocabulario nazi? Jarosław Kaczyński, el líder de PiS, es ampliamente conocido por reciclarlo en sus alegatos. La logorrea parda, al final, es igual sin importar el tiempo o lugar.

Durante la campaña en 2015 decía, por ejemplo, que los refugiados musulmanes son portadores de parásitos y protozoos peligrosos –el viejo leitmotiv antisemita y el clásico argumento de Hitler en contra de los judíos– por lo hay que cerrar las fronteras. Ganó por goleada.

Ahora su partido gozando de una amplia mayoría parlamentaria acaba de pasar una ley –enmienda al estatuto del Instituto de Memoria Nacional (IPN)– que criminaliza cualquier sugerencia de que la nación o el Estado polaco fueran cómplices de los crímenes nazis cometidos en Polonia –incluido el holocausto– o que minimiza la culpa de sus perpetradores reales.

La pena máxima: tres años de cárcel sin importar la nacionalidad; los académicos y los artistas están exentos (¡...al final Lubitsch se salvaría!).

Objetivo principal: desde luego “la erradicación del uso del denigrante término ‘campos polacos’”.

Pero dado que esta peligrosa noción se deconstruye casi solita en cuestión de segundos –los campos de concentración y/o exterminio nazis fueron operados por los alemanes y construidos en Polonia por razones logísticas (la mayor población judía en Europa antes de la Segunda Guerra); si había polacos allí fueron prisioneros, el más grande grupo en los Konzentrationslager aparte de judíos de diferentes nacionalidades– ha de tratarse de algo diferente.

¿De qué?

Antes que nada concordemos con la derecha polaca que Polonia fue el único país ocupado que no tuvo un régimen títere y no colaboró administrativa ni militarmente con los nazis (el gobierno caballerosamente huyó a Gran Bretaña y la resistencia luchó en casa).

Digamos de paso también que desgraciadamente no sólo por falta de ganas (o nuestra fuerte moral).

Herr Hitler simplemente no nos invitó. Polonia iba a ser un Lebensraum para los alemanes y una colonia agrícola: las élites exterminadas y el resto de la población esclavizada.

En una imaginaria escala fuimos más víctimas que perpetradores, aunque –le guste o no a PiS– algunos polacos sí colaboraron.

Algunos incluso –bien, digámoslo de una vez– fueron responsables por la muerte de más de 200 mil judíos, sus vecinos y compatriotas, matados directamente o delatados ante los alemanes (de los seis millones que perecieron en el holocausto).

A veces por miedo, a veces por codicia, a veces coercionados, a veces voluntariamente, los polacos durante la guerra mataban a judíos en masa (Jedwabne, et al.) o cazaban uno por uno a los fugitivos de los guetos o los transportes (véase: J. Grabowski, Hunt for the jews: betrayal and murder in german-occupied Poland, 2013, 320pp.).

Sí había los que les ayudaban o escondían –Yad Vashem entregó a más de seis mil polacos el título de Justos entre las naciones– eran una clara minoría, aterrorizada, que tenía que ocultar sus acciones de los demás.

He aquí el meollo: mientras los ultranacionalistas combaten obsesivamente las sugerencias de participación polaca en la fase industrial del holocausto, en realidad desvían la atención de nuestro involucramiento en “pogromos sin campos”.

En vez de enfrentar y trabajar el trágico pasado se dedican a blanquearlo y entregarle a la nación certificados judiciales de inocencia y buena conducta. El término campos polacos es un nombre-clave de este proceso de auto-negación.

J. Kaczyński, en una operación de apuntar a misteriosos males foráneos, típica para los conservadores, dónde el bien siempre está en la defensiva, dijo: “La crítica a la ley de los ‘campos’ es parte de una conspiración para transferir la culpa del más fuerte (Alemania) al más débil (Polonia). Fracasará, ya que estamos construyendo una máquina de la verdad”.

El auge de extrema derecha en el mundo y sus acciones van acompañados ritualmente de comparaciones a los mundos de Orwell o Kafka que a menudo parecen exageradas o sensacionalistas; pero cada vez menos.

La Jornada

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